El pez en la pecera.

EL PEZ EN LA PECERALos peces están diseñados para nacer en los océanos, en los lagos, en los ríos, y vivir sus procelosas vidas en sus hábitats naturales, a no ser que acaben como elementos decorativos encerrados en alguna urna de cristal. Claro que lo mismo podría decirse del resto de especies utilizadas como mascotas, entre las que incluiremos a los humanos.

Sí, han leído bien, he dicho humanos y es que los humanos nacemos en la Tierra para desarrollar nuestras turbulentas existencias diseminados por ella, sin embargo, y con más frecuencia que ellos, acabamos como esos bonitos peces de colores dentro de una pecera. Cierto que nuestra burbuja no es física, pero no deja de ser una linda pecera.

La cosa comienza en el mismo instante de nacer, cuando nuestros progenitores, con toda la buena intención de llevar a cabo los ritos acostumbrados en sus respectivas vasijas, ya nos van marcando límites al colgarnos un nombre, unos apellidos y una nacionalidad. A estas les seguirán, a medida que vayamos creciendo, las sucesivas paredes de la educación, las creencias, el idioma… Y a partir de cierta edad los vidrios crecerán en progresión geométrica: aficiones, tendencias, amistades, estatus, clases… incluso las parejas… Y así, otro individuo de una especie que surgió para coexistir con el resto de especies en armonía natural, se va encerrando, paulatinamente, en peceras más y más pequeñas, hasta que un día se da cuenta que vegeta dentro de una burbuja exclusiva, mientras el mundo está ahí afuera.

Puede que el destino de toda persona sea la soledad, esa soledad que no tienen nada que ver con la cantidad de gente que nos rodee, si no con la capacidad de empatía que tengamos con esas personas, algo que cada día tiene mayor complicación, pues las diferencias se multiplican mientras que las coincidencias se desvanecen. Es lo que tiene vivir encerrados en nosotros mismos.

La eficacia de los grupos sociales para ir alienando a sus miembros es muy eficaz, sobre todo porque como no les resulta rentable educar para la convivencia, ya que ello conduciría a un razonamiento individualista, en ausencia de esa disciplina, se decretan leyes, normas y pecados, con sus correspondientes amenazas de penas, multas e infiernos, castigos todos ellos que difieren según sea confesional o no el Estado, y haciéndoles creer que el destino de los dirigidos depende de la magnanimidad de los dirigentes.

Y aquí estamos, cada cual buceando en nuestra propia pecera e imaginándonos el universo según el relato oficial y debatiéndonos entre el deseo de cometer los pecados incitantes y tentadores o la obligación de cultivar las severas, adustas y estrictas virtudes, cargando por ello con un peso en la conciencia que nos imposibilita para levantar la cabeza.

Y de eso va mi último libro, que he titulado El pez en la pecera, un poemario donde aparecen los pecados, las virtudes y otras nimiedades propias de la condición humana que nos van definiendo como bonitos peces de colores dentro de una fría pecera, y en el que intento reflejar opiniones propias con la justa sinceridad, aunque sobre esto hablo en el Prólogo, así que mejor lo leen ustedes en él.

PORTADAEL PEZ EN LA PECERA    Antonio Cruzans

Editado el 8 de junio de 2020     KDP

Tapa blanda: 132 páginas.    Idioma: Español

ISBN-13: 979-8652324827

ASIN: B089TXGPKM

 

 

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Relojes parados.

RELOJES PARADOS

Los relojes están parados, sin embargo, el tiempo sigue, pasito a pasito, segundo a segundo, inevitablemente desfilando. Cuando yo era un niño y veía algún partido de fútbol en la tele, si se adelantaba en el marcador mi equipo favorito, la apagaba con rapidez en un intento de mantener el resultado, pero en la mayoría de las ocasiones mi tentativa no daba fruto. Y ahora, me temo, ocurrirá lo mismo.

Todo el mundo estamos aguardando con impaciencia a que se acabe esta pesadilla para volver a la “normalidad”, a la rutina, a nuestras formas de vivir anteriores… Algo que en el fondo me inquieta, pues seguramente eso también llevaría implícito retornar a los mismos errores, ¡y han sido tantos! No obstante, tengo la esperanza de que no ocurra así y para ello me aferro a la máxima de Heráclito de Éfeso: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, sencillamente porque si yo me baño en un río y vuelvo al día siguiente con la misma intención, ni yo ni el río seremos los mismos que el día anterior. Y es que la creación entera está en un constante cambio, todo fluye sin parar, todo se transforma.

Así pues, por mucho que nos empeñemos en detener los relojes, esto no va a ser un “impasse”, ni mucho menos un tiempo muerto, pues cada momento que vivimos la transformación continúa y deberíamos saber aprovechar esa inercia natural para ir aprendiendo un poco más de nosotros mismos y de lo que nos rodea, e ir adaptándonos a los nuevos retos que se nos van planteando. No es cuestión de hacer una tragedia de esto, ni mucho menos, la humanidad ha recibido golpes más duros a lo largo de la historia, pero hay que saber encajarlos y sacar conclusiones válidas que nos permitan seguir evolucionando, si puede ser, a mejor.

No podemos parar nuestros relojes esperando reiniciarlos en un momento del pasado, sobre todo porque muchas personas ya no estarán y sin ellas nada puede ser lo mismo, pero también porque ha surgido un temor, invisible y oscuro, aunque existente, que marcará las relaciones sociales; porque muchas personas saldrán perjudicadas en sus trabajos, en sus negocios, en su economía familiar; porque los niños no tendrán tan fácil lanzarse por los toboganes, ni querer alcanzar las nubes con los columpios, ni abrazarse en las guarderías o jugar en el patio del colegio; porque ni los teatros, ni los cines, ni los campos de fútbol, etcétera, podrán estar llenos de espectadores, pero para qué seguir… Nada va a ser ya igual que antes, aunque no por eso esté todo perdido, no, todo lo contrario, pues de nosotros depende que vayamos encajando nuestras vidas en los nuevos huecos en cada momento.

No es comenzar nada nuevo, sino seguir y, como siempre ha ocurrido, para caminar hay que tener ganas y fuerzas para hacerlo, optimismo, ilusión y, no lo olvidemos, solidaridad, pero de la buena, a ver si algún día hacemos que sea falsa la triste realidad que dejó escrita en una de sus novelas Niklas Natt och Dag, “resulta curioso cómo las personas se apresuran a ayudar a quienes no lo necesitan, mientras dan enormes rodeos para evitar a los pobres y menesterosos.”

Pongamos ya en marcha nuestros relojes y en la hora exacta.

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Érase una vez.

ÉRASE UNA VEZ

“Érase una vez”, así comenzaban tradicionalmente los cuentos infantiles. Esas tres palabras formaban un conjuro capacitado para desplegar maravillosos mundos de fantasía en mentes ávidas de descubrir y dispuestas a dejarse sorprender. Imaginaciones desbordantes y con la maleabilidad intacta para poder contener la suficiente credulidad, por lo que todo tenía cabida y todo podía llegar a ser, desde que los animales hablasen, hasta que las historias tuviesen un final feliz. Y ello siempre estaba relacionado con la inocencia y la pureza de la niñez.

Pero los humanos crecemos y, se supone, vamos adquiriendo conocimiento del mundo que nos rodea y medios para sobrevivir en él. Y en esta evolución darwiniana, se perpetúan quienes saben adaptarse mejor al entorno y a sus circunstancias. Metamorfosis en la que debemos sacrificar muchas cosas para que el fruto surgido de nuestra particular crisálida, sea una persona adulta perfecta y capaz de sortear los impedimentos que se le vayan cruzando en su vida. Y lo primero que debemos abandonar son la inocencia y la pureza propias de la infancia, si no queremos ser acusados de inmaduros.

Y así estamos las personas adultas: intentando no naufragar en nuestros turbulentos destinos y observando, con una mezcla de condescendencia y nostalgia, las fantasías de los niños y niñas, que juegan, corren, gritan, cantan, bailan… y fantasean a nuestro alrededor. Mientras tanto, nos comportamos como los seres alfa que creemos ser: lo sabemos todo, tenemos respuestas para todo, lo solucionamos todo… y nos olvidamos de que la gente pequeña son niños, pero no tontos y, más pronto o más tarde, pueden llevarse una decepción: sus superhéroes no sabían volar.

Pero el problema está en la crisálida, sí, porque en ese periodo de transformación que debe conducirnos a ser bellas mariposas, algo está mal, algo está corrupto, algo que nos hace salir de ella siendo todavía gusanos que presumimos de mariposas: ni sabemos tanto como queremos aparentar, ni tenemos apenas respuestas para nada, y ya no digamos soluciones… y encima, a pesar de que, supuestamente, hemos perdido la credulidad,  nos creemos lo que nos cuentan, según quién nos lo cuente, claro, y no porque sigamos conservando la inocencia y la pureza originales, sino por odio al contrario y, si lo que se dice, aunque sea mentira, le puede dañar, pues adelante, lo compartimos y lo divulgamos a los cuatro vientos, y mejor ahora con la profusión de medios y plataformas que tenemos a nuestro alcance.

El mundo de la madurez se divide, por un lado, entre el grupo de control, el cual, salvo raras y loables excepciones, está repleto de buhoneros, mercachifles, charlatanes, tahúres, fulleros y mentirosos de ambos sexos, y por el otro, el grupo de los controlados, compuesto por una inmensa muchedumbre de seres adocenados, entre los cuales me incluyo. Y sí, en esto se ha basado la evolución de la especie humana a lo largo de su historia: un tira y afloja entre los que tienen y los que desean tener, lo que conlleva un constante adaptarse o morir dentro de una sociedad basada en el consumo, el postureo, la prostitución cultural, la idolatría del beneficio rápido y el menosprecio de las esencias éticas. ¿Qué soy negativo?… Bueno, repasen un poco la historia o, simplemente, analicen sin apasionamientos el presente.

Llegado a este punto, quiero declararme culpable de inmadurez. Mi ideal es morirme joven, pero a una edad avanzada. Quiero crecer, es inevitable y sería una estupidez intentar evitarlo, pero también quiero seguir sintiendo sorpresa ante los hechos de la vida, continuar ilusionándome con las cosas simples y las personas sencillas, aquellas que son capaces de reír con los chistes malos o cantar desafinado por el simple placer de sentirse vivas. No quiero envejecer con las arrugas de las preocupaciones adquiridas e innecesarias, ni con las inquinas, ni con las apariencias, ni con los fingimientos que tanto cansan. Quiero morir creyendo todavía en las hadas y no en personas de discursos vacíos y promesas que no piensan cumplir. No quiero invertir en aquellos cuyas acciones suben cuando la gente muere de hambre, o de las guerras, o de la pobreza, o de pandemias oscuras… Quiero morir agradeciendo a la vida hasta el último segundo, como un niño para el que no hay suficientes horas para desplegar su fantasía.

Y es que el secreto de los niños está en su simplicidad: les regalamos juguetes carísimos y luego solo se interesan por las cajas y los envoltorios, y encima nos enfadamos. ¿Por qué? ¿Acaso no vemos que no estiman las cosas igual que nosotros?: las cifras no les dicen nada, para ellos solo tiene valor aquello que les estimula y con lo que son capaces de crear sus mundos, aunque sean los objetos más inverosímiles, aquellos que se nos pasan desapercibidos porque no tienen precio… y es que somos tan complicados que a todo le ponemos precio, es lo que se nos ha enseñado y es lo que nos esclaviza y nos hace creer en otros cuentos muy diferentes donde los animales son un producto más de compra y venta y las historias no tienen finales felices.

“Érase una vez”… Pronunciémoslo en alto, repitámoslo varias veces hasta que el velo del olvido nos haga descubrir que, en el fondo, seguimos siendo el niño o la niña que una vez fuimos. Desaprendamos, olvidémonos de los cánones y las normas y creamos de nuevo en un mundo de fantasía donde todo puede llegar a ser. Tal vez de esta forma podamos conseguir que las siguientes generaciones lleguen a ser hermosas mariposas.

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¿Qué saldrá de aquí?

QUÉ SALDRÁ DE AQUÍ

Decía Jean-Paul Sartre: “la vida tiene el sentido que cada uno le da”, claro que cuando llevas más de un mes en confinamiento, observando el mundo a través de una ventana que da al edificio de enfrente, viendo o hablando con los tuyos mediante el aparatito que hasta ahora tanto has denostado, escuchando todo el día la llegada de la Apocalipsis en los medios de comunicación y mirando siempre a los mismos ojos, los tuyos, en el espejo, el sentido que le das a la vida me temo que pueda estar un poquito desfigurado.

También aseguraba el prestigioso filósofo existencialista francés: “la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino en querer lo que uno hace”, y no lo voy a negar, dejando aparte que soy un agnóstico en todo lo que concierne a la felicidad, y la verdad es que me encantan la inmensa mayoría de mis ocupaciones diarias porque, en la mayor parte, son aquellas que yo siempre deseé realizar, pero si ves pasar las horas como una sucesión de momentos ya vividos, convirtiéndose en días que no se diferencian los unos de los otros y ya no sabes si es martes o domingo y luego las semanas con la única variedad de que ocurra o no algún fenómeno meteorológico, es como vivir en un bucle y lo cierto es que, por mucho que me guste el jamón, si es mi alimento en todas las comidas, al final lo voy a aborrecer.

Sé quién era yo cuando entré en esta larga cuarentena, pero no tengo ni idea de lo que va a salir de aquí. Se me marchitó la imaginación como una planta a la que no le da el sol; me aterran las páginas en blanco, y eso que antes veía en ellas un reto estimulante donde desarrollar toda mi fantasía y sus variadas producciones; temo perderme entre el teclado del ordenador y no encontrar salida alguna; no aguanto leyendo ni una hora completa, cuando normalmente lo mío era tirarme mañanas enteras devorando páginas casi sin cambiar de postura; veo el inicio de una película y, cuando me despierto, el final, y escuchar música, mi forma preferida de relajación, se ha convertido en una irritante búsqueda de “a ver qué me pongo” porque nada me apetece, aunque peor llevo lo de los juegos en internet, pues de estar orgulloso de mi saber estar y juego limpio, ahora, cada vez que pierdo en algo, que suele ser lo más frecuente, me irrito con una sublime facilidad y apago el ordenador, y ya no digamos cuando se trata de las tareas más convencionales: aseo, vestirse, limpiar, cocinar, fregar… Por lo menos, cuando me quejo y maldigo, como lo hago en voz alta, me escucho y tengo la sensación de no estar solo.

Y el caso es que al principio este confinamiento fue acogido casi como algo festivo: los estudiantes se libraban de ir a clase, otras personas de ir al trabajo, otras llenaban la mesa del comedor de portátiles y móviles para trabajar desde casa, los papás iban a estar más tiempo con los hijos, se devanaban los sesos para inventar juegos y distracciones, se montaban discomóviles en los balcones, etcétera, etcétera, etcétera… Pero todo se volvió un bucle, una rutina, un “otra vez lo mismo”… Y sí, todo esto es necesario, es la pura verdad, pero… En fin, no soy quien para dar consejos a nadie pues ya tengo bastante con mis batallitas espirituales particulares, aunque eso no me impide imaginar cada domicilio como un puchero donde se van cociendo diferentes personalidades a fuego lento, y mucho tendrán que poner todos de su parte para que el resultado final, cuando este puñetero virus tenga a bien largarse, sea, al menos, un buen caldo.

La soledad te empuja al diálogo interior, aunque lo cierto es que siempre estamos dialogando con nosotros mismos, sin embargo, rodeados de gente, o de estímulos de toda clase, nuestro cerebro tiene otras distracciones y sus elucubraciones están algo mediatizadas. El caso es que esa voz interior hace que nos vayamos auto – conociendo, mostrándonos nuestras luces y nuestras sombras como un espejo inmaterial que nos devuelve nuestra propia imagen. Pero no es tan fácil, pues los seres humanos somos mucho más complicados y no tenemos una única voz, sino varias, y ahí es donde llegan las contradicciones, los errores, las paranoias, las luchas internas que, irremisiblemente, nos conducen hacia alguna derrota. Y es que tenemos la tendencia a reconocer con más facilidad nuestras escasas virtudes que nuestros muchos defectos y, cuando llegan momentos en la vida en que no tenemos más remedio que vérnoslas a solas, cara a cara, con nuestro propio yo, nos abofetea la realidad. Así que, tras más de un mes de cuarentena estoy en disposición de decir lo que aseguró el inolvidable Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”.

Cuídense mucho y que les sea leve.

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De aquellos polvos llegaron estos lodos.

DE AQUELLOS POLVOS LLEGARON ESTOS LODOS

Dicen que ya ha llegado la primavera, pero yo no sé si creérmelo o no porque desde mi ventana solo alcanzo a ver una calle vacía por la que no transita prácticamente nadie, y no puedo salir para confirmarlo…

“- Cuentan de un reino que tenía la mejor sanidad pública del mundo, pero ocurrió que una burbuja se fue inflando e inflando hasta que explotó y todo se vino abajo.

– ¿Una burbuja?

– Sí, una burbuja, eso que se hace grande y dentro no hay nada, solo aire.

– ¿Cómo las pompas de jabón?

– Exacto, pero en este caso hecha de casas vendidas a cuatro veces su valor, de créditos inflados y con intereses altos que casi nadie podría devolver, de hipotecas trampa que si no terminabas de pagar se quedaban con lo pagado y lo hipotecado, de depósitos bancarios que ya nadie volvería a ver, de acciones que bajaban inducidas por ventas masivas y algunos las acaparaban a costes muy bajos…

– ¿Pero eso no eran todo estafas?

– Claro, aunque lo disfrazaban bajo el eufemismo de “ingeniería financiera”. Y cuando todo esto se infló tanto que ya no podía resistir más, explotó y llegó la crisis.”

Pero es posible que ya haya llegado la primavera porque escucho cantar a los pájaros con más intensidad, o tal vez sea por el silencio… Y es que estamos confinados, como en un exilio, pero dentro de nuestras casas, por culpa de un virus, algo tan diminuto que no se ve y que no es ni tan siquiera un ser vivo, pero mata…

“- ¿Y qué pasó con la crisis?

– Pues lo que suele pasar: muchas empresas cerraron, muchas personas se quedaron sin trabajo, otras sin casa, otras sin dinero, mientras algunas aprovechaban la ocasión para pescar en río revuelto.

– ¿Y qué hicieron quienes gobernaban?

– Primero, poner parches, pero ya sabes que donde hay un parche, siempre hay un agujero y, si te descuidas, más grande que antes, y luego congelar y recortar…”

A veces, hasta me llega un vago aroma como a campo y a flores, aunque no podría definirlo con precisión porque dentro de mi casa solo huele a ambientador. Mientras tanto, decenas de miles de personas se infectan cada día y cada día mueren centenares, sobre todo, las más mayores…

“- ¿Congelar y recortar… qué y a quién?

– Congelar salarios a los funcionarios y a los jubilados, recortar los sueldos a los trabajadores, hacer más fácil el despido y recortar la financiación a todo lo que fuera público: administraciones locales, educación, dependencia, servicios sociales, residencias de ancianos, investigación y sanidad…

– ¿A todos?

– No, a todos no porque parte de la banca fue rescatada con dinero público.

– Pero lo devolverían, ¿no?

– No… así como tampoco se supo nada más de todos los fondos de ahorros perdidos, ni las pérdidas por malas gestiones, unas no intencionadas, pero otras sí…”

Ha estado lloviendo toda la semana, pero hoy un rayo de sol ha llegado hasta mi mesa a través de la ventana y me ha hecho sentir bien durante un momento, luego he vuelto a la inquietud que me acompaña porque en la radio hablaban de lo mal que lo está pasando el personal sanitario desbordado en hospitales sobrecargados y sin el material necesario para no contagiarse…

“- ¿Y qué hizo el Rey?

– Cazar elefantes.

– ¿Y los políticos?

– Echarse la culpa de los unos a los otros.

– Entonces, todo el mundo sería más pobre.

– Todos no, los ricos fueron más ricos e, incluso, hubo muchos nuevos que aprovecharon el momento para especular.”

Tal vez lo de la primavera sea una mentira que nos dicen para que mantengamos la ilusión, pero es difícil hacerlo cuando ves que hay miles y miles de personas que están trabajando para protegernos y encima tengan que exponer su salud y sus propias vidas porque otros no han hecho las cosas bien…

“- ¿Especular?

– Sí, realizando operaciones comerciales con la esperanza de obtener beneficios aprovechando las variaciones de precios que ocurren en un momento de confusión social, por ejemplo, ahora que se necesitan tanto en los hospitales los equipos de protección individual, como mascarillas, guantes, batas y gafas, o respiradores para las unidades de cuidados intensivos, pues hay quien las fabrica, las almacena y espera que vayan para venderlas al mejor postor…

– Pero eso no es ético

– La ética y la moral son conceptos que algunas personas solo las utilizan como armas arrojadizas para sus contrarios, pero jamás se las aplican a sí mismas. Recuerda que los ríos, cuando crecen de golpe, siempre lo hacen con agua sucia.”

Y es que pienso que realmente estaría bien que fuera primavera, aunque no la pudiéramos ver, como el cielo azul de Pekín que muchos de sus habitantes ya no recordarán, o el agua cristalina y transparente preñada de peces en los canales de Venecia, porque cuando todo vuelva a ser normal esos canales olerán de nuevo mal y el cielo de Pekín será otra vez gris y nosotros no nos daremos cuenta de que es primavera, aunque haya llegado…

“- ¿Y cómo siguió la cosa en aquel reino?

– Pues se potenció la creación de centros educativos privados, residencias privadas, hospitales privados, fondos de jubilación…

– ¿Para todos?

– No, para todos no, solo para quienes pudiesen pagarlos, mientras tanto se invirtió mucho menos en lo público con la consecuencia de menos personas empleadas, menos material, perores infraestructuras y, por lo tanto, peores servicios.

– Es decir, como antiguamente, un estamento privilegiado y otro casi ignorado.

– Más o menos y, como siempre, la diferencia entre los unos y los otros no es ni la honestidad, ni la capacitación, ni la inteligencia, es simplemente el dinero.”

Y es que siempre nos pillan con el pie cambiado, no tenemos remedio. ¿A nadie se le ocurrió hacer un inventario de las necesidades cuando vieron lo que se nos venía encima?… ¿Nadie revisa las condiciones de las residencias?… Son tantas las preguntas que me temo que no haya tantas respuestas… Por lo menos que nos dejen la esperanza de que este año, como toda la vida, también ha venido la primavera.

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De epidemias y otros miedos.

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Cuentan que un día se encontraron en un camino la Vida y la Muerte. “¿Muerte, ¿dónde vas?” – preguntó la Vida. “Voy a la ciudad, donde debo matar a quinientas personas con este nuevo virus”. Pasado un tiempo volvieron a encontrarse. “Muerte, tú me mentiste” – le echó en cara la Vida. – “Me dijiste que matarías a quinientas personas y mataste a más de mil”. “No, no” – se defendió aquella. – “Yo maté solo a quinientas con el nuevo virus, el resto se murió de miedo”.

La verdad, no ganamos para sustos. Cuando todavía no nos habíamos recuperado del paso de aquellas borrascas devastadoras, cuyas aguas anegaron multitud de ilusiones y cuyos vientos nos arrancaron de nuestra perezosa comodidad, nos llega la noticia de la aparición de un nuevo virus que, cual plaga enviada por la ira celestial, amenazaba con convertirse en una pandemia de dimensiones bíblicas. Pero había aparecido en China y China está muy lejos…

Sin embargo, en una sociedad globalizada como la actual, donde los productos “made in Spain” posiblemente hayan sido fabricados en cierta factoría ubicada en alguna ciudad asiática por mano de obra mucho más barata que la de aquí, el hecho de que un virus nacido en Wuham llegase hasta nuestras puertas era solo cuestión de horas. Y así fue…

Y se desató la tormenta…

Cierto es que la misión de los medios de comunicación es comunicar y es lo que hicieron desde el primer momento, incluso, tal vez, llegando a la extenuación del público y con poca efectividad porque, seamos realistas, ¿a quién le interesa la verdad?… La verdad no tiene morbo, no desata la adrenalina del misterio ni del suspense, no provoca el placer que se obtiene de hablar mal de otras personas e inventar monstruosidades… La verdad es aburrida.

Así que la masa desinformada, es decir, la inmensa mayoría, busca alimento entre las redes sociales con la avidez de quien necesita la dosis diaria de la mentira, ese psicotrópico que distorsiona la realidad ordinaria y nos hace percibir alucinaciones capaces de hacer olvidar nuestras propias miserias, olvidar nuestra propia verdad… Pero, como toda droga dura, la mentira es capaz de destruir mundos, de aupar a fantoches histriónicos hasta los sillones del poder y hacer que la razón se exilie y disperse y vayamos abocados a una sociedad alienada sin más horizonte que el escaparate de quincalla para turistas sin criterio.

Pero la batalla está perdida y da igual el empeño que pongan las autoridades en repetir consejos hasta la saciedad, pues la “infodemia”, esa corriente desinformadora que se propaga con más rapidez que el propio virus, es el “pan nuestro de cada día” y dogma de fe para la masa, por lo que todo el mundo discute cualquier hipótesis sobre el origen de esta recién estrenada infección: que si es un virus de laboratorio para desarrollar una forma de eugenesia con el fin de ahorrarse las pensiones, por su pertinaz querencia a ensañarse con las personas mayores; que si lo inventó una farmacéutica con la intención comercial de vender la vacuna que ya tendrían inventada, que si Bill Gates tendría la patente del Covid-19; que si es un virus surgido del enfrentamiento comercial entre americanos y chinos; que si solo se transmite en las zonas donde hay 5G… que si es una invasión extraterrestre… ¿Para qué seguir?

Lo que está claro es que todas estas teorías conspirativas, sin base ni pruebas ni razonamiento concluyente alguno, no ayudan a nada, sino todo lo contrario: difunden la confusión y expanden el miedo, y este sí que es un virus anímico peligroso y letal, cuyas consecuencias pueden ser amplias (económicas, culturales, sociales, sanitarias, etcétera), duras y duraderas.

Lo mejor sería poner en cuarentena a las redes sociales hasta que se les pase su febril “infodemia”, pero, si nuestro síndrome de abstinencia nos lo hace imposible, deberíamos vacunarnos con algo de sentido común y tomar la medicina de la realidad, aunque nos sepa amarga y nos cueste tragar.

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La romanica de oro.

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Hoy el sol se ha vestido de verano, aunque el calendario dice que estamos a mediados de febrero, y debe ser así porque en las laderas de las montañas se muestran las alfombras blancas y rosadas de los almendros en flor y al pie de los ribazos se acumula la suave nieve de sus pétalos de seda, en contraste con el jade de los algarrobos y el plata de los olivos.

Por encima, los pinares, densos y sombríos, observan indiferentes como se disuelven los trazos como hilos que dibujan los aviones bajo el fondo azul del cielo, mientras en el suelo ocre despuntan galaxias de los minúsculos botones amarillos de las jaras. Y al fondo, donde el horizonte se quiebra con la presencia opalina de la sierra y el valle se pliega en recodos imposibles, se vislumbran las choperas desnudas del río.

Callo y escucho… escucho la vida. Desde el alborozado parloteo de los pájaros confundidos, hasta el crujir de hojas secas al paso de los reptiles soñolientos, pasando por el zumbido monocorde de los laboriosos insectos o el aleteo de presencias etéreas que solo adivino. Simplemente sigo el camino y escucho.

Más abajo se cierran los huertos sobre sí mismos. Verdes, pletóricos, húmedos y, en su mayor parte, abandonados. El agua discurre por las acequias de sabor ancestral y moruno, buscando expandirse sobre tierras sedientas entre caballones dibujados por el afán del arado o el esfuerzo de la azada, pero cada vez se desvía con menos frecuencia hacia las terrazas de cultivo, y va a perderse de nuevo en el mismo río del que había partido.

Y sigo el camino acercándome al pueblo. Y aparecen las pequeñas granjas, antes bulliciosas, ahora silenciosas y vacías, desahuciadas a su decadencia del fracaso. Y entonces me doy cuenta de dos cosas: lo hermosa y fértil que es esta tierra y que en toda la mañana no me he cruzado con ningún ser humano…

Hay una leyenda en mi pueblo sobre que en algún lugar hay enterrada una “romanica” de oro, es decir, uno de esos instrumentos que sirven para pesar, compuesto por una palanca, dos brazos desiguales y un peso que se va moviendo por el brazo mayor, mientras que del menor cuelga el objeto a tantear. Y se basa esta fábula en que, allá por 1492, una vez tomada Granada, fue promulgada la expulsión de todos los súbditos del reino que continuaran abrazando la Ley Mosaica y no se hubieran convertido al catolicismo, edicto dictado por lo Reyes Católicos, pero impuesto realmente por las mentes oscuras de la Inquisición, para cuya resolución se les daba un plazo de cuatro meses en los que debían malvender sus posesiones y llevarse el producto de las mismas en letras de cambio, pues no podían sacar del reino moneda acuñada, oro, plata, armas o caballos. Ante esto, una familia de judíos residente en esta localidad decidió fundir todas sus monedas y joyas de oro y formar con ese metal una romana que, una vez pintada y trabajada, pareciera hecha de hierro viejo y, de esta forma, poder sacar su tesoro camuflado como herramienta de trabajo. Sin embargo, avisados los inspectores de que este caso se podía dar, comenzaron a inspeccionar detenidamente todo instrumento sospechoso. En vista de ello, nuestra familia decidió enterrar la susodicha romana de oro en algún lugar oculto y secreto para, en caso de regresar, poder encontrarla.

Huelga decir que sus deseos nunca se vieron cumplidos y ese pequeño tesoro, tal vez no el único, descansa velado en algún punto de nuestra escueta geografía.

Aquella expulsión dejó nuestras regiones empobrecidas, aunque unos pocos se enriquecieron con la rapiña de las tierras y casas adquiridas a tan bajo precio. Algo similar, aunque todavía a más gran escala, ocurrió con la expulsión de los moriscos dos siglos más tarde, y estos pueblos quedaron tan deshabitados, que fue preciso traer colonos del norte para repoblarlos.

Lo malo es que la historia se repite y ahora nos están expulsando de nuevo, eso sí, más democráticamente al no tener en cuenta la cuestión de fe, pero nos están echando de nuestras tierras y nuestros hogares al no valorar como se debe los frutos de nuestro trabajo, al no permitirnos vivir dignamente en nuestros pueblos, al privarnos de unos derechos que nos pertenecen por ser y existir. Y todo por la presión de las nuevas Inquisiciones de nuestros días: la Especulación, la Rentabilidad y el Beneficio fácil, es decir, la Avaricia, que nos prefieren aborregados en los grandes centros económicos denominados “ciudades”.

Pero nosotros sabemos que en el mismo corazón de nuestro pueblo hay un tesoro, porque en las fábricas no se hace comida, solo se transforma, y los alimentos nacen de nuestras tierras y de nuestras granjas y, si nos expulsan a todos, ¿qué comerán? ¿Comprarán las viandas a las grandes multinacionales, como hacen con el combustible, para ser cada día más esclavos de los poderosos?…

Por eso, al igual que hicieron aquellas familias judías que se llevaron las llaves de sus casas, llevémonos nosotros las nuestras cuando nos toque marcharnos porque algún día tendremos que volver a descubrir ese tesoro que siempre supimos que estaba aquí.

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Calles repletas de ausencias.

CALLES REPLETAS DE AUSENCIAS

Apenas hemos comenzado el año y ya hemos sido espectadores de varios desfiles de despedida acompañando a una vecina o vecino que nos dejó en su último camino hacia dónde nace el sol y reposan los cuerpos. Y eso mes a mes durante los últimos tiempos. Sin embargo, estas son circunstancias que forman parte de la vida, es lo natural. Lo malo es que cada vez se cubren menos huecos con risas infantiles y el pueblo se nos desvanece como anciano venerable: sentado al sol y con el mutismo de los recuerdos.

Ya reconozco más gente en las lápidas del cementerio que paseando por las calles, y eso que aquí nos conocemos todos. Por calles cada día más llenas de casas vacías que el tiempo desgasta y arruina y en cuyos balcones ya no florecen los geranios. Calles repletas de ausencias, plenas de silencios, donde todos los rincones están habitándose de soledad… Casas como losas cuyas inscripciones son evocaciones de los momentos perdidos.

Y los campos que antaño eran el orgullo y sustento de tantas familias, hoy languidecen como fértiles mujeres que perdieron la fe en el amor entre selvas de abandono. Solo algunos islotes sobreviven, mientras se mantengan con vida quienes los trabajan con romántico y empecinado empeño, más por costumbre que por negocio, pues ese ya lo agotaron aquellos señores con traje de chaqueta y coches de lujo que se enriquecieron más a cambio de insultantes limosnas.

Y se derrumban los ribazos levantados con esperanza y sudor, cegando los caminos abiertos por tantos pies cansados. Y en las acequias el agua corre hasta perderse. Y las ranas se transforman en lagartijas que huyen de los suspiros. Mientras que en las épocas de cosecha los frutos se caen de maduros creando una alfombra de futuros muertos.

Y lo que no muere se aleja: servicios, trabajo y juventud, dejando los cielos plomizos del verano sin golondrinas, los aleros sin gorriones y a la plaza sin su árbol centenario. Pero desde la atalaya de su colina el viejo castillo nos conserva el pasado, tranquilo, sosegado y, seguramente, con una sonrisa de satisfacción, pues sabe que se acerca el día en que volverá a ser el dueño de todo esto, pero esta vez, poblado de fantasmas, pues igual que venimos de ella, estamos predestinados a volver a la nada, y todo lo que quedará de nuestras existencias será un breve guión entre el año de nacimiento y el de la muerte, la insignificancia de nuestra vida marcada en piedra para la posteridad. El resto será un vago recuerdo que, como polvo, irá cubriendo las calles de nuestro pueblo.

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¡Esto es un caos!

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Si formulase la pregunta: ¿qué es el “caos”?, seguramente, la mayoría de las personas respondería sin dudarlo: “el caos es lo contrario al orden”, lo cual, sin dejar de ser correcto, no es del todo exacto.

Cuando pensamos en el “orden” siempre lo hacemos desde un punto de vista personal fruto de un cúmulo de elementos: educación, aprendizaje, moralidad, sentimientos emocionales, etcétera, específico y particular de nuestra idiosincrasia, con lo cual ya dejamos de coincidir con millones de perspectivas, lo que da como resultado que no todo el mundo tenga la misma idea de lo que es el “orden” sino que cada grupo social, incluso me arriesgaría a especular que cada persona, tiene la suya propia.

Entonces, sería lógico pensar que tampoco tengamos la misma visión sobre el “caos”

La palabra “caos” procede de la latina “chaos” y ésta de la griega “χάος” que significaba: ‘abertura’, ‘agujero’ y, según el Corominas: ‘espacio inmenso y tenebroso que existía antes de la creación del mundo’, en el que se basaría la primera acepción de esta palabra en el Diccionario de la RAE: “estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos”. Sin embargo, en su origen, su significado primigenio era el de ‘lo impredecible’, lo cual nos lleva hacia la ‘confusión’, pues no hay nada más inquietante para los humanos, y que al mismo tiempo les atraiga más, que lo ‘aleatorio’, donde frenéticamente buscamos interconexiones subyacentes entre sus diferentes sucesos, de ahí el éxito de las apuestas y del juego.

Es propio de la humanidad poseer una gran variedad de opiniones sobre un mismo concepto, sin embargo, para algunos sectores esto ya es de por sí, si no el propio “caos”, el germen que conduce a él, y predican el pensamiento único, la idea primitiva e irrevocable, la palabra irrefutable y el dogma, cuya trasgresión es digna del fuego eterno… Pero, descontando algunas personas crédulas o de mente perezosa y un más elevado número de almas movidas por oscuros y ocultos intereses, suelen producir el efecto contrario, pues no hay nada que más aliente a las rebeliones que las imposiciones.

Por lo que podríamos preguntarnos, ¿es el “caos” otra forma de “orden”?…

El caso es que nos empeñamos en crear una sociedad totalmente basada en el equilibrio, algo realmente difícil y, en cierto modo, no exento de hipocresía, pues si por un lado la queremos ordenada y reglada, a imagen y semejanza del pensamiento de quienes nos dirigen, por otro, tenemos la impresión, si no la certeza, de que nada depende de un guion establecido, sino que todo está en manos del azar y que la ecuación “causa = efecto” puede ser un fenómeno básicamente estadístico, pero no al cien por cien riguroso, pues es posible que llegue un momento en que la misma “causa” deje de producir el mismo “efecto”, o que el “efecto” sea el que produzca la “causa”, y así sucesivamente en un círculo cerrado sin solución.

Si el ser humano ha buscado en la Naturaleza, sobre todo los más sabios, el ejemplo en que basarse para crear las leyes inmutables, ya pueden ir repasando todas sus teorías porque no hay nada más mudable que ella, en la que cualquier pequeño cambio puede crear inmensas alteraciones… Que nos pregunten últimamente. si no, a los sufridos habitantes del litoral mediterráneo… ¿No les recuerda esto al “efecto mariposa”? …

Por supuesto que se puede refutar lo que estoy diciendo, como bien lo harían Newton, Laplace o Einstein, tres de los grandes sabios deterministas, cuyas leyes físicas siguen estando en pleno vigor y quienes suscribían la teoría de que “el universo funciona como un reloj, donde no existe lugar para el azar y donde todo está determinado inexorablemente por las eternas leyes de la naturaleza. Esto implica la posibilidad de poder predecir cualquier situación”. Una teoría bastante exacta según sus resultados estadísticos, pero no infalible, pues avanzando por los vericuetos del conocimiento, cada vez que abrimos una puerta, nos encontramos varias más cerradas, y lo que ayer era indiscutible, seguramente mañana será una pequeña chapuza, solo hay repasar la historia. Pero el hecho de que un planeta gire alrededor de su sol a ciertas velocidad y distancia no es un acto eterno ni inmutable, pues con una leve modificación en ellos mismos o en el entorno, todo puede variar, hasta que un día ese sol desaparezca y, con él, todo lo que le rodea. De igual forma, los humanos somo impredecibles y nada garantiza que al mismo impulso respondamos con el idéntico resultado.

Sí, es cierto que somos animales sociales y que para poder crear una sociedad que funcione debemos darnos esas interconexiones subyacentes entre nuestros sucesos aleatorios que denominamos leyes, o normas, o reglas, pero, no nos equivoquemos: estas no son ni inmutables ni sagradas ni, tan siquiera, inviolables y, mucho menos, debemos confundir las leyes con la justicia, pues si las primeras son convencionales, es decir, “establecidas en virtud de precedentes o de la costumbre”, pueden variar según vaya evolucionando esa sociedad y deben ser adaptadas a las nuevas circunstancias, o si, por el contrario, son dictadas por decreto de los legisladores de turno, no nos quedará más remedio que acatarlas por imperativo categórico y esperar que lleguen otros y las cambie, y así sucesivamente. Sin embargo, la justicia, ese “derecho moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece, por rectitud, razón o equidad”, es otra cosa y ella debería ser consustancial a cada ser humano y estar por encima de las leyes dictadas por un hecho casual y aleatorio, pero, como ya sabréis, se la pasan continuamente por el forro, cuando no por las armas, en beneficio de lo que sea, aunque nunca, curiosamente, en favor de la dignidad humana. Y es que hay quien vive de crear problemas, aunque les paguemos por arreglarlos…

Entonces, ¿podríamos preguntarnos si es el “orden” otra forma de “caos”?…

En fin, el caso es que cuando alguien dice: “Este mundo es un caos”, o cualquier expresión similar, no está diciendo nada más que una evidencia, tanto si hablamos de imponer el “orden” como de abandonarnos al “caos”. Todo en el universo, a fin de cuentas, cambia constantemente desde que surge hasta que desaparece, y esta es la única ley que todavía no tiene visos de ser indiscutible.

Claro que aquí pondrán el grito en el cielo los inmovilistas, pero yo solo les aconsejaría que, de vez en cuando, se vayan mirando al espejo.

Si hasta Einstein aseguró que el tiempo era relativo…

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El otro frío

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Es una irónica paradoja eso de ponerles apelativo a las destructivas tormentas que de vez en cuando azotan nuestras, ya de por sí, tormentosas existencias. Pero con esta última ya se han pasado… “Gloria”, le dijeron, y puedo jurar que ha hecho honor a su nombre… aunque no en el propio sentido de la magnificencia, sino en el que encierra su más ostentoso antónimo.

Llegó como huracán de invierno a las tierras de nuestro, cada vez más, caribeño mediterráneo y, en tres días, nos dejó el paisaje desolado de nuestras vergüenzas al aire… Y no lo digo solo por los árboles caídos, de los cuales, seguramente, alguien hará leña; ni por las fachadas que desprendieron sus peligrosas vestiduras; ni por los campos sedientos, ahora ahogados en su propio deseo; ni por los ornatos callejeros convertidos en banderas de pueril osadía; ni por los tejados mudados en fuentes, ni los caminos en barrancos, ni los barrancos en ríos, ni los parques en charcas, ni las charcas en lagos… lo digo, más que nada, por el frío. Inmenso frío. Y eso que aquí no tenemos el muro de la nieve.

El frío, ya se sabe, consiste en la bajada de la temperatura. Esa es su definición física y material. Y ese frío es lógico y natural, sobre todo si estamos en invierno. Pero no me refiero a él en este sentido, pues este me preocupa bastante menos.

“Gloria”, como todas las otras tormentas con nombres femeninos o masculinos, nos ha traído, además, el otro frío, el que no se calma con el fuego de los hogares si hay leña para alimentarlo, ni con las radiaciones de las estufas si están en condiciones, ni con la ropa de abrigo si tenemos con qué taparnos… “Gloria” nos ha traído el frío que surge de nosotros mismos, el que se arraiga con fuerza a nuestras entrañas, el que, con el tiempo y la costumbre, llega a formar parte de nuestra personalidad y genera vacío.

Es el frío que genera la indolencia, la ceguera, el descuido, el olvido, el repetir errores por sistema, el creernos sabios sin serlo, la pereza, el dejar las cosas para mañana o el no hacerlas por propio interés… Es ese frío que se extiende por los cuerpos de quienes nos rodean hasta convertirse en impotencia.

La Naturaleza no es consciente de los daños que hace, pero los humanos parece que tampoco, por lo menos eso quiero creer. Sin embargo, la Naturaleza alimenta su furia con nuestros errores, a pesar de lo que digan los negacionistas, o bien por ignorancia, o bien por vender algún barril de petróleo más, y nosotros, anclados en nuestro consustancial frío, solo hacemos bien lo de lamentarnos echando la culpa al destino como quien echa una moneda a la fuente esperando que nos devuelva una fortuna.

Lo curioso es que el invierno llega, más tarde o más temprano, todos los años, pero nosotros, acomodados en nuestro frío existencial, obviamos que eso va a ocurrir así y nos olvidamos de prever, de anticiparnos, de adelantarnos, de presagiar (palabra ésta a la que algunos dirigentes de gélido corazón le tienen cierta hostilidad), por lo que luego llegan las consecuencias y los árboles caídos y las goteras y los derrumbes y los caminos cortados y los colegios cerrados… por el frío.

No olvidemos que, aunque el frío es un buen conservador de alimentos, estos siempre están muertos.

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