El otro frío

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Es una irónica paradoja eso de ponerles apelativo a las destructivas tormentas que de vez en cuando azotan nuestras, ya de por sí, tormentosas existencias. Pero con esta última ya se han pasado… “Gloria”, le dijeron, y puedo jurar que ha hecho honor a su nombre… aunque no en el propio sentido de la magnificencia, sino en el que encierra su más ostentoso antónimo.

Llegó como huracán de invierno a las tierras de nuestro, cada vez más, caribeño mediterráneo y, en tres días, nos dejó el paisaje desolado de nuestras vergüenzas al aire… Y no lo digo solo por los árboles caídos, de los cuales, seguramente, alguien hará leña; ni por las fachadas que desprendieron sus peligrosas vestiduras; ni por los campos sedientos, ahora ahogados en su propio deseo; ni por los ornatos callejeros convertidos en banderas de pueril osadía; ni por los tejados mudados en fuentes, ni los caminos en barrancos, ni los barrancos en ríos, ni los parques en charcas, ni las charcas en lagos… lo digo, más que nada, por el frío. Inmenso frío. Y eso que aquí no tenemos el muro de la nieve.

El frío, ya se sabe, consiste en la bajada de la temperatura. Esa es su definición física y material. Y ese frío es lógico y natural, sobre todo si estamos en invierno. Pero no me refiero a él en este sentido, pues este me preocupa bastante menos.

“Gloria”, como todas las otras tormentas con nombres femeninos o masculinos, nos ha traído, además, el otro frío, el que no se calma con el fuego de los hogares si hay leña para alimentarlo, ni con las radiaciones de las estufas si están en condiciones, ni con la ropa de abrigo si tenemos con qué taparnos… “Gloria” nos ha traído el frío que surge de nosotros mismos, el que se arraiga con fuerza a nuestras entrañas, el que, con el tiempo y la costumbre, llega a formar parte de nuestra personalidad y genera vacío.

Es el frío que genera la indolencia, la ceguera, el descuido, el olvido, el repetir errores por sistema, el creernos sabios sin serlo, la pereza, el dejar las cosas para mañana o el no hacerlas por propio interés… Es ese frío que se extiende por los cuerpos de quienes nos rodean hasta convertirse en impotencia.

La Naturaleza no es consciente de los daños que hace, pero los humanos parece que tampoco, por lo menos eso quiero creer. Sin embargo, la Naturaleza alimenta su furia con nuestros errores, a pesar de lo que digan los negacionistas, o bien por ignorancia, o bien por vender algún barril de petróleo más, y nosotros, anclados en nuestro consustancial frío, solo hacemos bien lo de lamentarnos echando la culpa al destino como quien echa una moneda a la fuente esperando que nos devuelva una fortuna.

Lo curioso es que el invierno llega, más tarde o más temprano, todos los años, pero nosotros, acomodados en nuestro frío existencial, obviamos que eso va a ocurrir así y nos olvidamos de prever, de anticiparnos, de adelantarnos, de presagiar (palabra ésta a la que algunos dirigentes de gélido corazón le tienen cierta hostilidad), por lo que luego llegan las consecuencias y los árboles caídos y las goteras y los derrumbes y los caminos cortados y los colegios cerrados… por el frío.

No olvidemos que, aunque el frío es un buen conservador de alimentos, estos siempre están muertos.

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Tradiciones, ¡ay las tradiciones!

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El fin de semana pasado se llevaron a cabo en el pueblo las “Tradicionales Fiestas en Honor a San Antonio Abad”, aquel eremita egipcio que prefirió la compañía de los animales a la de los hombres. Y se realizaron como siempre, mediante el tradicional copia y pega de actividades, con lo que habiendo asistido a ellas el año anterior, casi se puede saber el momento de cada una de ellas en el actual, y al año que viene… con toda seguridad: La procesión de la tarde, o de las hogueras, símbolo tradicionalmente pagano que el cristianismo asimiló, como fue su tradición, en un alarde de sincretismo al ir evangelizando a otros pueblos, para representar las diferentes tentaciones enviadas por el diablo y soportadas estoicamente por el santo anacoreta caracterizado por la tradicional imagen de un anciano acompañado de un cerdito a sus pies, la cual, portada en hombros, va esquivando el fuego, con más o menos pericia, seguido de la habitual banda de música al son de algún pasodoble… sí, pasodobles porque se supone que en ese momento Antonio Abad todavía no era santo, para ello debe pasarse toda la noche en soledad dentro de la ermita que lleva su nombre, metáfora del desierto donde vivió casi toda su vida, situada en la calle con la misma denominación. De esta forma, al día siguiente por la mañana vuelven a buscarlo, esta vez con solemnidad, como corresponde a su nueva condición, y a ritmo de la usual música sacra correspondiente lo devuelven a la iglesia donde se celebra la cotidiana Misa en su honor. Pero no se queda ahí la cosa, pues durante esos dos días de festividades se llevan a cabo los populares “Festejos taurinos” por algunas calles del pueblo, con sus oportunas y eufemísticas “exhibiciones de ganado vacuno”, las emocionantes “desencajonadas” y los “toros embolados” … cosas estas que tengo mis dudas sobre que recibieran de buen grado la bendición del santo, pero, en fin, es la tradición. Así mismo, y aprovechando las brasas de las hogueras, las pandillas asan sus opíparas viandas de la tradicional cena, compuestas, sobre todo, de chuletas y embutidos; por su lado, los niños disfrutan con las “cucañas y piñatas”, los jóvenes con la verbena, bueno, en este caso sustituida por la novedosa, aunque ya también enraizada, discomóvil, y los animalitos de compañía, grandes y pequeños, se asustan por igual en el momento de la “bendición”.

Hasta aquí todo perfecto, o casi, pues las tradiciones forman parte del acervo cultural de los pueblos y ellas son una riqueza propia que se debe cuidar y potenciar. Sin embargo, ello no quiere decir que sean eternas e inalterables.

Las tradiciones son una creación de los humanos según sus circunstancias, por eso son diferentes según el lugar en que se den y, por eso mismo, al ser algo vivo, deben evolucionar adaptándose a los cambios sociales como van mudando las ropas de los niños a medida que van creciendo. ¿Qué hay más tradicional y representativo para un pueblo que su lengua? Y sin embargo todas las lenguas cambian con el tiempo, pues sus sonidos, sus reglas y sus palabras han sido creadas arbitrariamente, no por una única persona ni por un dios, sino por todos en general y, por ello, se crean nuevas palabras a medida que aparecen nuevos conceptos u objetos (neologismos), se reciben influencias de otras lenguas (préstamos), sufren transformaciones fonéticas e, incluso, mueren y desaparecen cuando dejan de usarse. Todos los años, la Real Academia de la Lengua incluye nuevas palabras en su diccionario y excluye algunas que ya quedaron obsoletas, y no lo hacen por capricho, sino porque el pueblo ya lo ha hecho. Así, al leer algo escrito en la antigüedad parece que sea otro idioma, pero en realidad es el mismo que hablamos ahora, aunque evolucionado.

Sí, debemos respetar y cuidar nuestras tradiciones, pero no hacer de ellas dogma pues eso es muy peligroso ya que nos arrastra a la intransigencia, al inmovilismo, a la falta de progreso y a una sociedad de reglas absurdas y homicidas de la libertad. Frases como “esto siempre se ha hecho así”, “son las leyes de nuestros padres”, “la tradición es nuestra cultura”, dan mucho miedo pues intentan cortarnos nuestra imaginación, nuestra evolución, nuestro crecimiento. Las personas inmovilistas son como aquellas que al recibir una herencia pretenden dejarla tal como está sin darse cuenta que nada en la vida es inmutable ni imperecedero, todo está en constante movimiento y el tiempo no se detiene arrasándolo todo a su paso, por lo que llegará un momento que no tendrán nada más que cosas viejas e inservibles.

No hay que rasgarse las vestiduras si alguna tradición se pierde, pues será signo de que el pueblo ya no la siente como suya y entonces pasará al estadio de la nostalgia, ni tampoco porque aparezcan nuevas, siempre que sea una elección popular y no por dictado y a la fuerza. Las tradiciones forman parte de la cultura de un pueblo, pero no son la cultura, ella es mucho más.

Hay casos bastante sangrantes en que, desde nuestra perspectiva cultural, vemos la injusticia de algunas tradiciones, por ejemplo, en lo que se refiere a la vida de las mujeres: ausencia de derechos, violencia, matrimonios forzados, ablaciones, etcétera, y entonces nos damos cuenta de lo cruel que puede ser mantener por la fuerza ¿a causa de la ignorancia?, ¿del miedo?, ¿de las supersticiones?, ¿o de ocultos intereses? … Pero no solo se limitan ahí… Una tradición nunca debe ser escusa para ejercer el dominio, ni dogma de fe.

El caso es que, tras los festejos, tras el bullicio, el ruido y el movimiento de este frío fin de semana, nos han quedado otras consecuencias tradicionales menos divertidas: los catarros, el cansancio, las resacas y la suciedad. No es ningún secreto que los humanos somos, tradicionalmente, unos seres descomedidos y unas máquinas móviles de producir excrementos. Pero de esto ya hablaremos en otra ocasión.

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La soledad del gato.

LA SOLEDAD DEL GATO

Apareció como lo hace la primavera: de golpe y con los primeros calores.

Pequeño, menudo, inquieto y vigilante con su mirada inquisitiva donde se cobija la continua sorpresa, de pelaje atigrado gris, nos observa, a quienes ocupamos la terraza del bar, con la arrogancia de quien se sabe poseedor de la belleza y, por lo tanto, con los derechos adquiridos.

No pide nada, aunque lo espera todo y, casi siempre, se sale con la suya, bien porque alguien le da a probar de su aperitivo, bien porque algún niño, sobre todo niñas, comparten con él su merienda, bien porque alguna vecina o vecino, como en mi caso, le regalemos alguna que otra chuchería, no por lástima ni altruismo, simplemente porque se lo gana con su silencio y su porte y su hermosa paciencia.

Sin embargo, con el carnicero tiene un problema de intereses, lo que le ha supuesto salir corriendo más de una vez perseguido por los improperios del tablajero quien le amenaza con despellejarlo y venderlo cual conejo, algo que todos sabemos que nunca ocurrirá. Pero no lo hace ni por maldad, ni por codicia ni por vicio, pues no es corrupto, ni codicioso ni crápula como suele ocurrir entre los bípedos, simplemente es un gato y su única razón es el instinto.

Y ciertamente que, para tener tan poco tiempo y haber estado siempre a su libre albedrío, es un hábil cazador, eso sí, de pequeñas piezas, como mariposas, grillos, escarabajos… los ratones ya son caza mayor para él y los pájaros simple utopía.

En cambio, cosa harto extraña entre los de su especie, no busca las caricias, todo lo contrario, pues cuando alguien intenta acercarse, huye como perseguido por el diablo a esconderse entre las ruedas de los múltiples coches que engalanan nuestras calles o en el garaje de una vecina quien, para tales menesteres, y otros como dormir o cobijarse del frío, le deja siempre una ventana entreabierta. Podría decirse, pues, que es pragmático y antepone lo práctico a lo efímero.

Él y yo nos llevamos bien. Nunca más cerca de un metro, tomamos juntos el sol, compartimos alguna vianda y también el silencio, aunque a veces nos miramos y nos comprendemos. Cuando oye que abro la puerta, me espera sentado sobre el capó del coche de turno y no me pierde de vista hasta que he doblado la esquina. Cuando regreso a casa, vuelve a estar allí, paciente, silencioso y soberbio.

Ayer fue la noche de Reyes. Al salir de mi casa con intención de ver la cabalgata, él estaba erguido como un pequeño dios egipcio ante una antigua puerta cerrada y allí lo dejé. Supongo que, con el alboroto de la alegría de los niños, la algarabía de los padres, las notas perdidas de la banda de música, el trote de los caballos que transportaban a los magos, él se escondería en algún oscuro rincón desde donde sus redondos ojos sorprendidos brillarían como dos estrellas de un firmamento de dudas y miedos observando algo que no podía comprender.

Era la noche de la ilusión, la que culmina las fiestas de la felicidad, esa que nos venden por todos los medios de comunicación y que podemos pagar en cómodos plazos, así que, cuando regresé para cenar y lo vi de nuevo en la seguridad de su belleza, decidí compartir mi cena con él e hice dos sándwiches de jamón y queso y le ofrecí uno de ellos. Expectante, me vio acercarme, dejar mi ofrenda a cierta distancia y, con su natural elegancia, se acercó, cogió el regalo con su boquita y se alejó hacia la ventana entreabierta por donde desapareció sin más.

Volví a mi casa, encendí la estufa y la televisión y comencé a masticar con calma con la única esperanza de que el sueño no tardase en llegar… Y entonces me di cuenta de que la Navidad no está hecha para los gatos.

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Vivo en un pueblo

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Vivo en un pueblo.
Un parvo núcleo de nidos sustentados en sus vecinos y surcado por una equívoca malla de arterias constreñidas, en la ladera de una leve montaña mediterránea asomada a un generoso valle, donde el sol arranca improbables y polícromos destellos.
Una tenue atalaya del cielo donde todavía se respira aire, donde todavía es posible escuchar el canto de pájaros no extintos, asombrarse con el vuelo arbitrario de una fugaz mariposa o absorber el aroma seductor de un galán de noche…

Vivo en un pueblo y conozco a mis vecinos.
Comparto con sus personas multitud de circunstancias y discrepo en infinitos pensamientos, pero sé que nunca me abandonarán en la calle si me ven caído, ni me robarán la cama si dejo la puerta abierta, ni olvidarán buscarme si un día amanezco perdido.
Y conozco a los niños, sus carreras y sus risas e, incluso, sus rabietas y sus llantos, y sé de su alegría y su libertad que les hace olvidar las pequeñas chaquetas en el parque o los bocadillos de la merienda para deleite de hormigas y gorriones.
Y escucho de los ancianos historias repetidas, chistes desgastados, recuerdos ya traslúcidos… y me asombra que perpetúen mi nombre o que mantengan vivas las memorias de mis padres o las historias de mis abuelos… y me hacen creer en la eternidad.
Y comparto unas cervezas y un trozo del día con quien haya en el bar, saludos con quien pase por la calle, sonrisas con quien cruce su mirada o el calor del sol y la suavidad del silencio con cualquier corazón que late, pues donde hay una persona, hay compañía.

Vivo en un pueblo y no me aburro porque el aburrimiento es algo particular y personal como el DNI o el ADN, igual que el ruido o el desprecio: para quien no sabe escuchar es fácil confundir un nocturno de Chopin con la explosión de un petardo.
Un pueblo donde nunca pasa nada y, al mismo tiempo, suceden cosas a menudo, según sepas ver, escuchar, sentir.
Un pueblo en el que todos sabemos de todos, aunque solo aquello que cada cual quiera hacer público…
Donde el silencio suena a vida y el tiempo viene a caballo del viento con tañidos de campanas, donde se escucha correr el agua y el cielo es gris cuando amenaza lluvia que, por supuesto, suele ser bien recibida.
Donde mi madre me enseñó a compartir…

Sí, vivo en un pueblo de fértiles huertas y amplios montes de secano que, en otro tiempo, fueron nuestro tesoro y nuestro alimento, pero que eso llamado “especulación” nos lo transformó en agujeros negros, en monolitos inacabados en honor al desatino, en árboles caídos para alimentar urbanizaciones vacías y en el desconsuelo de ahorros devorados por la “ingeniería financiera” … maldito eufemismo…
Y como recompensa, nos dejaron sin servicios… Ahora, eso sí, cuando llegan las elecciones, siempre nos visita algún político.
Un pueblo donde la gente joven se marcha a estudiar, a mejorar, a prepararse, a trabajar, a crear su nuevo nido…
Un pueblo que se extiende por el mundo en un desangrarse continuo y donde internet ya es tan necesario como comer o beber porque nos mantiene unidos.

Vivo en un pueblo y es mi orgullo.
Un pueblo que recibe y admite, pero también exige y se defiende. Con sus momentos de luz y sus momentos de sombras. Un pueblo, en fin, como todos y único, que se aferra con sus raíces a las rocas de la historia desempeñando su destino de, a pesar de todo, mantenerse vivo.
Por eso me entristeció tanto cuando uno de nuestros visitantes de temporada me preguntó, seguramente con toda su ingenua estolidez: “Y aquí, cuando nosotros nos vamos, ¿qué hacéis?”, porque lo suyo habría sido decirle la verdad: “Mira, nosotros no somos reales. Todo esto es un parque temático, así que cuando os vais, nos desconectan.” Pero he llegado a aprender que hay preguntas que no merecen respuestas.

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