Carta desde el infierno

Pintura de Tamara de Lempicka

¡Querida hermanita!

¿Cómo estás?…  ¿Ya te has dejado cazar por algún pavo de los que te cortejan?… Diles que se anden con cuidado porque, de lo contrario, cuando vuelva tu hermano se van a enterar…  Jejejeje…. ¡Deja de fruncir el ceño, que te veo y afea esa linda carita!…

Te escribo a ti porque tengo que contarte algo y no quiero que se enteren los papás. No vale la pena preocuparles, así que no les digas nada, ¡por favor!… El caso es que estoy ingresado en un hospital, sí, pero tranquila, si fuera muy grave, no estaría escribiéndote. Es sólo cosa de unos días porque recibí un disparo y tengo que guardar reposo un tiempo, pero mis colegas me han asegurado que la bala no ha afectado a ningún órgano importante, me rompió una costilla y tengo un hermoso agujerito, pero poco más. Dicen que cuando me recupere, me enviarán para casa, pero yo no quiero volver todavía, y menos ahora: aquí hay mucho por hacer…

Este es un país precioso, de verdad, si no fuera por esta mierda de guerra sucia y asquerosa que parece infinita aunque se empeñen en decir que ya acabó, una guerra cuyos mayores culpables somos nosotros, los europeos avariciosos, egoístas e inmorales y, sobre todo, estas empresas que no se contentan con robarles sus recursos naturales sin ningún pudor, sino que, encima, aprovechan los odios raciales y territoriales heredados de la época colonial y de las divisiones fronterizas totalmente artificiales diseñadas por unos caballeros gordos en Londres, París, Berlín o cualquier otra gran urbe, para azuzar unos contra otros en guerras interminables y así obtener más beneficios vendiéndoles armas, avalados por toda esa banda de políticos corruptos que trabajan para las multinacionales. ¡Todo sea por el bien de los índices económicos! De unos pocos, claro…

El caso es, como ya sabes, que cuando llegué aquí, me sentía lleno de ilusiones y esperanzas, creyendo que mi participación iba a ser decisiva para cambiar el curso del mundo. Todo lo contrario de ahora, que me siento lleno de rabia y con ganas de montar una revolución. Me destinaron a un pequeño hospital de las montañas, pequeño por el tamaño, poco más que un barracón con hojas de palma como tejado y mosquiteras en las ventanas, en vez de cristales, son más prácticas, te lo aseguro, pero con un inmenso número de pacientes. El primer día, al ver la cola de enfermos aguardando tranquilamente y sin quejas, quise marcharme, y el segundo me arrepentí de no haberlo hecho… pero ahora dudo que pueda hacerlo algún día.

Poco a poco, me fui acostumbrando ayudado de forma increíble por los nativos, cuya mayoría ¡aunque no han estudiado nunca enfermería, son capaces hasta de hacer bien alguna intervención quirúrgica pequeña!… ¡Lo que puede la necesidad! Y poco a poco, me fui integrando en la vida de la aldea: me hicieron una rudimentaria, aunque cómoda, choza donde vivir; me admitieron en su equipo de fútbol, donde era de los peores; me enseñaron a bailar sus danzas y a cantar sus canciones por las noches alrededor de la hoguera comunal, y me dieron como criado a un chavalín de catorce años, Wamba, que no sé por qué, a mí me sonaba a nombre de zapatillas. Este hecho fue muy curioso, pues el jefe del poblado, un hombre enorme, enjuto y negro como el carbón, con una mirada eternamente seria y una voz fuerte y segura acostumbrada a dar órdenes, me ofreció que eligiese alguna muchacha de la población. Cuando me negué todos me miraron como a un marciano, así que tuve que explicarles que ya tenía una compañera en España y que, si se enteraba que en África estaba con otra, sería capaz de cortarme las pelotas. Todos se echaron a reír con grandes carcajadas y dándose palmadas en las piernas, así que me mandaron a Wamba, pero con la condición de que yo le pagaría algo, lo que no le iba a venir nada mal a su familia.

Wamba se levantaba todos los días antes de salir el sol, ayudaba a ordeñar las vacas y las cabras, mientras sus hermanas, Tossina, de trece años, y Sanza, de diez, iban al río a por agua. Después, los tres, se colgaban el uniforme y marchaban junto a los demás niños y niñas de la aldea hasta el colegio, unos cuatro quilómetros bordeando la selva, que está en el único núcleo que puede llamarse pueblo de toda la comarca. Por la tarde, cuando volvían, Wamba se acercaba a buscarme y se ponía a mi disposición para lo que quisiera mandarle. Un buen chico Wamba, bastante despierto y muy listo, no necesitaba explicarle dos veces nunca nada y todo lo hacía correctamente, lo cierto es que me fue de gran ayuda. A veces venía acompañado de Tossina y Sanza y, si coincidía con algún rato tranquilo en el hospital, yo me dedicaba a contarles cosas de nuestra tierra, mientras nos zampábamos una tableta de chocolate. Ver sus grandes ojos abiertos por la admiración y sus bocas de par en par mostrando sus blanquísimos dientes manchados de chocolate, me producía un gran entusiasmo y me halagaba sobremanera. Fueron días bonitos a pesar del enorme trabajo que siempre había, de los insectos que jamás paraban y del calor y la humedad que aplastaban hasta el agotamiento, pero para eso había venido, ¿no? Si quería hacer el vago y vivir cómodamente, me podría haber quedado en casita…

Por otra parte, la situación socio-política de este país es muy complicada, ni más ni menos que como la de tantos otros de este continente: un gobierno dictatorial impuesto mediante un golpe de estado hace unos años, golpe de estado patrocinado y secundado por las potencias occidentales y alguna famosa multinacional, un pueblo muy pobre, con poco trabajo y mal pagado, a pesar de ser una tierra muy rica en recursos naturales vegetales y minerales, sobre todo uranio, diamantes y el tristemente famoso coltán… ¡Cuántas muertes para que unos niños sobrealimentados y mimados puedan chatear con sus amigos!… Aunque aquí ya está cundiendo el ejemplo y se apuntan pronto a la moda. Pero de su propia riqueza no le llega nada a esta gente, nada, todo se lo reparten los poderosos del país con los directivos de las multinacionales y los políticos y magnates europeos y norteamericanos… Estas personas no cuentan para ellos, simplemente molestan, como los árboles que talan, los gorilas que exterminan y las aguas que desecan o contaminan… Sólo importa el beneficio de unos pocos…

Y con esta situación no fue nada extraño que surgieran grupos armados que, rodeados en un principio de un aura de buenas intenciones, degeneraron con el tiempo en simples guerrillas mafiosas que lo único que ambicionaban era un trozo de la tarta. Fue una época terrible, igual que una película gore y terrorífica, algo sin sentido… Yo todavía no pensaba en aquellos momentos que algún día me dejaría caer por estas tierras y todo esto lo sé por lo que entonces nos sacaban en los telediarios o por lo que me han contado mis vecinos quienes, a pesar de que esta comarca no fue de las más afectadas al principio por su lejanía a las zonas mineras, vieron como el terror se expandió con gran facilidad y comenzaron a temer que algo podría ocurrir. ¡Cuánta razón tenían!…

Y aunque aquel genocidio parece que encontró alguna especie de solución o, por lo menos, algún final más o menos duradero, la inestabilidad se había adueñado de esta nación y los grupos guerrilleros campaban a su antojo atacando aldeas aquí o allá, arrasando todo por donde pasaban y raptando niños y niñas, o bien para reclutarlos como soldados, o para servirse de ellos y ellas en otras cuestiones. Y eso tenía que llegar a nuestra aldea tarde o temprano…

Fue un día como otro cualquiera: los mosquitos se abalanzaron sobre mí nada más traspasar la mosquitera que cubría mi cama, los hombres y los niños ordeñaban las vacas y las cabras, las mujeres y las niñas se acercaban al río, bien a lavar, bien a llenar sus cántaros, y luego, como de costumbre, se colgaron sus uniformes estudiantiles y marcharon todos juntos hacia el colegio. Jamás volvieron…

Llegada la noche, cundió el pánico en la aldea. Las mujeres gritaban y se lamentaban, los niños pequeños lloraban, y los hombres nos reunimos todos en la choza del jefe y se decidió hacer una batida, y allá que nos fuimos armados con lanzas, machetes y los pocos fusiles de que disponíamos, alumbrados por teas encendidas y alguna que otra linterna de luz mezquina, por el camino que los niños seguían cada día para ir y volver al colegio. Casi al amanecer, en uno de esos tramos donde el camino se estrangula por la vegetación, encontramos dispersos varios objetos propios de los estudiantes: cuadernos, libros, lapiceros, mochilas… todo destrozado. Los hombres comenzaron a ponerse nerviosos, se golpeaban con los puños las cabezas mientras lanzaban alaridos al cielo, algunos recogían con delicadeza algo reconocido del suelo… Buscamos por los alrededores, pero nada, los niños habían desaparecido.

Eso ocurrió hace casi un año. Ni una referencia en la prensa, ni una carta de ánimo del Presidente ni del Gobierno, la policía llegó, vio y se marchó, y unos días más tarde aparecieron camiones del ejército para evacuar la aldea porque, según dijeron, nos podrían defender mejor en la ciudad. “¿Y allí qué vamos a hacer?” – preguntó el jefe, ya sin la dureza en la mirada, sin seguridad en la voz. – “¿De qué viviremos?” Nadie le respondió y los fueron cargando como ganado en los camiones, mientras las vacas, las cabras y los perros comenzaron a pasearse libres por las calles de barro… Recuerdo que llovía, pero no vi ni una lágrima en ningún rostro, ya no les quedaban de tanto que habían llorado. A mí, por ser un voluntario europeo, me llevaron en coche y al llegar a la ciudad me acompañaron hasta un nuevo hospital donde no dudaron en emplearme al instante, hasta que mi ONG me llamó y me destinó a otra localidad.

Ya sé que no os dije nada… ¿Para qué?… ¿Qué ganaba con llenaros de ansiedad y miedo?…

El nuevo destino es más grande y muy diferente porque es un pueblo de mineros, un paisaje lunar desolado rodea la población consistente en casas prefabricadas, bastante peores que las chozas de los campesinos y algo mejores que las chabolas de los barrios suburbanos. La gente es muy distinta, no tiene la alegría que tenían los otros, y las condiciones de vida, aunque parezca mentira, son muy inferiores, el alcohol y las drogas hacen estragos, y la violencia, sobre todo la violencia… En el hospital llevábamos algunos días algo alarmados, en el aire se olía el miedo, se decía que se esperaba un ataque de no sé qué grupo guerrillero y la guarnición del ejército era pequeña y los refuerzos prometidos no llegaban. De la policía mejor no hablar… mejor no tener tratos con ellos…  Así que se extendía el miedo como aquella mancha de tinta en tu vestido nuevo, ¿recuerdas?: horrible e inexorable. Algunas personas decidieron irse hacia la frontera cercana, a unos pocos kilómetros, esos fueron los primeros en caer, luego vinieron sobre la ciudad… ¡Indescriptible!… Si el infierno existe, seguro que será como esto… Cuando llegaron al hospital, nos pillaron intentando evacuar a los enfermos encamados, no hubo tiempo, los fueron matando cama por cama y, lo que más me aterró, es que aquellos desalmados, aquellos asesinos, ¡eran casi todos niños!…  Yo no sabía lo que hacía, ya no oía los gritos, ni los disparos, ni el balazo que me habían dado en el pecho, solo miraba un agujero en el techo por el que se veía el cielo del atardecer. “El atardecer africano es muy bello”. Pensé en aquel momento, ya ves tú… Y entonces vi al que me había disparado que se me acercaba dispuesto a rematarme. En ese instante recordé que una vez, hace ya muchos años, tú me hiciste una pregunta: “¿Las personas también sufrimos una metamorfosis?”…  Pues sí, hermanita, sí, los humanos estamos en una constante serie de metamorfosis, pero nuestras larvas no siempre se transforman en lindas mariposas… Cuando se acercó ante mí, yo le miré a los ojos como queriendo demostrarle que ya no le tenía miedo, que ya me daba todo igual… no sé, o tal vez solo era para que se llevara mi mirada como recuerdo y yo su rostro a la tumba, pero lo que vi me dejó helado: el muchacho que empuñaba el fusil dispuesto a acabar con mi vida estaba llorando, el suyo era un rostro familiar, aunque yo lo recordaba en otro tiempo amable. Era el rostro de Wamba.

Eso fue hace dos días. Parece ser que a última hora llegaron los refuerzos del ejército y rechazaron el ataque matando a muchos de los guerrilleros. En cuanto pueda incorporarme, quiero indagar si entre ellos está Wamba o consiguió huir. No sé lo que será mejor, porque en esta tierra no existe la esperanza. Pero por eso mismo quiero quedarme y aprender de ellos que, a pesar de todo, siempre se puede sonreír.  

Y por hoy me despido, hermanita. Cuídate mucho y dale besos a los papás, pero no les digas nada de esto, miénteles un poquito, sé que se te da bien cuando te interesa, y les dices que estoy muy bien y feliz.

Tu hermano que te quiere…

P.D.: Envíame alguna foto reciente para presumir de hermana guapa entre mis compañeros.

Mi metamorfosis

Dibujo de Loui Jover

Hacia finales del pasado curso me vino mi hermana con que quería que le explicase lo de la metamorfosis, pues lo acababan de dar en clase y no se había enterado demasiado bien. ¡Malditas las ganas que tenía yo de explicarle nada!, y sobre todo porque me acordaba de bien poco, por no decir de nada. Sí, recordaba que eso iba de un gusano que come hojas de morera y que luego, tras pasar un tiempo encerrado en un capullo de seda, aparece convertido en mariposa… ¡je, je, je!… como alguno que yo conozco…

Dibujo de Loui Jover

Por supuesto que me negué, en un principio, claro, porque rápidamente la niña fue con el cuento a mi madre, como siempre que no se sale con la suya, y ahí ya no me valen excusas… Total, que allí estuve por lo menos media hora intentando que la mocosa supiera de qué iba aquello, pero no había forma, ¡y mira que grité!, pero nada…

El caso es que dos días después, cuando ya ni me acordaba de ello, me viene la peque y me dice que ahora sí que lo entendía. “¿Sí?… A ver, a ver…” Y la enana me lanza un rollo de que eso consistía en un proceso, como si ella supiera lo que significa esa palabra, yo, en esos momentos, no tenía ni idea…, mediante la cual un ser se convierte en otra cosa diferente… El caso era que algo así había visto yo en una película de ciencia ficción…  Y traía en una caja de zapatos lo menos diez gusanos pequeñitos y asquerosos que se iban zampando unas hojas con toda tranquilidad. Y se empeñaba en hacerme creer que aquellos bichos, que si los veo fuera de la caja los convierto en papilla de un pisotón, tenían la capacidad de sacar de dentro de ellos unos hilos de seda con los que fabricaban un capullo dentro del cual se amodorraban y, tras unos días, se habían convertido en unas bonitas mariposas… Sí, sí, eso ya lo sabía yo, pero cuando vi aquellos despreciables bichejos, pensé que eso era imposible, y más cuando con el paso de los días se ponían gordos como ceporros y más asquerosos si cabe… ¿Cómo podía tener aquello tan feo algo tan suave como la seda dentro de ellos?… Para mí que la profe de Conocimiento del Medio le había tomado el pelo a la tonta de mi hermanita y le había endiñado aquellas sabandijas que, seguramente, le aparecieron dentro de algún alimento podrido… Pero ella protestaba cuando las llamaba así, pues decía que su nombre era larvas… Bueno, eso me sonaba, la verdad…

Dibujo de Loui Jover

La cosa se podía haber quedado ahí y no hubiera pasado nada, pero un buen día mi linda hermanita se me acerca toda pensativa y me suelta: “¿Las personas también sufrimos una metamorfosis?” No la mandé a paseo porque estaba mi padre cerca y me hubiera ganado un cachete, así que le dije todo serio que no, que a las personas no nos salen alas y si somos feos de pequeños, lo seremos más de mayores, pero ella no se quedó muy convencida.

El caso es que llegaron las vacaciones y como, por un milagro de esos que ocurren de vez en cuando no se sabe por qué, yo había aprobado todo, eso sí, con nota justa, justa a mis merecimientos, como decía mi padre, que luego siempre añadía que mi inteligencia era la justa para llegar al medio día, así pues, me dispuse a pasar un verano de órdago junto con los colegas. Ya lo teníamos todo calculado: piscina, fútbol, bicis, discomóviles y alguna que otra borrachera bien llevada… ¡La cosa prometía!

Dibujo de Loui Jover

Pero, mira por donde, será verdad lo que siempre dice mi abuela de que el hombre propone y Dios dispone, a mis amigos les dio este año por interesarse por las pavas, como si no las viéramos todos los días en clase. Y allí los tenías, como tontos, riéndose de cada bobada que decían, ¡y las soltaban con cuerda, las muy ñoñas!, y yendo de sombras aborregados tras de ellas. ¡Vaya mierda!, pensé yo, ¡menudo veranito!… Así que, como dice en este caso mi abuelo, si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él, allá que fui yo arrimándome a mi vecinita Carmen, porque la conocía de toda la vida, no porque me gustase ni nada de eso, no vayáis a pensar… Pero el caso es que la condenada estaba guapa de verdad y yo no me había fijado hasta entonces, claro, como en invierno siempre van tan tapadas… Y era simpática y divertida y, sin darme cuenta, me fui acostumbrando a ella, a hablar con ella, con la que siempre tenía cosas que decir que no fueran de deportes ni de nada de eso, y un día comencé a encontrarme raro… De verdad, os lo juro, raro, raro, raro… Me ponía triste sin saber por qué y mi cabeza parecía un nido de grillos, pues mientras que pensaba que las horas no pasaban nunca para poder volverla a ver, cuando estaba con ella se me ponía algo aquí dentro que me hacía ser cada día más idiota… Llegué a pensar que igual estaba enfermo, pero cuando se lo conté a mi madre, ella se echó a reír y me dio un beso diciendo que su niño se estaba haciendo mayor… ¡Quien las entienda…!

Dibujo de Loui Jover

Yo estaba sufriendo como un cochino en el matadero y el caso es que no sabía por qué… Pero las desgracias nunca vienen solas, eso también lo dice mucho mi abuela, y este veranito no podía acabar sin una tragedia de esas que de vez en cuando ocurren en todas las familias, y una tarde que mi hermana iba de paseo con su bici, llegó un coche a toda velocidad y la atropelló. Entonces ocurrió otra de esas cosas extrañas que ocurren de vez en cuando y me di cuenta de que yo quería mucho a mi hermana, a pesar de que era una toca pelotas, a pesar de que siempre me estaba incordiando y se chivaba a la mínima, a pesar de todo, yo quería mucho a mi hermana y me llevé un susto muy grande. Recuerdo que aquella noche, mis padres estaban en el hospital con ella y yo había cenado con mis abuelos, la casa se me caía encima y les dije que iba a dar una vuelta. La vuelta fue corta, pues lo primero que hice fue llamar a Carmen y nos largamos a la glorieta donde nos sentamos juntos sin hablar, porque ella, no sé cómo, sabía perfectamente todo lo que yo estaba pasando, y de golpe me eché a llorar como una niña tonta y Carmen me abrazó y yo lloraba sobre su pecho y ella me acunaba como a un bebé y, os lo juro, no sentí nada de vergüenza. Incluso fueron llegando mis amigos y las otras chicas y todos se fueron sentando en silencio y nadie se burló ni dijeron ninguna burrada, todo lo contrario. Eso me hizo pensar y, cuando volvíamos a casa, le pregunté a Carmen: “Oye, Carmen. ¿Tú crees que las personas, por muy idiotas y asquerosas que seamos, también producimos hilos de seda dentro de nosotros?” Y ella me miró y me sonrió diciendo: “Eso que has dicho es muy bonito.” Y se agarró a mi cintura y volvimos a casa cogidos sin importarnos que la gente nos viera.

Dibujo de Loui Jover

Cuando mi hermana volvió a casa tenía que ir en una silla de ruedas porque tenía una pierna rota, así que yo la sacaba a pasear todas las tardes y la dejaba en el parque con sus amigas mientras Carmen y yo estábamos un rato juntos. Y una tarde me llamó desde su habitación y me hizo mirar en la caja de los gusanos abriendo un poquito la tapa: “Mira, ya son mariposas.” Dijo toda contenta y nos reímos sin saber por qué, y entonces yo le dije que las teníamos que soltar porque ellas estaban hechas para volar y no para estar en una caja de zapatos y a ella le pareció bien, así que fuimos hasta la ventana y abrimos la caja y las mariposas, todas blancas como la nieve, comenzaron a revolotear a nuestro alrededor y luego se marcharon hacia el sol. Y mi hermanita me cogió de la mano y me sonrió y yo le di un beso, así, sin más.

Cuando fui a salir de su habitación me vino una idea a la cabeza. Me volví y le dije: “Sí, las personas también sufrimos la metamorfosis.” Y ella sonrió como si lo que acababa de decir ya lo supiera…

Dibujo de Loui Jover

De milagro.

Loui Jover

He despertado…

No es que este sea un hecho extraordinario puesto que me viene sucediendo. en miles de ocasiones, desde que nací, pero el caso es que sí, hoy también he despertado, lo cual indica, ni más ni menos, y no es poco moco de pavo, que sigo vivo. Para ello se han tenido que dar ciertas variables y casualidades, entre ellas, por ejemplo, que a ninguno de los “venerables” e indecentemente ricos ancianos que se reparten los gobiernos del planeta se le haya ocurrido pulsar el botoncito atómico aprovechando la nocturnidad, momento del día que tanto veneran.

En consecuencia, he despertado porque sigo vivito y coleando. Pero, si tengo que ser realista, el día solo acaba de empezar y no faltarán oportunidades a lo largo del mismo de ocurra algo o llegue alguien que destruya este milagro o lo estropee irremediablemente. Porque es así, la vida es un milagro o, mejor dicho, estamos vivos de milagro. Y es que vivir es, ya de por sí, una guerra constante.

Pablo Picasso

Es verdad: la paz no existe. Es una utopía. Un cuento de hadas. Pura ciencia ficción. Un recurso bonito para la poesía, para las canciones, en las películas… y que repercute en pingües beneficios electorales a los políticos que con tanta alegría la esgrimen. Pero en realidad, la paz, lo que es la paz en su pleno significado, no existe. Y no lo digo porque algún ambiguo gerifalte, tras un ataque de acidez estomacal, ordene a sus, así mismo, viejos amargados generales: “Vayan ustedes invadiéndome ese país que ya pensaremos las excusas”, sino porque, tiene bemoles, que no se nos haya ocurrido representar a la paz de otra manera que con una frágil y ridícula paloma… ¡Por favor! ¿Una palomita en este mundo repleto de rapaces?… ¿Qué futuro le espera?… Para que la paz pudiera existir tendría que ser un enorme y fuerte elefante o un feroz y terrorífico tigre o, mejor aún, un monstruoso y hambriento tiranosaurio rex. ¡Eso sí que impondría respeto! ¡Así sí que existiría la paz!

Y es que, alguien así como yo, poquita cosa, temeroso, respetuoso, proclive a razonar y a dar explicaciones por todo, con plena confianza en el ser humano y con tendencia al buenismo, una vez despierto, te lanzas a la calle y cualquier pelagatos con mala leche de devora hasta los tuétanos, y por cualquier chorrada: por ser de otra raza, o de otra religión, o por no creer en nada, por tus ideas políticas, o por no tenerlas, por cuestión de sexo, o por no tenerlo, por ser gordo o flaco o alto o bajo, por ser calvo o melenudo, por el color de los ojos o por gritar gol cuando marca tu equipo… vete a saber, cualquier pretexto es bueno para meterse contigo. Y eso es por culpa de llevar una palomita en vez de un halcón.

No falla, procuro comenzar el día con alegría y no tardo ni un minuto en darme de cara con alguien que tiene el monopolio de la verdad o la exclusiva de la razón, y evito mirar mi reflejo en los cristales no reconozca en mí a un miserable gusano. En cualquier esquina puedes darte de bruces con alguien cargado de odio, odio a lo que sea, por el motivo que sea, real o ficticio, eso da igual, el caso es que sea odio. Y sobre él construyen su personalidad. En el fondo, aunque de alguna forma van asesinando mis esperanzas, esas personas me dan pena, siempre sobre su barca repleta de agujeros y achicando agua constantemente. ¡Qué cansancio! Lo malo es que cuando se hunden, nunca lo hacen solas. Y yo. con la palomita revoloteando a mi alrededor y con la mochila de buenas intenciones a la espalda me pregunto con estupor: “Pero ¿qué he hecho para merecerme esto?”

Aunque nada de esto es nuevo, pues si alguien tiene curiosidad por indagar en el pasado verá que la historia no es otra cosa que un catálogo de asesinos en serie, sucesos macabros y errores imperdonables. Pero no se esfuercen, eh, no van a conseguir aprender algo de ella para no volverlo a repetir. No. Y es que los humanos tenemos el don de olvidar lo que hicimos mal y retener en la memoria el daño que nos hicieron.

Y así, cuando llega la noche y vuelvo a la cama, reconozco que sigo vivo de milagro, y no puedo hacer nada porque me han enseñado que la paz no muerde, aunque le muerdan, y así dejo mi destino en los brazos de Orfeo y en la esperanza de que éste no vaya a jugar a la ruleta, rusa o de otra nacionalidad, con ningún anciano “venerable” al que se le ocurra pulsar el botoncito atómico.

Sobre lo esencial.

Loui Jover

Es frecuente escuchar la afirmación de que en la vida se debe dar más importancia a lo esencial y no perder el tiempo en tonterías, y a todos nos parece muy juiciosa esta aseveración si no fuera por lo difícil que es llevarla a cabo, pues en verdad, ¿quién conoce con exactitud lo esencial?

Ante esta pregunta cada cual dará su opinión y en muy escasas ocasiones estas coincidirán. Quizá la única aseveración donde encontrar mayor acuerdo sería que lo esencial para la vida es estar vivo, pero vayan ustedes a saber, pues hay gente para todo.

Loui Jover

Si siguiéramos el pensamiento platónico, la esencia consistiría en la idea inmutable y eterna de las cosas que percibimos, ya saben, la historia aquella de la caverna; sin embargo, Aristóteles, que fue discípulo de Platón, ya matizaba este concepto divergiendo de él en ciertos matices, ya que establecía la esencia como la definición de las cosas, lo que las describía, es decir, aquello que las cosas son con respecto a sí mismas. Y es, desde ese momento, o incluso antes, que la esencia fue variando de significado, más o menos, hasta nuestros días.

Como todo sustantivo puede derivar en adjetivo, de “esencia” surgió “esencial” que, como podemos comprobar en el diccionario de la RAE, además del propio contenido semántico originalmente heredado, también significa: “sustancial, principal, notable”, y si dejamos de lado su contenido bioquímico, también hace referencia a ciertas “sustancias o compuestos”. De ahí hemos llegado a emplear “esencial” como lo “más importante”. Y aquí la cosa se complica…

Loui Jover

En principio, estoy de acuerdo con el bueno de Arturo Schopenhauer, aquel filósofo alemán que lideró el pesimismo filosófico, cuando dijo: “El hombre conoce solamente lo aparencial, lo esencial de las cosas, lo no numérico, es incognoscible”, como también lo estoy con la novelista española Lucía Etxebarría: “La belleza, lo esencial, es invisible a los ojos.”  Y es que me cuesta dar la razón a afirmaciones como la que hizo el escritor chino Lin Yutang: “La sabiduría de la vida consiste en eliminar lo que no sea esencial”, pues ¿cómo decidir qué es o no esencial? Puede que para mí hallan miles de cosas que no considere esenciales y podría eliminarlas de mi existencia, pero entonces entraría en contradicción con otras personas de mi entorno que no pensarían lo mismo, además de que, si ello pudiera llevarse a cabo, ¿no nos convertiríamos en una sociedad de ascetas?… y si fuera así, ¿de verdad que sería una sociedad perfecta?…

También me da algo de miedo la frase: “La enseñanza de las buenas costumbres o hábitos sociales es tan esencial como la instrucción”, y ya no porque fuera dicha por un político y militar, Simón Bolivar, sino porque todo aquello de conservar y enseñar las “buenas costumbres o hábitos sociales”, que casi siempre son las de las élites poderosas que temen los cambios, tiene el sabor rancio de conservar una forma de vida por encima de todo, y eso ya sabemos cómo acaba…

Por otra parte, muy poético me parece el pensamiento del literato paraguayo Rafael Barrett: “Lo esencial no es comprenderse, sino entregarse” y, por lo mismo, lo considero algo utópico, aunque, sinceramente, tiene su gancho a la hora de declamarlo. Más pragmático, sin embargo, veo al virtuoso violinista norteamericano Yehudi Menuhin cuando aseguro aquello de que: “Los enemigos son esenciales en la carrera del héroe, pues depende de ellos para hacerse grande, no solamente de los que le siguen.”

¿Y qué decir de la respuesta del entrañable mimo francés Marcel Marceau a una pregunta un tanto insidiosa, supongo hecha por algún periodista anhelante de rascar roña?: “(¿Con el silencio se dicen menos tonterías?) – Se dicen sólo las esenciales”, donde “esenciales” tiene un significado rotundo, pero complicado de aceptar.

Loui Jover

En cambio, la frase del novelista británico Julian Barnes da mucho que pensar: “Puede que el amor sea esencial porque es innecesario”, y que opinar… Por su parte, el escritor francés Pierre Lemaitre escribió en su novela “Alex”: “La verdad, la verdad… ¿Quién puede decir qué es la verdad y qué no lo es, comandante? Para nosotros, lo esencial no es la verdad, sino la justicia”, a lo que yo me pregunto: ¿quién puede decir lo que es la justicia?…

Ahora que para provocar tenemos al pluriempleado francés Boris Vian, quien, pensando en la inclinación natural de los seres humanos, aseguró con bastante ironía: “En la vida, lo esencial es formular juicios a priori sobre todas las cosas.” Y a eso sabemos aplicarnos todos sin demasiado esfuerzo.

Concluyendo, seguro que cada persona cree saber lo que es esencial en su vida y no debe importarle lo que piensen los demás sobre ello, pues si eso da sentido a su existencia, siempre y cuando no perjudique a nadie, y ese caso sobran opiniones. En el fondo todo es más fácil, es como afirmaba el poeta español Carlos Sahagún: “En poesía, lo esencial no es sólo lo que se dice, sino cómo se dice. En la vida, lo esencial no es ni lo uno ni lo otro, sino nuestros actos.”

Bisiesto

¿Es que para gozar de su belleza
hay que arrancar la flor?

Bisiesto es un año y un día, como las penas de prisión, pero con palabras que se buscan para crear poesía.

         Surgió de un reto, como un juego, por ver si era capaz de escribir un pequeño poema cada fecha de las trescientas sesenta y seis que iban a conformar el año 2016… y lo llevé a cabo.

         Cada uno de ellos, a las 23 horas del Meridiano 0º, publicaba unos versos en mis páginas personales de las redes sociales, unos con más éxito, otros con menos, algunos con ninguno… pero lo cumplí y mi reto duró exactamente eso: un año bisiesto.

Portada del libro

         Después pensé que podría crear un libro con todos ellos, pero claro, retocándolos, sumando, restando, borrando, añadiendo… es decir, que estos poemas que aquí os presento son como un Frankenstein traído a la vida con retazos de varios cuerpos caídos: una palabra de aquí, un sentido de allá, otra intención desenterrada o una metáfora cosida… ahora, eso sí, todos, absolutamente todos, tienen algo que ver con los originales primarios: ese “rayo que no cesa”, como lo definió Miguel Hernández.

No es trabajo de una red,
ni tarea de una araña,
ni presa del águila
que anida en nuestros pechos.
No, los sueños
no se atrapan…
 
No depende de la fe,
ni de juegos de palabras,
ni metáfora de vida
derramada entre las sábanas.
No, los sueños
siempre se escapan…

Además, decidí acompañarlos con varios dibujos, copias, algunos de fotos peregrinas que cayeron en mis manos, creación, otros, de mi cosecha propia, esa que se elabora en esos numerosos instantes donde la mente tiende a vagar, sin más, y los dedos, por no poder estarse quietos, se aferran a un lápiz y se dejan llevar por las sensaciones.

         Tanto los poemas como los dibujos no siguen ninguna línea temática ni patrón de contenido, son simplemente como flases del momento, así, puede aparecer la alegría en una página y la melancolía a la siguiente, un canto de juventud junto a una oda al paso del tiempo, porque la vida es así: un ratito bien y otro mal.

Mariposa y rosa
Cuando la escarcha
cubra de tus ojos
el velo engarzado de vida,
cuando la opaca claridad
dibuje sobre tu frente
perlados recuerdos corredizos
por las trincheras de tus mejillas,
cuando el sonido se agazape
tras los pálidos perfiles
de labios escuetos
y las palabras sean ruido
sin claro significante…
seré tu refugio,
tu espejo,
tu eco,
tu abrigo …
Ventana vieja

         Pues nada más, simplemente repetiros lo que siempre digo cuando acabo algún libro: “Yo comienzo el trabajo, pero sois vosotros, los lectores, quienes tenéis que concluirlo.”

Lo dicen sus ojos…
el amor se adormece en sus brazos
acunado por sus latidos,
latidos de madre.
Plenitud.
Y ahora sí,
ahora importa que el mundo siga girando,
pues ya todo tiene sentido.
Y no quiere dormir…
siempre alerta…
un suspiro,
una tos,
un gemido…
con la música del corazón,
latidos de madre…
latidos.
Desprendimiento.
Todo lo da,
todo lo entrega,
incluso su luz,
sólo el calor importa…
     latidos de hijo…
          latidos de madre…
               latidos.

Este libro ha sido editado por Amazon España, y ha aparecido a la venta simultáneamente en todo el mundo, en formato digital eBook Kindle y en libro de tapa blanda, con 464 páginas, 366 poemas y 30 dibujos, en la fecha del 13 de noviembre de 2017.

En el silencio está todo:
lo que fuimos,
lo que somos…
y los pasos que hacen cola;
el silencio todo lo guarda,
lo acumula,
lo atesora…
y a todo responde
si se sabe escuchar;
cada respuesta está en la pregunta,
cada final en su principio,
cada destino en el camino,
cada vida en el ahora.
En el silencio
todo toma forma.

BISIESTO, Ancrugon (Antonio Cruzans Gonzalvo)

Poesía

En Tapa blanda podéis adquirirlo en:

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En eBook podéis adquirirlo en:

 Amazon

Como pompas de jabón.

Como pompas de jabón habla de soledad, esa soledad que agranda vacíos cuando, al final del camino, se echa la vista hacia atrás y ves que tal vez lo que vas recordando no se ajusta con la realidad, porque, con frecuencia, nuestras vidas tienen un porcentaje más elevado de deseos y fantasía que de verdad.

Como pompas de jabón habla de soledad, esa soledad que agranda vacíos cuando, al final del camino, se echa la vista hacia atrás y ves que tal vez lo que vas recordando no se ajusta con la verdad, porque, con frecuencia, nuestras vidas tienen un porcentaje más elevado de deseos y fantasía que de realidad.

La acción transcurre en una residencia de ancianos situada en una pequeña ciudad. Es un sábado, día de visitas, y ocho de los residentes, cuatro mujeres y cuatro hombres, se reúnen en la salita de estar, puesto que ellos no esperan a nadie. Ocho personas de lo más heterogéneas, aunque todas guarden secretos y vivan de sus fantasías.

En total aparecen diez personajes:

La protagonista es la Condesa. Nómada callejera que velaba las estrellas por los bancos de los parques y se alimentaba de la caridad de quienes se dignaban a no ignorarla. Mujer ácida, irónica y bastante soñadora, pues dice escuchar una música, que nadie más oye, y está acompañada de una presencia femenina, a la cual nadie más ve, con la que habla con frecuencia.   

De antagonista tenemos a María. Anciana seca, amargada, que no lleva muy bien eso de la alegría ni la tolerancia, Reza muy a menudo con su rosario enredado entre los dedos y piensa que todo es pecado o que todos son viciosos. No oye casi nada sin la ayuda de su audífono, aunque repetidamente se olvida, casual o de forma intencionada, de co locarse el auricular, con la consiguiente mala interpretación de las palabras que se dicen, dando ocasión a equívocos que el resto celebra con buen humor.

Catalina, por su parte, ha sido una cupletista de cierto éxito y tiene una visión de la vida mucho más abierta y desenfadada que el resto de sus compañeros, por lo que usa ropas juveniles y todavía pretende poder sacar lo mejor de su existencia, por lo cual, en diversas ocasiones, da la sensación de estar algo fuera de lugar.

Laura, sin embargo, es la típica mujer mayor: resignada, sacrificada, paciente y bastante inocente, con una visión tradicional del mundo y con un espíritu conformista y poco dado a veleidades. Lo suyo no es la polémica e intenta no discutir y se esfuerza por poner paz siempre que surge alguna discusión.

El más similar a Laura entre el grupo de varones es Gerardo. Hombre trabajador, amante de su familia, comprensivo, poco instruido, pero cargado de esa sabiduría popular que suele tener respuestas para todo y, al igual que ella, intenta con frecuencia mediar en ls pequeños incendios que surgen de aquella relación monótona y estrecha.

Federico es un emigrante español que ha pasado la mayor parte de su vida en las meridionales tierras argentinas y quien, al llegarle la vejez, volvió a la patria de origen para reencontrarse con la mujer que abandonó en su juventud cuando supo que en sus entrañas se gestaba el fruto de sus amores, pero el destino no sabe de deseos y esta reunión resultó totalmente imposible. Es un depredador del amor y un cultivador de la vida alegre y desenfadada, ayudado por su aspecto de hombre atractivo, incluso en su vejez, y por su osadía y desfachatez.      

José es un escritor loado y famoso en otros tiempos pero que ahora se ha quedado prácticamente solo y olvidado. Serio, responsable, coherente y, a pesar de tener todo en su contra, justo y equilibrado, ha sabido encontrar una ecuanimidad que no ha logrado el resto. Su visión es bastante deficiente a causa de un accidente y siempre carga con una lupa con la que poder leer.

Manuel es un hombre perdido en la nebulosa del Alzheimer, cuya única obsesión es la comida. Su vida la iremos conociendo, no por su boca, sino por lo que van dejando ver sobre él el resto de los personajes.

El contrapunto a estas ocho figuras lo pone Teresa, la joven, alegre y bonita directora de la residencia, cuyo papel, sin que ella lo sepa, va a ser el más determinante de la obra.

Estos son los nueve personajes centrales quienes van relatando, a su manera, los pormenores de sus vidas y, a medida que avanza la trama, todo se va complicando con conexiones y relaciones inesperadas que conducen hacia una realidad totalmente distinta de lo que en un principio se vislumbraba. Sin embargo, todavía quedan otros dos protagonistas cuya intervención es bastante trascendental:  

El primero es Ella, la misteriosa presencia que solo ve la Condesa, aunque está a su lado en el escenario, sabemos de ella por las referencias a su persona, tanto en palabra como en actos y evoluciones. Realmente no se deja ver por el público hasta la escena quincuagésima primera, pero ha sido colocada como un personaje más, con sus movimientos, sus gestos, sus sentimientos, aunque sin hablar, para facilitar la labor del personaje de la Condesa y para hacer más comprensible sus acciones.

Y el segundo es la música, compuesta en su totalidad por Ramón Capilla Martínez, un conjunto de catorce piezas de diferente factura y duración que tiene la función, según la Condesa, de descubrir las mentiras que se dicen, pues cuando alguien está inventando una realidad paralela es lo mismo que componer una melodía cuyas notas se van perdiendo en el aire.

La obra está estructurada en dos actos, que a su vez lo hacen en diez temas y un epílogo y éstos en cincuenta y dos escenas.

La intención y el significado de este trabajo creo que es bastante evidente, pero no me corresponde a mí descifrarlo, ya que toda creación, una vez concluida, pertenece a los lectores o, en este caso, a los espectadores, siendo ellos y ellas quienes aporten sus respectivos puntos de vista dando vida a lo que, de la otra manera, sería un nacimiento frustrado.

COMO POMPAS DE JABÓN. Pieza dramática.

Ancrugon (Antonio Cruzans Gonzalvo)

Teatro: Pieza en dos actos con música.

En Tapa blanda

Podéis adquirirlo en: Amazón

Versión Kindle 

Podéis adquirirlo en: Amazón

La cajita.

“Sabemos cuál es su mayor deseo. Aquello que más anhela. Pero, ¿realmente usted lo sabe…? No, no nos referimos a los clásicos genéricos como: salud, dinero o amor, sino a su gran deseo concreto. ¿De verdad que sabe cuál es? Si es así, perfecto, pero si no lo tiene muy claro y quiere descubrirlo, tan sólo tiene que enviarnos 5 € al apartado de correos 232323, en concepto de gastos de envío, adjuntando sus datos personales, y en unos pocos días lo recibirá en su propio hogar”.

Este fue el escueto anuncio que Nico leyó en el periódico aquella mañana lluviosa mientras almorzaba en el bar. Solo, como siempre, al margen de sus compañeros y compañeras de la oficina. Y se preguntó dónde estaría la trampa. Aunque no parecía haberla ni comprometía a nada, y tan sólo pedían 5 euros. Claro que si picaban muchos incautos, cada uno enviando esa cantidad, por pequeña que fuera, podría ascender a una gran suma. Sonrió por lo absurdo y sencillo que parecía. Sin embargo, las primeras frases  tiraban a dar porque todos pensamos que tenemos muy claro cuáles son nuestros mayores deseos, pero el mayor… Si intentaba pensarlo, se le iban amontonando viejas frustraciones, antiguos anhelos, esperanzas agotadas, metas decapitadas, es decir, el típico batiburrillo de todo lo que quiso y no tuvo, o no supo retener, a lo largo de su vida, Ya llevaba un rato dándole vueltas al tema y realmente no había dado con la respuesta. ¿Qué era lo que más deseaba? Cuando parecía que se inclinaba por algo definitivo, le surgían dudas por los recodos y tenía que volvérselo a replantear. La camarera le trajo el café y se quedó mirando el anuncio. Nico la observó con curiosidad y le preguntó con un poco de sorna si ella ya lo había pedido.

– ¡Oh, no! – respondió la joven un poco azorada al saberse pillada en una indiscreción, aunque añadió seguidamente:. – Pero una amiga sí lo hizo.

– ¿Y recibió algo? – indagó Nico picado por la curiosidad.

– Pues no lo sé, hace casi una semana que no la he vuelto a ver.

– Igual consiguió aquello que más deseaba y se ha marchado dejándolo todo – bromeó Nico.

– Pues igual – respondió la chica forzando una sonrisa esquiva.

Al salir de la oficina seguía lloviendo, así que decidió volver al bar y tomar un café mientras llegaba el autobús. Sobre el mostrador reposaba el periódico doblado y mostrando el anuncio de la mañana en todo su esplendor. En el trabajo se le había olvidado, pero ahora de nuevo le llegaba el insistente martilleo de una duda instalada en su mente: ¿sería posible que no supiera cuál era su mayor deseo? Se devanaba los sesos rebuscando entre los recovecos de su memoria todo aquello que, desde la infancia, hubiera deseado, pero no lograba dar con la pieza más ansiada, aquella sin la que su existencia pudiera carecer de sentido. Sin embargo, la lista de cosas, tanto materiales como inmateriales, por las que se había sentido atraído y jamás había logrado era casi infinita, lo cual, si por un lado le daba a su vida una cierta sensación de vacío, por otro, le reconfortaba comprobar que, a pesar de esas carencias, había sobrevivido perfectamente.

En ese preciso instante, una señora apuntó el número del código postal en un pequeño block de bolsillo estirando la cabeza entre Nico y su café. La camarera, la misma de la mañana, le sonrió en un gesto de complicidad.

– ¿Ve, hay gente para todo?

Nico desvió la mirada hacia el periódico y tomó la decisión.

– ¡Qué más da! – se dijo a sí mismo en voz alta. – Voy a llevarme también el número del código por si mañana me sigue picando la curiosidad.

– No creo que se le olvide – aseguró la muchacha mientras secaba unos vasos. – Es el número del Diablo.

– ¿El número del Diablo? – preguntó sorprendido Nico.

– Claro, si multiplica entre sí las cifras de dos en dos, aparece perfectamente.

Nico revisó el número: 232323. Exacto: 2 por 3, 2 por 3 y 2 por 3 daban tres seises, o sea, el 666. Le hizo gracia la reflexión de la chica, quien se encogió de hombros. Y Nico marchó decidido a pedir su mayor deseo. Total, ¿qué podía perder?

Pasaron los días y no le llegaba nada. Así que su primigenia idea de que aquello pudiera ser un micro timo a gran escala arraigaba con fuerza en su ánimo. Decidió que lo mejor era olvidarse y dar por perdidos los cinco euros.

Una tarde, al revisar su buzón, le llamó la atención que varias vecinas sacaban de los suyos unas cajas azules, como de zapatos, aunque completamente cúbicas, a las que sostenían como si estuvieran hechas de un material extremadamente frágil, o contuvieran un peligroso explosivo, cargando con ellas hacia el ascensor, mientras sus miradas no se apartaban ni una fracción de segundo, como hipnotizadas, de aquel color ultramar que le recordaba a las pinturas de Yves Klein.

Pasaron varias semanas y, otra tarde, también en el ascensor de su finca, escuchó una conversación entre otras dos señoras:

– Ha venido la policía con un permiso del juez y han abierto la puerta delante de sus hijos. Pero no han encontrado nada.

– ¿Quieres decir que la señora Sánchez no estaba?

– No, ni rastro de ella.

– ¿Y la puerta estaba cerrada por dentro?

– Sí, incluso tenía la llave en el pestillo, muy mal hecho porque si le pasa algo, se tienen que romper la cerradura, como así ocurrió.

El ascensor se detuvo en el piso de Nico, pero éste no salió. Azuzado por la curiosidad, preguntó a las señoras:

– ¿Se refieren ustedes a la señora Sánchez, la que vive en el Quinto B?

– Sí – respondió la más enterada. – Es vecina suya.

– Sí, sí, claro. Por eso pregunto. Pero, ¿qué le ha pasado?

– Pues no se sabe – respondió la otra bien dispuesta en su papel de informadora mientras el ascensor volvía a ponerse en marcha hacia los pisos superiores. – Los hijos llevaban varios días sin saber de ella. Le llamaban al teléfono y no respondía. Así que vinieron y preguntaron por la finca y por las tiendas donde suele comprar y en los lugares que solía acudir, y nada  Lo denunciaron a la policía y ellos abrieron, pero allí estaba todo intacto: su móvil, ya descargado, encima de la mesa, la ropa en el armario, sus cosas de valor en donde solía guardarlas y hasta el dinero que había sacado del cajero sobre la mesa de la cocina junto a la compra ya bastante caducada. La única que no estaba era la señora Sánchez.

– ¡Vaya por Dios! – exclamó Nico quien acababa de recordar que la señora Sánchez era una de las vecinas que aquella tarde portaban una caja azul Klein como si cargaran el Santo Grial.

Todo esto le dio mucho que pensar aquella noche al bueno de Nico. A la mañana siguiente, mientras almorzaba, le preguntó a la camarera si había vuelto a saber algo de la amiga que había pedido su mayor deseo al apartado de correos que se anunciaba en el periódico, y ella le dijo que no, pero que su amiga era así, vivía a su aire y desaparecía y aparecía como los ojos del Guadiana.

De vuelta a casa siguió su rutina diaria y se dirigió a los buzones. Al abrir el suyo, el corazón le dio un volteo de campanario. Allí estaba, impoluta, perfecta, casi inmaculada, una de esas cajas azul cobalto. Nico no se dio cuenta, pero, dejando el resto del correo olvidado, cargó con ella como si estuviera fabricada de alas de mariposa y avanzó lenta, cuidadosamente, hacia el ascensor sin dejar de mirarla. Sólo escuchaba el tambor de su corazón interpretando ritmos atávicos. Hasta que, ya en su piso, la depositó sobre la mesa del comedor y se sentó a observarla durante mucho tiempo. Tanto que tuvieron que ser sus tripas protestando las que le devolvieran a la realidad.

Fue a la cocina y se preparó un sándwich. No sabía por qué, pero estaba convencido que aquella caja era la que, se suponía, le traería su mayor deseo. No había nada escrito sobre ella, nada en absoluto, ni un solo dibujo, ni una marca, nada, solo el azul hipnótico que tan famoso hizo al pintor francés, el que vendía espacios vacíos a cambio de oro. ¿Sería aquello, acaso, una broma de un artista excéntrico?… No era una idea descabellada.

Masticaba con lentitud sin apartar la vista de la caja. Cuando acabó su frugal cena, decidió abrirla. Simplemente estaba cerrada por una tapa de cartón sin ataduras ni cintas adhesivas, nada. Puesta encima tal cual. Así que la levantó con las dos manos, eso sí, con sumo cuidado, como si estuviera celebrando un rito religioso o algo parecido. Deposító la tapa, la cual era del mismo color en su parte interior, sobre la mesa y asomó su rostro en busca del contenido. En su pecho el corazón continuaba su concierto desatado. Dentro, todo era azul, extremadamente azul, y en dos nichos perfectamente calculados habían encajado un sobre azul y otra cajita diminuta aunque, en este caso atada con una cinta de seda azul, como no.

Curiosamente, Nico no parecía ni sorprendido ni desilusionado. Cogió el sobre con delicadeza, desplegó la solapa y extrajo de él un folio doblado, blanco, sobre el cual, con tinta azul y en una letra de primorosa caligrafía, posiblemente escrita con pluma, le decían lo siguiente:

“Estimado Nico…

Esta pequeña cajita contiene aquello que usted más desea. Le damos nuestra palabra, pues es posible que todavía no lo tenga claro, pero con el tiempo comprobará que es así. Puede usted conservarla dentro de la otra caja más grande, tal y como la ha recibido, o sacarla y colocarla en algún lugar visible para poder contemplarla cuando le apetezca. Eso se lo dejamos a su gusto. Como le prometimos, ya su deseo es suyo sin ningún compromiso más. Disfrútelo durante toda su vida. Sólo hay una condición: no abra jamás la cajita, pues entonces todo nuestro acuerdo cambiaría. Sabe que posee lo que más desea y eso debe bastarle. Tenga fe en sí mismo y no ceda a la tentación de abrir la cajita.

Le deseamos lo mejor.

Atentamente”

Venía sin firmar.

La desazón comenzó a hacer mella en Nico. ¿Cómo es posible que su mayor deseo cupiera en aquella minúscula cajita? ¿Todo se reducía a aquello?… No podía ser… Y, encima, él no sabía cuál era su mayor deseo. No, no lo sabía, ¿De qué le servía, pues, tenerlo allí encerrado en la cajita si no sabía los que era? ¿Y por qué le prohibían abrirla? ¿Qué condiciones podrían cambiar si él no había firmado ninguna condición? Si sólo se había limitado a enviarles cinco euros y darles su dirección para que se lo enviasen.

Nico miraba la cajita en busca de unas respuestas que ella parecía incapaz de darle. Con delicadeza, como si fuese un artificiero manipulando una peligrosa mina, extrajo la cajita y la sopesó en la palma de su mano. Curiosamente pesaba más de lo que aparentaba a primera vista. Incluso, dedujo, era posible que pesase más que la caja grande que la contenía. La sostuvo entre el índice y el pulgar de su mano derecha alejándola lo máximo posible para darle una nueva perspectiva. Seguía siendo una cajita azul ultramar o cobalto oscuro, de cartón duro y resistente, y lazada con una cinta de seda del mismo color. La colocó en una balda de la estantería, entre sus libros preferidos, y se percató de que destacaba sobremanera. Probó en diferentes lugares y en todos se produjo el mismo efecto. La cajita llamaba la atención allá donde fuera colocada. Era como si poseyese un magnetismo especial. ¿Quería decir eso que contenía algún tipo de fuerza que le daba cierto poder sobre él?… ¿Contendría realmente su mayor deseo?… Pero, ¿cómo saberlo sin abrirla?…

La noche se le fue consumiendo entre la indecisión de si abrir la cajita o no abrirla. El impulso de deshacer el lacito de la cinta iba ganando terreno. Pero algo le frenaba, sin embargo ¿qué temía? ¿Qué podía pasar si la abría?… Seguramente la cajita estuviera vacía y todo fuera un juego para ponerle a aprueba, aunque, la verdad, es que pesaba bastante para su tamaño. Echó una mirada al reloj: marcaba las 6:35 de la mañana, estaba a poco menos de media hora de salir hacia el trabajo. Podía demorar la decisión hasta la tarde, pero quizá eso le estorbase para concentrarse en sus ocupaciones. Miró hacia la ventana: hacia el Este, más allá del famoso “skyline” de la vieja ciudad, clareaba la línea del nuevo día. Volvió la mirada al reloj: faltaban menos de diez minutos para irse. Con decisión, cogió la cajita y pasó el dedo índice sobre la cinta sedosa hasta llegar al lazo, donde buscó uno de los cabos y tiró de él. La cinta, tensa un segundo antes, cedió resbalando líquida hasta la mesa. Una tapita cuadrada era el último obstáculo hasta llegar a su mayor deseo. La abarcó entre el índice y el pulgar y tiró hacia arriba, cediendo con facilidad. La elevó unos centímetros y… Se fue la luz.

En el bar era la hora de los almuerzos. La camarera más joven estaba tomando la comanda de una de las mesas de clientes fijos. Cuando ya se iba a marchar hacia la cocina con los encargos, se volvió y preguntó por el hombre que siempre almorzaba solo.

– Se refiere a Nico – comentó una de ellas. – Pues no sabemos lo que ha ocurrido, pero ya lleva cerca de dos semanas sin aparecer por la oficina. Es un hombre bastante solitario.

La camarera se quedó mirándola un tanto pensativa, hasta que escuchó su nombre y se volvió hacia la barra, donde un repartidor sonriente le mostró un paquete que le habían enviado: una caja como de zapatos, pero cúbica, azul Klein, de cartón duro. Nadie le prestó demasiada atención, sin embargo, la chica se quedó hipnotizada por esa nueva presencia.

Bocetos.

(Con dibujos de Patricia Cruzans Cruzans)

Crecí escuchando el uniforme aforismo que, como un mantra emblemático de la resignación, se repetía con una frecuencia de martillo: “la vida no es justa”, hasta que se me quedó incrustado en lo más profundo de mi personalidad. Pero ahora, cuando tan solo me queda la esperanza de amanecer cada día, me he dado cuenta de que algo no es necesariamente cierto por mucho que se repita.

La vida no entiende de justicia, la vida no sabe de desafueros, nada le preocupa, a nada teme y por nada se interesa porque simplemente es una esencia que se desvanece con el paso del tiempo y no se puede retener por mucho que cierres los puños.

Cierto que hay existencias tan largas que llegan a carecer de sentido, esas que ya ejecutaron su cometido en un pretérito que apenas se vislumbra y que solo se entienden en ese pertinaz aferrarse a la penúltima aspiración de aire, en esa obstinación a dejar de ser. Estas, cuando se apagan, dejan paz, sosiego y la firme convicción de un camino aprovechado o de un destino, a su manera, cumplido.

Cierto que hay existencias tan cortas que parecen un desvarío, esas que lo dejan todo en un mero proyecto, bocetos repartidos y aplazados en ese mundo subjuntivo donde lo condicional y el deseo juegan sus partidas de naipes al número más alto. Estas, cuando se cortan, dejan vacío, estupor, zozobra y consternación, mientras esos esbozos de futuro se emborronan llagando el presente de quienes no poseen la gracia del olvido.

Pero a la vida tanto le da unas que otras. Es más, aunque desapareciéramos, la vida seguiría existiendo.

Y es que la equidad de la vida no tiene nada que ver en este juego de azar, en este capricho de la fortuna. La vida es el agua en la que nos sumergimos al nacer y de la que escapamos, todavía empapados, con la muerte, y ella continuará indiferente con su oleaje de océano absoluto.

Y de nuestro paso quedarán átomos errantes en la inmensidad del vacío, plancton de recuerdos para alimentar algunas mentes nostálgicas hasta que nos sigan en el camino. Esas son nuestras huellas. Eso es lo que habremos sido.

Pero es lo que queda y de lo que me sustento. Es lo que me recuerda que algún día fuiste, porque allá donde miro descubro bocetos de tu imposible futuro y composiciones de tu invocado pasado, ya que tus pasos aún reclaman ecos de tu presencia, mientras tus ilusiones todavía aletean ante los cristales de unas ventanas que ya no se volverán a abrir.

Fuiste y la brusquedad de tu ausencia abrió una herida que el tiempo se encargará de restañar. Sí, pero duele.

Y aunque mis proyectos hace años que fueron perdiendo sus pétalos y su brillo, los tuyos todavía siguen pidiendo luz, aire y alimento.

No, no voy a invocar a la resignación proclamando que “la vida no es justa”. No, no voy a perder las horas en lamentos nada productivos. No… Simplemente me aferraré a la esperanza de ver amanecer una vez más para que sigas existiendo en mí.

Reflexiones sobre la Resiliencia.

Los seres humanos somos la única especie sobre el planeta que no hemos necesitado evolucionar anatómicamente a lo largo de nuestra existencia con la finalidad de adaptar nuestros frágiles cuerpos al medio que habitamos: no hemos desarrollado branquias para respirar bajo el agua, ni alas para poder volar, ni cálidas pieles peludas para no perder nuestro calor corporal, ni duros caparazones para defendernos de nuestros depredadores, ni movimientos ágiles ni veloces para escapar de ellos, ni un largo etcétera de innumerables características que el resto de los animales han ido desarrollando, a lo largo de milenios, adaptándose a las circunstancias cambiantes que les rodeaban. En cambio, también somos la única especie capaz de vivir en casi todas las zonas de la Tierra y de superar aquellos retos que la naturaleza nos presenta.

Esta capacidad se debe, en gran parte, a nuestra facultad de crear objetos que posibiliten la realización de todas esas actividades que, en principio, están vedadas para nuestros cuerpos e, incluso, a poder modificar la naturaleza hasta acomodarla a nuestras necesidades. Actividad esta última que hemos ido realizando durante siglos y sin medida abocándonos, tal vez, hacia un futuro desastre. Y es que poseemos una mente capaz de idear, soñar y crear, además de compartir pensamientos o construir relatos, lo cual nos proporciona infinitas posibilidades y soluciones de las que el resto de los seres pobladores de este planeta carecen, por lo que deben ir adecuando la morfología de su especie mediante una selección natural de aquellos ejemplares más preparados durante un largo proceso.

Pero no solo con esa facultad estaríamos capacitados para enfrentarnos a la dureza del medio en que nos movemos, ni a los inesperados accidentes que nos pueden acaecer, ni a superar las imprevistas catástrofes naturales o las más comunes, aunque con frecuencia inopinadas, catástrofes humanas. No, pero para solucionar este posible defecto, nuestra mente posee otra capacidad superior e imprescindible: la de ir transformando nuestros hábitos de conducta aprendiendo de los errores cometidos, corrigiéndolos y reconstruyendo nuestros métodos de acción adaptándolos a los nuevos conocimientos, en una lucha continua entre nuestros pensamientos lógicos y nuestros sentimientos emocionales, lo que puede generar frecuentes situaciones de angustia, de sufrimiento psicológico o existencial, con los consabidos bloqueos, enfrentamientos y cataclismos. Sin embargo, la victoria de los primeros, aunque en ocasiones dura, ha sido necesaria para el éxito del homo sapiens sobre el resto de especímenes del planeta Tierra: las que todavía existen y las que hemos colaborado en su desaparición. Y esa capacidad no es otra que la resiliencia.

Según el filósofo, lógico y científico estadounidense Charles Sanders Peirce (1839-1914), considerado el fundador de la corriente filosófica del Pragmatismo, entre otras cosas, la mente del ser humano, necesariamente cognitiva, se esfuerza por comprender la multitud de signos que le rodea y con la que debe establecer un diálogo por pura supervivencia, lo que supone que ese mismo esfuerzo provoca el desarrollo de la capacidad cognitiva de la mente. Pero, ¿siempre el homo sapiens ha utilizado de una forma correcta y ética esta capacidad?

Toda persona está insertada en el tiempo, justo en un punto donde el pasado es algo totalmente irreversible y el futuro algo utópico, oculto e inaccesible. Y en ese punto temporal, cada ser humano se encuentra sujeto a su ego, con el que convive, aunque no llegue a conocerlo a lo largo de su vida. Pero la cosa, sin embargo, se complica un poco más, pues ese ego tiene que pugnar con otros egos que están en la misma tesitura que nosotros, a los que creemos conocer y que, con frecuencia, suelen decepcionarnos ya que en raras ocasiones responden como esperábamos y que, encima, irrumpen en nuestro espacio vital sin permiso previo. Esta es nuestra realidad más cercana, la cual ya sería motivo de un caos si no fuéramos seres resilientes capaces de analizar las pautas de conducta hasta elegir aquellas que nos permitan defender nuestra intimidad sin romper los lazos que nos unen a las otras personas. Pero ¿funcionamos realmente así?

¿Y cómo ocurre eso?, os preguntaréis. Pues bien, Peirce nos dice en este caso que la mente posee la capacidad básica de generalizar y, por lo tanto, de extraer de la experiencia aquellos elementos que llaman su atención, o bien por ser permanentes, o bien por redundantes, con lo que, de esta forma, se pueden crear reglas de conducta con las que prever tales hechos. Estos elementos, acoplados a la actuación humana, son los hábitos y ellos cambian a lo largo del tiempo modelados por múltiples sucesos: culturales, religiosos, políticos, económicos, etcétera, con lo que, si las reglas han llegado a ser formuladas como leyes, estas posiblemente se queden desfasadas y obsoletas, entonces deberán seguir la misma evolución que las pautas sociales para las que fueron creadas.

Claro que esto provoca no pocos problemas en todas las épocas sociales que se han considerado definitivas, que son la mayoría, pues si se admite que las leyes se derivan de un proceso evolutivo, eso nos obliga a reconocer que todas las sociedades están en continua formación y que, por lo mismo, no son perfectas… ¿Quién en este punto no escucha rechinar los dientes de aquellas clases políticas que tienen terror a los cambios? Aquí vendrían bien las palabras del propio Peirce cuando dijo: “…Hay tres cosas que nunca podemos esperar obtener por el razonamiento, a saber, certidumbre absoluta, exactitud absoluta, universalidad absoluta…”

Reconocer que la certidumbre es un mito es un ejercicio de humildad que no muchas personas están dispuestas a llevar a cabo, pues ello representaría reconocer, al mismo tiempo, que estaban equivocadas. Sin embargo, la misma naturaleza nos demuestra que toda ley tiene excepciones, errores y casos que se consideraban imposibles, por lo tanto, la mente, aunque se basa en lo permanente para establecer sus reglas, debe tener en cuenta que ese mismo suceso puede llegar a no realizarse o, por lo menos, no con idéntico resultado. Esa capacidad de apertura puede evitar bastantes sobresaltos.

Y todas estas reflexiones nos conducen a la utilización del instrumento más poderoso que poseemos los humanos, el lenguaje. Las palabras, esos signos capaces de abstraer la realidad hasta convertirla en algo tangible al mismo tiempo que etéreo, poseen una semiótica basada en la arbitrariedad, se ve continuamente alterada bajo la subjetividad de quienes desean adueñarse del discurso, desfigurando los contenidos de las teorías, de los mitos o del propio discurso e imposibilitando el diálogo y deformando la realidad bajo el prisma de unos intereses. Por ello, Peirce nos apunta que el universo humano no es la etapa precursora de la realidad, ya que el signo (hecho humano) no es el objeto (hecho natural), es decir: la mente no crea el objeto, él ya estaba, ella lo estudia y lo comprende. Para aprehenderlo debe nominarlo, pero el objeto existía antes que el nombre. El subjetivismo nos conduce hacia nuestro ego y relativiza la realidad deformada por nuestro punto de vista, sin embargo, el objetivismo nos hace transcender de nosotros mismos y nuestra época mostrándonos que la realidad existe con independencia del sujeto. Los signos son medios de comunicación imprescindibles que se formaron en libre albedrío y así deben mantenerse, dejando que evolucionen llevados por la inercia de la evolución natural. Lo contrario es convertirlos en mercenarios de objetivos particulares. Y si eso ocurre con nuestros signos y símbolos, pronto le llegarán las cadenas a nuestra propia voluntad.

Para que la capacidad resiliente funcione es indispensable el diálogo entre nuestro ego y todo lo que nos rodea y, de esta forma, percibir los cambios a los que debemos adaptarnos. Debemos abrirnos y obligarnos a dar, a comunicar, a apoyar, al mismo tiempo que aprendemos a recibir, a escuchar, a sentir… y es que el diálogo no consiste ni en un monólogo, ni un discurso, por mucho que nos digan lo que queremos oír. El universo no comienza en mí, ni terminará conmigo, yo no soy el centro sino un átomo de una pequeña molécula de la vida. Nada más y nada menos.

Una de histrionismo.

Sé que soy un fraude y me acepto como tal.

En cuanto asomé la cabeza más allá de mi puerta, tras la que viví ese periodo de protecciones y quitamiedos que es la infancia, fui descubriendo en mi propio cuerpo, en mi propio razonamiento y, sobre todo, en mi propio mundo de fantasía, ya sin escudos ni chichoneras, el dolor de los golpes y el escozor de las caídas. De este modo se me perdieron la suavidad, la ternura y le inocencia… más bien huyeron, por lo que tuve la necesidad de probarme nuevas vestiduras con las que pasar desapercibido.

Los disfraces no han sido nunca mi fuerte, pero todo se aprende y, con el tiempo, se perfecciona, hasta el punto de creérmelo. Confieso que al principio no estaba nada orgulloso de ello, sin embargo, a medida que iba alcanzando mayor conocimiento del ecosistema en que me movía, llegué a reivindicar mi espacio vital conseguido con ficciones y defenderlo con astucias y artificios.

Sin embargo, la vida del pícaro es agotadora, pues tienes que reinventarte con mucha frecuencia, además de desarrollar constantemente las artes de la sutileza y la persuasión corriendo siempre el riesgo de ser desenmascarado, aunque eso no es lo peor, ya que, a veces, incluso llegas a desear que ello ocurra para poder descansar, sin embargo, llegar a pensar que tú eres el papel que representas, es poco menos que la muerte. Y eso suele ocurrir.

Pero, de pronto, algo sucede que no esperabas, con lo que no contabas, algo que no dependía de tus actos ni tu siempre calculador razonamiento tenía previsto… y te plantas cara a cara con la realidad. Es duro. Es confuso. Es perturbador…

En ese momento, tu armario de disfraces se ha quedado sin fondo, vacío. Nada te protege, nada te arropa, nada te sostiene… solo queda el yo, ese yo que estaba ahí dentro agazapado y cómodamente sentado mientras movía con deleite el joystick de tu vida, ese yo que no quería que nadie le viera, que nadie le conociera tal y cómo es, pues se negaba a mostrar sus debilidades y sus fortalezas, sus temores y sus bravuras, sus torpezas y sus aciertos, su mugre y su pulcritud. Ese yo pensaba que, si todas sus interioridades quedasen al descubierto, su castillo sería totalmente vulnerable.

Y ese momento llegó y me miré en el espejo hasta poder reconocerme. Era yo. Sí, era yo ese que me devolvía una mirada húmeda y torva. Esa mirada repleta de rencor por haberme obligado a mostrar mi desnudez, aunque solo fuera ante mí mismo. Esa mirada esquiva, huidiza, que pretendía aferrarse a un eco que se iba perdiendo más allá de mi propio reflejo… Era la cobardía.

Entonces me di cuenta de que tan solo había sido un farsante en un mundo de farsa, de parodia, de pantomima, en el que nunca llegué más allá del papel del novato, del pipiolo, y donde mi nivel de honestidad, palabra maldita donde las haya, estaba por encima de la media… Un mundo donde engañar es la moneda común con la que todo se comercia y con la que todo se especula.

Pero eso ya no importa: el pasado nunca cambia, solo cambian los relatos. Lo que fue, fue, digan lo digan. Y por lo menos mi yo desnudo, sin disfraces, lo sabe. Me miré profundamente y me prometí quererme.

He llegado a ese punto en que ya no me importa reconocer mis lunares, incluso voy a jactarme de mostrarlos; en que ya no tengo la obligación de opinar lo que no me apetece ni de callar lo que deseo gritar; en que ya no debo implorar saludos o sonrisas; en que ya no necesito admitir que se me juzgue sin conocer los hechos ni escuchar razones, allá cada cual con la verdad que se haya creado para su propia comodidad; en que ya puedo demostrar mis sentimientos sin miedo y sin vergüenza…

Sí, soy un farsante, un comediante de una obra mal escrita, mal dirigida y mal interpretada, pero es la mía y me basta.