Crear esclavos

¿Se siente prisionero un árbol?… ¿Y una espiga?… Tal vez por ello las flores sean tan efímeras… ¿A causa de la tristeza?… ¿Conocerán la libertad por fin las hojas al volar sobre el viento o los frutos maduros al caer por su propio peso?…

Yo tuve un periquito al que dejaba salir de su jaula; un día de verano (recuerdo que hacía un sol de justicia), se largó por la puerta llevado de su curiosidad y se lo comió un gato. El resto de aquellos que le sucedieron siempre permanecieron encerrados y se murieron de viejos cantando bien alegres… O quizá sus trinos fueran una queja viendo volar sin trabas a sus congéneres… ¿Se lamentaban, acaso, de su cruel destino?…

Los seres vegetales no se mueven y no protestan … O no los oímos… Y a las aves las encerramos para escuchar sus cantos… ¿de alegría?… ¿de pena?… Nada parece que exista si no nos damos cuenta… Sin embargo, los humanos vamos de aquí para allá moviéndonos de forma frenética, y nos alejamos, y volvemos, o no… Pero siempre rezongamos de nuestra falta de libertad: atados a un trabajo, a unos estudios, a unos compromisos, a unas obligaciones… No hay suficiente aire para calmar tanta ansiedad. Tal vez, porque me falta tiempo, se me mueran las plantas en las macetas…

En cambio, mi perro parece feliz y está continuamente aquí, pegado a mí, va donde yo voy, hace lo que le digo, y solo parece triste cuando me marcho y lo dejo encerrado y solo, pero, cuando regreso, me recibe con grandes muestras de alegría y cariño. Antes se me escapaba cuando nos cruzábamos en los paseos con alguna perrita en celo, aunque eso ya no ocurre desde que le intervino el veterinario… A veces me pregunto si lo que le hicimos estuvo bien porque a mí no me gustaría que me hicieran lo mismo… ¿De verdad es más libre ahora?… Él no lo ha decidido.

Sin embargo, pensándolo bien, los árboles sí que se mueven, y las espigas… ¡Crecen hacia arriba! Y engordan, engordan hasta romper y ocupar todo lo que les rodea. Y surgen más ramas de las cuales brotan flores que hacen el amor con las abejas, mariposas, todo tipo de insectos y algún que otro pajarillo… Y de ellas nacen frutos que cuidan semillas en sus vientres que, al madurar, liberan para que de aquellas broten nuevas vidas. Y los animales corren, vuelan, se deslizan o nadan huyendo de nosotros y de nuestras jaulas, o peceras o vitrinas o correas o barrigas… Nosotros, que les impedimos que se multipliquen y que cumplan su destino pensando que hacemos lo correcto.

Una vez, de pequeño, tapé un hormiguero con un puñado de tierra, y las diminutas obreras que llegaban cargadas de alimentos, los dejaron en el suelo y comenzaron a quitar los pequeños granos, que para ellas serían enormes rocas, hasta dejar abierta la puerta de su hogar… Luego recogieron su cosecha y volvieron a la rutina de cada día, de cada hora, de cada segundo, de todo el infinito… Y nosotros, ¿qué hacemos?… ¿Cuál es nuestro destino?… ¿Es, acaso, rehacerlo todo a nuestra imagen y semejanza?… Puede que por eso solo sepamos crear esclavos ya que nosotros lo somos, sin darnos cuenta, de nuestra propia desazón.

Tempus fugit

Él jamás antes había pensado en la muerte, pero en aquel día lo hizo con bastante frecuencia y en todas sus formas y representaciones… desde que lanzó su móvil contra la pared y se convirtió en una nebulosa de diminutas estrellas de cristal y plástico, lo cual originó que gritara su pequeña hermana, quien huyó despavorida del salón, y se incorporar su padre en el sofá como si lo impulsase un resorte, increpándole, también a gritos, “¡Pero te has vuelto loco!”, provocando que su madre derramara parte de la sopa de la cena por el suelo inmaculado, y que Él se fugara como un criminal pillado en plena tarea hacia el ocaso del día que se reflejaba en las ventanas de los últimos pisos de los edificios más altos… Y una espesa y oscura niebla se fue apoderando de su razón.

Una vez en la calle, sus pasos le fueron llevando por callejones cada vez más sombríos, silenciosos y vacíos, pasos que, sin proponérselo, ni tan siquiera meditarlo, le conducían con una voluntad propia y misteriosa hacia la estación de ferrocarril donde detuvo su carrera sin rumbo en el mismo borde del andén, y donde dejó que su mirada se perdiera en el camino de raíles paralelos que parecían invitarle a alejarse de su propia realidad… hasta que una voz a su espalda le hizo volver a sí mismo y girarse, lentamente, casi con temor de enfrentarse a algo inevitable, para descubrir que en uno de los bancos del fondo, junto a la pared de piedra y bajo el reloj antiguo de números romanos, le observaba un anciano parapetado dentro de un desgastado abrigo.

– No, muchacho, no… Ese camino sólo es de ida… Ahí no hay vuelta… – dijo negando con su cabeza de nieve. – Además, el último tren del día hace media hora que pasó…

Él sintió un escalofrío por todo su cuerpo y sus piernas, de nuevo con voluntad propia, dieron un salto que le alejaron del peligro… Cuando se dio cuenta de la situación, estaba fuertemente aferrado a una farola de luz mortecina, y allí se quedó hasta que se esfumó el vértigo que le había invadido.

– ¿Un desengaño amoroso, quizá?… – preguntó el anciano. – ¡Bah!, no vale la pena… – añadió sin esperar respuesta.

En el instituto Ella esperó infructuosamente toda la mañana: Él no apareció. Miró repetidas veces el WhatsApp y en una ocasión se percató de que el último mensaje enviado Él no lo había recibido… “Entonces no sabe que todo era una broma” – dedujo.  Y se sintió de pronto asaltada por una incómoda desazón. A escondidas, bajo la mesa, le envió varios mensajes: primero sólo emoticones, luego pequeños gritos silenciosos: “¿Por qué no me respondes?”… “¿No viste que todo era una broma?”… Para acabar con una súplica lacerada: “¡Por favor, no me ignores!” Y supo que debía salir porque iba a llorar de un momento a otro, que debía llamarle, que debía arreglar aquella tontería, aquel equívoco, antes de que todo se pusiera peor. Así que levantó la mano para llamar la atención del profesor de matemáticas.

– ¿Sí?… ¿Qué pasa? – preguntó el hombre.

– Me encuentro mal… ¿Puedo salir un poco?…

– ¿Qué te ocurre? – le volvió a preguntar mientras se le acercaba evidentemente interesado.

– Me mareo… y tengo ganas de vomitar… – respondió Ella, sin faltar a la verdad.

Entonces el profesor afirmó.

El anciano le hizo señas para que se acercara y tomara asiento a su lado y Él, un poco confuso todavía, lo hizo.

– Yo también vine una vez, hace muchos años, a buscar ese camino como has venido hoy tú… – se detuvo para observarlo unos segundos. – Yo también pensaba que el mundo se acababa con cada tropiezo y que cada adiós era definitivo y sin esperanza… pero, ya ves, me equivocaba… – y su boca de dientes blancos y perfectos de dentadura postiza dibujó una agradable sonrisa. – Llegué también hasta el mismo borde del andén y esperé… El tren llegó y pasó, y yo seguía ahí, de pie, mirando sus luces que se alejaban… Era el último tren del día, así que decidí esperar al primero del día siguiente, pero, cuando lo vi llegar, amanecía, y me pareció tan hermoso que me quedé sentado contemplando la aparición del sol… – y comenzó a levantarse, lenta y pesadamente. – Y ahora, cuando me llegan esos momentos de tristeza que suelen acompañarnos durante toda la vida, vuelvo para recordar que todos los días pasan trenes, pero que yo sigo aquí. Y sigue amaneciendo… y al final te das cuenta de que nada es definitivo, sólo el paso inexorable del tiempo. ¿Lo comprendes?…

– Sí – dijo Él en un susurro. – Pero en realidad yo no sé por qué he venido…

El anciano, ya de pie, lo miró con ternura.

– Eso es normal, lo importante es que siempre exista un después para poder saberlo.

Ella marcó el número y esperó, pero nadie respondía. Volvió a hacerlo de nuevo. Y otra. Y otra… Nada. Deambuló por el patio, que se iba llenando en la hora del almuerzo, y se topó con sus amigas.

– Pero ¿qué te pasa, tía? – le preguntó una.

– A mí no me engañas… – dijo otra. – Tú no estás enferma.

– A ti te pasa algo con el friki ese – afirmó una tercera.

– ¡Dejadme en paz! – pidió Ella.

– ¿No me jodas que todo esto es por el friki?

– ¡No es un friki!, ¿vale? – protestó Ella. – ¡Dejad de meteros con Él! ¡Es mejor que todos vosotros! – y miró a su alrededor para demostrar que incluía al resto.

– ¡Vale, vale! ¡Tampoco es para ponerse así! Nosotras sólo nos preocupábamos por ti… – dijo la primera.

– ¡Joder! ¡Ni tú podías caer más bajo ni el friki tan alto! – afirmó otra, y todas se echaron a reír.

– ¡Os queréis largar! – gritó Ella fuera de sí.

Y las otras se fueron entre risas y comentarios jocosos. Ella miró otra vez la pantalla del móvil, pero allí no había nada nuevo.

Hacía frío, pero no parecía importarle. No sabía cuánto tiempo llevaba en la estación, aunque tampoco intentó mirar hacia arriba, al viejo reloj con números romanos. “El tiempo huye, tempus fugit, como diría la profe” – pensó. – “El tiempo todo lo cura, como dice mi padre. El tiempo…”

– ¡Por fin te encuentro! – la voz de su padre cortó el hilo de sus pensamientos. – Llevo toda la noche buscándote.

– Perdona, papá – musitó Él sintiéndose aliviado.

Pero su padre no dijo nada, simplemente tomó asiento a su lado, sin mirarle, sin hablar, con la mirada perdida en las mismas vías que Él había estado observando con cierta morbosa atracción, con sus pequeños ojos inteligentes detrás de sus gafas de montura de pasta, con un rictus de preocupación en su boca, con su rostro redondo de oficinista aplicado más pálido, si cabe, que de costumbre. Él comenzó a temblar y su padre, pensando que se debía al frío, se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros. Y entonces Él estalló en un sollozo profundo, dolorido, pero, al mismo tiempo, reconfortante. Su padre se limitó a cogerle una mano. Al cabo de unos minutos, cuando la calma regresaba su pecho, Él pudo hablar:

– Estoy harto, papá, estoy muy harto…

– Explícate.

– ¡No puedo más!… Me gustaría desaparecer, irme de aquí, esconderme en algún lugar donde nadie me conociera…

– ¿Y por qué?

– En el instituto, los que no se meten conmigo, me ignoran y me desprecian… las chicas se ríen de mí, incluso la que yo creía que era diferente, me toma el pelo… estudiar me cuesta más cada día porque no puedo concentrarme y los profesores me exigen más y más… no tengo amigos y me paso los fines de semana metido en casa o paseando solo por las calles… Papá, ¿por qué nadie me quiere?…

– Eso no es verdad – respondió su padre visiblemente afectado, – pero lo más importante no es que te quiera mucha gente, sino que te quieras tú, ¿me entiendes? – esperó un momento, pero Él se limitó a bajar la cabeza. – Si tú no te quieres a ti mismo, es difícil que lo hagan los demás. Respétate, no dejes que te humillen, eres lo suficientemente inteligente como para librarte de ellos, y aprende a ser fuerte, sabio, capaz de valerte por ti mismo…

– Pero tú no sabes el infierno por el que estoy pasando…

– Sí, sí que lo sé porque yo también lo pasé, pero el tiempo todo lo arregla y ahora muchos de aquellos que me martirizaban vienen a mi despacho para que yo les solucione lo que ellos no saben arreglar, y me cuentan sus miserias, y me suplican que les ayude, y me pagan, sí, me pagan porque dependen de mí, de aquel empollón atontado del que tanto se reían…

– ¿Eso es verdad? – preguntó Él bastante sorprendido.

– Claro que es verdad. Anda, vámonos a casa que tu madre estará muy preocupada.

Cuando se alejaban de la estación, se escuchó el paso del primer tren del día. Amanecía.

– Por cierto, ¿sabes cómo conseguí a tu madre?… pues con alegría, ternura y mucho amor… ¡que vacilen otros! – y se echaron a reír mientras le pasaba el brazo por los hombros. – ¡Cuánto miedo he pasado esta noche! – añadió.

Cuando se acercaba a toda carrera a la puerta del instituto, vio con espanto que los autobuses ya estaban allí. Aceleró mirando a las ventanillas y con el libro de poemas que Ella le había dejado la semana anterior para preparar el tema del Barroco mostrándolo en lo alto de su brazo, como saludando a quienes estaban sentados en los vehículos. Todo el que lo veía se reía y lo comentaba, por lo que se iban asomando cada vez más para verle llegar. El cachondeo era total. Justo cuando llegó a la altura del autobús de Ella, éste arrancaba.

Ella estaba sentada en los últimos asientos del autobús, hundida en ellos, pensativa y cabreado con el mundo. Sus compañeras y compañeros, inesperadamente, se levantaron de sus lugares y se abalanzaron a las ventanillas laterales entre carcajadas y burlas.

– ¡Chica, que te estás perdiendo otra payasada de tu enamorado! – se mofó una.

Ella saltó de su asiento y miró por la ventanilla trasera. Allí estaba, casi sin aliento, sonrojado por el esfuerzo, pero sonriente y mostrándole el libro de poemas, que le dejara días antes, abierto por una página que no pudo identificar.

Él, agotado, la vio a Ella sonreírle y decirle adiós con la mano. Su corazón pugnaba por salirse del pecho y sus pulmones necesitaban aire urgentemente, así que se sentó en la acera y leyó, una vez más, el poema que había elegido para decirle a Ella que Él nunca se rendiría:

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
sombra que me llevare el blanco día, 
y podrá desatar esta alma mía 
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera 
dejará la memoria, en donde ardía: 
nadar sabe mi llama el agua fría, 
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, 
venas, que humor a tanto fuego han dado, 
médulas, que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido; 
polvo serán, mas polvo enamorado.

“Cierto que el tiempo corre, no te puedes descuidar” – pensó ya más calmado. – “En fin, mañana volverá a amanecer.”

Carpe diem

Él jamás antes había pensado en la muerte. Eso era algo que ocurría a los demás y, sobre todo, a la gente muy vieja… aunque, a veces, también podría pasarle a alguien en plena juventud, en un accidente o algo así, pero nunca se había parado a darle vueltas a este asunto, además, no le gustaba, no quería pensar en ello pues le llenaba de una desazón, de un malestar desagradable…

Sin embargo, esa semana la muerte visitó su casa, el sábado, más concretamente, y todos la recibieron como algo inesperado, impensable, intolerable, ya que se presentó de golpe, sin avisar, y lo más increíble de todo, a pleno día y en el jardín, justo cuando los rayos de sol de la mañana concluían la tarea de evaporar el rocío que reposaba sobre los pétalos de las rosas que la abuela iba cortando con mimo y depositando en la pequeña cesta de mimbre que siempre utilizaba para las flores…

Y éstas quedaron esparcidas sin orden ni concierto sobre el césped, igual que la abuela, quien parecía una muñeca rota, abandonada, olvidada, extraviada en una postura grotesca e inverosímil sobre el verde césped moteado de lágrimas rojas, y entonces le vino la idea de que la muerte tenía algo de inmoral y, más que desagradable, era desafortunada e irresponsable…

Total, la abuela no era tan vieja… o por lo menos a Él nunca le había parecido, pues siempre la conoció prácticamente igual, una mujer alegre, cariñosa y en constante movimiento, era la mujer más activa del mundo, irremediablemente agotadora, según su tía que la “sufrió” más tiempo porque fue la última de las hermanas en casarse, pero a Él nunca le había parecido nada de eso porque la abuela había sido el cobijo, el refugio y la complicidad que le defendía de sus propios padres. Cierto que muchas veces les hablaba de un abuelo que ellos, su hermana y Él, conocían sólo por fotografías, un abuelo que había muerto en la flor de la vida, con todo un brillante camino por delante que se quedó en nada, una simple quimera… pero tanto el abuelo, como su marcha de este mundo, siendo todavía joven, eran únicamente palabras, una historia más de las que tanto le gustaba contar a la abuela.

Y en el funeral, cuando todo lo que le rodeaba era estupefacción y tristeza, Ella apareció como un salvavidas en medio de un océano de soledad, en uno de esos momentos en que cada uno se lame sus propias heridas, y con su cálido abrazo, con su mirada acogedora y sus lágrimas sinceras, logró por arte de magia que todo desapareciera y sólo existiera su amiga, esa muchacha de pelo castaño, tirando a oscuro, que cuando le miraba sonriente con aquellos ojos marrones tirando a verdes, nada malo podía ocurrir y todo parecía en su lugar y sin problemas.

El lunes siguiente, en plena clase, mientras la profesora les hablaba de las diferencias entre lo subjetivo y lo objetivo, a Él se le ocurrió pensar que lo más objetivo de todo era la muerte, aunque la profesora le replicase que también había pequeñas muertes que eran bastante subjetivas a lo largo de la vida, algo que nadie entendió aunque les daba completamente igual, pues todos se aprestaron a disimular haciendo como que atendían o dejando resbalar la mirada sobre el cuaderno o echando un vistazo clandestino al móvil escondido en el regazo y en completo silencio, y Él, que se había quedado con las ganas de saber de qué iba eso, guardó también silencio, puesto que carecía de voluntad y le podía la cobardía… ¡cualquiera preguntaba algo con las ganas que tenían todos de acabar y largarse!…

Sin embargo, algunas preguntas quedaron flotando en el éter de su ignorancia: ¿una muerte subjetiva implicaba que era muerte o no según cómo se mirase?… ¿o se refería a que unas muertes eran más importantes que otras?… porque, de ser así, esto le parecía algo muy injusto, pues cuando matas una mosca, aunque parece que no importa nada, e incluso resultando una liberación ya que las moscas son pesadísimas, la muerte le seguía pareciendo lo más objetivo y concluyente de todo, incluso más que las matemáticas… Y así se lo comentó a su amiga durante el almuerzo.

Su amiga, esa muchacha de pelo castaño, tirando a oscuro, que cuando le miraba sonriente con aquellos ojos marrones tirando a verdes, algún interruptor se disparaba dentro de su cuerpo, y se convertía en lo más imbécil de la creación, como una marioneta carente de voluntad propia, algo que le martirizaba hasta el infinito pues Ella se daba cuenta…

¿Cómo no se iba a dar cuenta si las palabras se le agolpaban en la boca porque su cabeza no daba abasto en procesar todo lo que se le venía encima y, al final, sólo decía tonterías?…

Cuando estaba con Ella se sentía ínfimo, mínimo y lo más cobarde de la naturaleza, sin embargo, era algo inevitable y deseaba estar a su lado a todas horas, a cada minuto… Incluso soltando bobadas y haciendo el lerdo prefería sucumbir a su lado antes que sufrir con su ausencia.

Lo curioso era que a la muchacha también se le veía feliz en su compañía y eso, que debería haberle henchido de felicidad y seguridad, le convertía en un ser mucho más nerviosos y torpe de lo normal… paradojas de la vida…

El caso es que se lo comentó a Ella, más como un recurso para decir algo, que por descargarse de un peso o intercambiar opiniones o pensamientos, pues en realidad no se enteraba de nada de lo que Ella le respondía, enfrascado como estaba en intentar todo el tiempo alguna treta para que sus cuerpos se rozaran en algún punto, en sentir su calor junto a su frío de miedo, en acariciar, aunque fuera con una uña furtiva, aquella piel que Él suponía suave, tersa, como de seda, el paraíso más sublime de la creación…

Aunque sólo consiguió que estallaran las risas de las brujas de siempre, las que todas las mañanas les observaban desde el fondo del patio sólo para hacerle sentir inútil y miserable, el amante más torpe y menos atractivo del planeta Tierra. Y en aquel momento quiso morir…

En ocasiones se odiaba, tan apocado, tan tímido, tan cortado y decente, y envidiaba a los otros… los que se movían con la seguridad de quien se sabe dueño del espacio y del tiempo… en fin… y es que encima las chicas les preferían mientras Él siempre sería el eterno “buen amigo” …

A veces detestaba ser una persona tan simple, sí, aborrecía ser tan responsable, tan aplicado, tan correcto… Sí, y aunque sus notas eran la envidia de la clase, incluso eso le traía más problemas porque, encima, era incapaz de rebelarse, de protestar, de matar ni una mosca, aunque ellas fuesen insufribles, enojosas, incomodísimas, como sus cabezas huecas, revoloteando por ahí y estorbando por doquier sin más futuro que acabar buscándose la vida entre la basura… Pero en esos momentos Él los envidiaba, porque tenían la desvergüenza, la osadía y la insolencia de las que carecía… Y encima, cuando quería ejercer de duro, todo sonaba tan falso, tan previsible, tan incoherente, que sólo conseguía hacer el payaso…

En estos pensamientos estaba aquella mañana cuando comenzó la clase de Literatura. La profesora fue repartiendo unas hojas por los pupitres mientras les iba indicando: “… en cada una de ellas hay un poema del Renacimiento, todos diferentes, con los que haréis un pequeño comentario indicando la métrica, el tema y los tópicos que aparecen, ya sabéis: la descriptio puellae, el beatus ille, el locus amoenus, la aurea mediocritas o el carpe diem, y si alguien se atreve, también el autor…” Él observó el suyo que a simple vista se adivinaba ser un soneto, y frunció el ceño: sólo le faltaba un poco del romanticismo dramático y lacrimoso de aquella época para acabar de fundirle, pero en fin… Así que leyó:

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Y una lucecita se le iluminó dentro de su cerebro, puesto que aquellas palabras podían servir como una inmejorable excusa para declarar sus intenciones a esa persona que le cegaba la voluntad, esa persona que, desde hacía ya mucho tiempo, ocupaba toda la amplitud de su visión impidiéndole ver otro horizonte, su amiga, esa muchacha de pelo castaño, tirando a oscuro, que cuando le miraba sonriente con aquellos ojos marrones tirando a verdes, ya no era capaz de pensar en otra cosa y, con el máximo disimulo, extrajo el móvil y le escribió un mensaje de WhatsApp: “Piensa en esto: coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre.” Y lo envió colmadísimo de esperanza y mirando de reojo hacia su izquierda. Al instante Ella percibió la vibración y echó un vistazo para saber quién intentaba llamar su atención, pero no hizo nada, absolutamente nada…

De vuelta a casa el trayecto se le hizo eterno. Comprobó mil veces si todo funcionaba bien, si había recibido algún mensaje y no había sonado, si le quedaba batería, si… Y así toda la tarde, prácticamente toda la noche y… y al despertar ocurrió el milagro: ¡un whats de ella!

Con los nervios entorpeciendo el movimiento de sus dedos a punto estuvo de borrarlo en vez de leerlo, pero al final dio con los puntos adecuados y, ante la taza del desayuno, pudo leer mientras temía que sus padres escuchasen los latidos de su corazón: “Gracias por el consejo. Tienes toda la razón, así que anoche mismo me enrollé con el amigo de mi hermano que está buenísimo y me lleva loquita…”

Y al poco recibió otro mensaje: “Jejejeje es broma, el amigo de mi hermano es muy feo… pero tienes razón… luego hablamos, vale? Tq…

Pero esto no lo pudo leer porque en una reacción inusual en Él y ante el asombro de sus progenitores y de su pequeña hermana, había destrozado el móvil contra la pared de la cocina…

En el instituto Ella esperó toda la mañana, aunque Él no apareció, pues tenía la mente bastante ocupada en una de esas pequeñas muertes subjetivas que nos da la vida, de vez en cuando, como para salir de casa.

Hablando de silencios.

¿Qué difícil es conseguirlo? Casi imposible mantenerlo. La más suave brisa lo rompe, lo rompe un leve roce, un suspiro ahogado, un parpadeo, una hoja seca que aterriza o el vuelo sutil de una mariposa…

Qué frágil y qué importante en este mundo repleto de ruidos, de palabras inútiles, de pensamientos inconexos que se nos escapan sin más en la verborrea de la incontinencia del ego.

Es de nuestra propiedad exclusiva y lo malgastamos, como tantas otras cosas a las que le sustraemos su importancia, por la simple necesidad de oír nuestra voz, sonido hueco que empodera nuestra entidad, por el simple hecho de reconocernos, de sentirnos el centro, de izar banderas en rocas sordas y sin memoria sobre las que se escurren las palabras como gelatina sin madurar.

Y no callamos cuando se debería y no hablamos cuando es necesario.

Y entonces estalla el dolor entonando la marcialidad de unos conceptos cuyo único valor es haber sido heredados.

Cada cierto tiempo surge una voz que se eleva sobre el resto convertido en rebaño, y aparece un nuevo engendro que se alimenta de sangre y de lágrimas. Y es entonces cuando aparece ese silencio vergonzoso, silencio cobarde, silencio medroso, silencio de muertos… ese que llena el tiempo y el espacio.

Pero ese, justo ese, no es mi silencio.

Amo las palabras ecuánimes y llenas de sentido, aunque, sobre todo, amo el silencio de una mirada que me afirma que existo.

Cuatro comedias cortas

He querido recopilar en este libro las cuatro primeras piezas teatrales que escribí, con todos sus defectos e incorrecciones, para que no perdieran ni un ápice de su sabor de obras primerizas, imperfectas, indecisas, aunque repletas de ilusión. Estos cuatro trabajos son, en orden de aparición, Un ramo con seis rosas, Las cosas no cambian, Las pluriempleadas y El único camino. Todas comedias y, la última, una aventura musical.

La primera de ellas la escribí por encargo del Grupo de Teatro de la Agrupación Cultural Memfis de Castellnovo, el lugar donde resido, para ser interpretada durante las actividades de su XXIII Semana Cultural, y así fue, pues se estrenó, por dicho grupo, el viernes 12 de agosto de 2005, siendo representada en varias localidades de la Comarca del Alto Palancia a lo largo de aquel verano. Posteriormente pasó a manos del Grupo Drama de Benetússer (Valencia) que hizo uso de ella en varios pases benéficos.

El origen de esta comedia procede de la adaptación de un relato breve, Libre albedrío, que escribí con anterioridad, pero que apareció posteriormente incluido en mi libro de relatos Desde mi ventana, editado por Alejandría en 2016.

La segunda, Las cosas no cambian, también procede, como la anterior, de otro relato breve que lleva el mismo título y está incluido en la misma edición ya mencionada. Sin embargo, su origen fue al contrario, pues en este caso el encargo de su escritura me vino del Grupo Drama de Benetússer, que la estrenó el 10 de junio de 2006 en el Centro cultural El Molí de dicha localidad, llevando a cabo, tiempo más tarde, una adaptación de la obra para un musical que se estrenó el 13 de junio de 2016. Por su parte, el Grupo de Teatro de la Agrupación Cultural Memfis de Castellnovo la puso en escena el 15 de agosto de 2007 durante la celebración de su XXIV Semana Cultural, fecha en la que este grupo estrenó la siguiente pieza cómica, Las pluriempleadas, la cual escribí porque cuatro de las más jóvenes integrantes no tenían ningún papel en la obra antes mencionada y no podíamos dejarlas sin actuar, así que acoplamos este sainete como preámbulo de Las cosas no cambian, utilizando el mismo escenario y a dos de los personajes de esta pieza.

Finalmente, El último camino es un musical encargado por el profesor de esa asignatura del IES Cueva Santa de Segorbe, Ramón Capilla, con la finalidad de ser representado por algunos alumnos y alumnas en la fiesta de graduación de 4º de la ESO, y en el que se utilizaron temas bastante populares y conocidos, como podrán comprobar al leer los títulos e intérpretes, los cuales fueron cantados por los jóvenes actores y actrices con su propia voz. Se estrenó los días 15 y 16 de junio de 2013 en el Teatro Serrano de Segorbe.

Nada más, sino pedirles condescendencia por su parte ante unos trabajos totalmente inexpertos, pero que, como ya he comentado al principio, no he querido maquillar para que conservasen la esencia original.

Sobre el ruido.

Tamara de Lempicka

“El ruido tiene una ventaja: ahoga las palabras”. (Milan Kundera).

Si se pregunta por el significado de “ruido” simplemente se nos dirá que es lo contrario del “silencio” y, aun estando más o menos en lo cierto, no nos habrán dado el sentido más profundo de esta palabra, aquel que aparece en dos de las seis acepciones del Diccionario de la Real Academia: “Apariencia grande en las cosas que no tienen gran importancia” y, en su aspecto semiológico: “interferencia que afecta a un proceso de comunicación”. Y es que, como siempre, el ruido oculta la esencia del verdadero problema.

Tamara de Lempicka

Vivimos en un mundo cada vez más ruidoso, como ya aseguró la cantautora norteamericana Joan Baez: “El ruido es una imposición a la cordura y vivimos en tiempos muy ruidosos” y, si hacemos caso al poeta bengalí Ujjal Mandal cuando afirma: “El hombre hueco hace más ruido por su ignorancia que por su sabiduría”, la cosa no tiene muy buena pinta. Pero si esto nos lo asegura todo un naturalista como el norteamericano Edwin Way Teale: “El ruido está evolucionando no solo a los que soportan el ruido, sino también a los que lo necesitan”, ya es para planteárselo en serio. Claro que también podemos encontrar quienes lo defiendan de alguna forma, como el argelino de nacimiento y francés de nacionalidad, Jacques Attali, cuando dice: “No ocurre nada esencial en ausencia de ruido”, claro que él es economista y ya se sabe lo que ellos piensan: “A río revuelto…”

Tamara de Lempicka

Algo más místico nos salió el novelista sudafricano Lebo Grand con su frase: “El tipo de relación que tienes con tus propios deseos está determinado fundamentalmente por el ruido que hay en tu mente o por el amor y la pasión que hay en tu alma”. Aunque no siempre el ruido procede de nuestro interior, como nos asegura el viejo filósofo alemán Arthur Schopenhauer: “El ruido es la más impertinente de todas las formas de interrupción. No es solo una interrupción, sino también una alteración del pensamiento”.  Y algo así quiso decir el sacerdote francés Vicent de Paul, canonizado por la Iglesia católica por su dedicación a los pobres: “El ruido no hace bien, el bien no hace ruido”.

Tamara de Lempicka

Por su parte, el magnate de la informática Steve Jobs nos aconseja: “No permitas que el ruido de las opiniones de los demás ahogue tu propia voz interior”, y deberíamos hacerle caso en vistas de que a él no le ha ido nada mal… Tampoco está nada mal lo que nos propone el actor norteamericano James Daly: “No te dejes distraer por el ruido de la desinformación”, y sobre todo viniendo de un estadounidense, aunque nunca conociera a Trump. Claro que luego te llegan personajes como Napoleón Bonaparte y te sueltan: “Diez personas que hablan hacen más ruido que diez mil que callan”, pero de todos es sabido el amor de los grandes genocidas de la historia hacia las masas silenciosas…

También podemos encontrar opiniones más o menos graciosas, como la del escritor norteamericano Mark Twain: “El ruido no prueba nada, a menudo una gallina que simplemente ha puesto un huevo, grita como si hubiese puesto una asteroide”; ya me gustaría a mi haber visto al bueno de Twain cuánto gritaba si en vez de poner el huevo la gallina lo hubiese puesto él. O esta otra digna de Groucho Marx, aunque la dijera el escritor irlandés Eoin Colfer: “Es asombroso el ruido que pueden hacer las personas que se ignoran unas a otras”. Y qué me dicen de ese proverbio español que afirma: “Las deudas son como los niños; cuanto más pequeñas son, más ruido hacen”.

Y para concluir, lo haremos con una frase corta de la escritora y periodista norteamericana K.C. Cole que nos debería hacer reflexionar en estos tiempos en que desnudamos nuestra intimidad por las redes sociales: “Los datos de una persona son los ruidos de otra”.

Ruido

Al buscar el tema en un comentario de texto, por ejemplo, la mayoría de las personas se quedan en lo anecdótico y nunca llegan al meollo del problema. Eso es el ruido, ese estruendo de incomprensión que domina, cada vez con más frecuencia, las relaciones humanas.

Y yo no sé cómo evitarlo. A medida que los días se convierten en meses y estos en años, voy perdiendo la armonía y se apodera de mí el ruido. Y no sé cómo impedirlo.

Cuando las palabras se convierten en agravios ¿cómo usar la voz abanderada de tu más íntimo estado? Cuando las caricias se vuelven ofensas, ¿cómo dibujar tus sensaciones más tiernas? Cuando una opinión es casi injuria, un pensamiento un ultraje, una mirada una insolencia y un poema una declaración de guerra… ¿qué me queda? Y si guardo silencio, crecen sospechas como la mala hierba en campo abandonado.

Si hay ruido, no hay perdón. Lo vano se transforma en tragedia, lo mínimo se agiganta y todo lo llena, todo se complica, todo se adultera, y hasta la más perfecta flor se corrompe ahogada en las aguas fecales de los rigores y las firmezas. El mundo se vuelve frío, desabrido y cubierto de asperezas y hay temor hasta de nombrar el propio nombre, no vayan a incumplirse algunas nuevas normas gramaticales de número o de género o, quizá, alguna de esas quimeras soñadas por estetas.

Si hay ruido, se oculta el problema. Y nuevos, o nuevas, o nueves líderes de discursos vacuos, producto de mentes pueriles, los vociferan al viento dispersando semillas de discordia que germinan en campos baldíos ansiosos del polvo de los lemas aprendidos. No hace falta un dios para crear fundamentalistas. Pero el verdadero problema sigue ahí, oculto entre los ropajes viejos que pronto pasan de moda.

¡Hay tanto ruido!… Y las palabras se prostituyen. Libertad, amor, justicia, igualdad, tolerancia, amistad, diálogo… y tantas otras que trabajan para el beneficio de sus proxenetas; y se estiran o se encogen, se desvanecen o se contorsionan hasta amoldarse a las manos que las aferran. ¡Y hacen tanto ruido!…

Tened mucho cuidado con las palabras, con los gestos, las caricias, opiniones, suspiros, canciones, sueños, pensamientos, poemas, dibujos, vestidos, piropos, miradas… incluso con los silencios. Siempre habrá alguien que considere peligrosa cualquier pequeña cosa y os hará pagar vuestra osadía. El ruido es implacable.

A este paso, no lo podremos impedir: todos nos convertiremos en un eco más de este ruido que nos aísla y nos sentencia.

Carta desde el infierno

Pintura de Tamara de Lempicka

¡Querida hermanita!

¿Cómo estás?…  ¿Ya te has dejado cazar por algún pavo de los que te cortejan?… Diles que se anden con cuidado porque, de lo contrario, cuando vuelva tu hermano se van a enterar…  Jejejeje…. ¡Deja de fruncir el ceño, que te veo y afea esa linda carita!…

Te escribo a ti porque tengo que contarte algo y no quiero que se enteren los papás. No vale la pena preocuparles, así que no les digas nada, ¡por favor!… El caso es que estoy ingresado en un hospital, sí, pero tranquila, si fuera muy grave, no estaría escribiéndote. Es sólo cosa de unos días porque recibí un disparo y tengo que guardar reposo un tiempo, pero mis colegas me han asegurado que la bala no ha afectado a ningún órgano importante, me rompió una costilla y tengo un hermoso agujerito, pero poco más. Dicen que cuando me recupere, me enviarán para casa, pero yo no quiero volver todavía, y menos ahora: aquí hay mucho por hacer…

Este es un país precioso, de verdad, si no fuera por esta mierda de guerra sucia y asquerosa que parece infinita aunque se empeñen en decir que ya acabó, una guerra cuyos mayores culpables somos nosotros, los europeos avariciosos, egoístas e inmorales y, sobre todo, estas empresas que no se contentan con robarles sus recursos naturales sin ningún pudor, sino que, encima, aprovechan los odios raciales y territoriales heredados de la época colonial y de las divisiones fronterizas totalmente artificiales diseñadas por unos caballeros gordos en Londres, París, Berlín o cualquier otra gran urbe, para azuzar unos contra otros en guerras interminables y así obtener más beneficios vendiéndoles armas, avalados por toda esa banda de políticos corruptos que trabajan para las multinacionales. ¡Todo sea por el bien de los índices económicos! De unos pocos, claro…

El caso es, como ya sabes, que cuando llegué aquí, me sentía lleno de ilusiones y esperanzas, creyendo que mi participación iba a ser decisiva para cambiar el curso del mundo. Todo lo contrario de ahora, que me siento lleno de rabia y con ganas de montar una revolución. Me destinaron a un pequeño hospital de las montañas, pequeño por el tamaño, poco más que un barracón con hojas de palma como tejado y mosquiteras en las ventanas, en vez de cristales, son más prácticas, te lo aseguro, pero con un inmenso número de pacientes. El primer día, al ver la cola de enfermos aguardando tranquilamente y sin quejas, quise marcharme, y el segundo me arrepentí de no haberlo hecho… pero ahora dudo que pueda hacerlo algún día.

Poco a poco, me fui acostumbrando ayudado de forma increíble por los nativos, cuya mayoría ¡aunque no han estudiado nunca enfermería, son capaces hasta de hacer bien alguna intervención quirúrgica pequeña!… ¡Lo que puede la necesidad! Y poco a poco, me fui integrando en la vida de la aldea: me hicieron una rudimentaria, aunque cómoda, choza donde vivir; me admitieron en su equipo de fútbol, donde era de los peores; me enseñaron a bailar sus danzas y a cantar sus canciones por las noches alrededor de la hoguera comunal, y me dieron como criado a un chavalín de catorce años, Wamba, que no sé por qué, a mí me sonaba a nombre de zapatillas. Este hecho fue muy curioso, pues el jefe del poblado, un hombre enorme, enjuto y negro como el carbón, con una mirada eternamente seria y una voz fuerte y segura acostumbrada a dar órdenes, me ofreció que eligiese alguna muchacha de la población. Cuando me negué todos me miraron como a un marciano, así que tuve que explicarles que ya tenía una compañera en España y que, si se enteraba que en África estaba con otra, sería capaz de cortarme las pelotas. Todos se echaron a reír con grandes carcajadas y dándose palmadas en las piernas, así que me mandaron a Wamba, pero con la condición de que yo le pagaría algo, lo que no le iba a venir nada mal a su familia.

Wamba se levantaba todos los días antes de salir el sol, ayudaba a ordeñar las vacas y las cabras, mientras sus hermanas, Tossina, de trece años, y Sanza, de diez, iban al río a por agua. Después, los tres, se colgaban el uniforme y marchaban junto a los demás niños y niñas de la aldea hasta el colegio, unos cuatro quilómetros bordeando la selva, que está en el único núcleo que puede llamarse pueblo de toda la comarca. Por la tarde, cuando volvían, Wamba se acercaba a buscarme y se ponía a mi disposición para lo que quisiera mandarle. Un buen chico Wamba, bastante despierto y muy listo, no necesitaba explicarle dos veces nunca nada y todo lo hacía correctamente, lo cierto es que me fue de gran ayuda. A veces venía acompañado de Tossina y Sanza y, si coincidía con algún rato tranquilo en el hospital, yo me dedicaba a contarles cosas de nuestra tierra, mientras nos zampábamos una tableta de chocolate. Ver sus grandes ojos abiertos por la admiración y sus bocas de par en par mostrando sus blanquísimos dientes manchados de chocolate, me producía un gran entusiasmo y me halagaba sobremanera. Fueron días bonitos a pesar del enorme trabajo que siempre había, de los insectos que jamás paraban y del calor y la humedad que aplastaban hasta el agotamiento, pero para eso había venido, ¿no? Si quería hacer el vago y vivir cómodamente, me podría haber quedado en casita…

Por otra parte, la situación socio-política de este país es muy complicada, ni más ni menos que como la de tantos otros de este continente: un gobierno dictatorial impuesto mediante un golpe de estado hace unos años, golpe de estado patrocinado y secundado por las potencias occidentales y alguna famosa multinacional, un pueblo muy pobre, con poco trabajo y mal pagado, a pesar de ser una tierra muy rica en recursos naturales vegetales y minerales, sobre todo uranio, diamantes y el tristemente famoso coltán… ¡Cuántas muertes para que unos niños sobrealimentados y mimados puedan chatear con sus amigos!… Aunque aquí ya está cundiendo el ejemplo y se apuntan pronto a la moda. Pero de su propia riqueza no le llega nada a esta gente, nada, todo se lo reparten los poderosos del país con los directivos de las multinacionales y los políticos y magnates europeos y norteamericanos… Estas personas no cuentan para ellos, simplemente molestan, como los árboles que talan, los gorilas que exterminan y las aguas que desecan o contaminan… Sólo importa el beneficio de unos pocos…

Y con esta situación no fue nada extraño que surgieran grupos armados que, rodeados en un principio de un aura de buenas intenciones, degeneraron con el tiempo en simples guerrillas mafiosas que lo único que ambicionaban era un trozo de la tarta. Fue una época terrible, igual que una película gore y terrorífica, algo sin sentido… Yo todavía no pensaba en aquellos momentos que algún día me dejaría caer por estas tierras y todo esto lo sé por lo que entonces nos sacaban en los telediarios o por lo que me han contado mis vecinos quienes, a pesar de que esta comarca no fue de las más afectadas al principio por su lejanía a las zonas mineras, vieron como el terror se expandió con gran facilidad y comenzaron a temer que algo podría ocurrir. ¡Cuánta razón tenían!…

Y aunque aquel genocidio parece que encontró alguna especie de solución o, por lo menos, algún final más o menos duradero, la inestabilidad se había adueñado de esta nación y los grupos guerrilleros campaban a su antojo atacando aldeas aquí o allá, arrasando todo por donde pasaban y raptando niños y niñas, o bien para reclutarlos como soldados, o para servirse de ellos y ellas en otras cuestiones. Y eso tenía que llegar a nuestra aldea tarde o temprano…

Fue un día como otro cualquiera: los mosquitos se abalanzaron sobre mí nada más traspasar la mosquitera que cubría mi cama, los hombres y los niños ordeñaban las vacas y las cabras, las mujeres y las niñas se acercaban al río, bien a lavar, bien a llenar sus cántaros, y luego, como de costumbre, se colgaron sus uniformes estudiantiles y marcharon todos juntos hacia el colegio. Jamás volvieron…

Llegada la noche, cundió el pánico en la aldea. Las mujeres gritaban y se lamentaban, los niños pequeños lloraban, y los hombres nos reunimos todos en la choza del jefe y se decidió hacer una batida, y allá que nos fuimos armados con lanzas, machetes y los pocos fusiles de que disponíamos, alumbrados por teas encendidas y alguna que otra linterna de luz mezquina, por el camino que los niños seguían cada día para ir y volver al colegio. Casi al amanecer, en uno de esos tramos donde el camino se estrangula por la vegetación, encontramos dispersos varios objetos propios de los estudiantes: cuadernos, libros, lapiceros, mochilas… todo destrozado. Los hombres comenzaron a ponerse nerviosos, se golpeaban con los puños las cabezas mientras lanzaban alaridos al cielo, algunos recogían con delicadeza algo reconocido del suelo… Buscamos por los alrededores, pero nada, los niños habían desaparecido.

Eso ocurrió hace casi un año. Ni una referencia en la prensa, ni una carta de ánimo del Presidente ni del Gobierno, la policía llegó, vio y se marchó, y unos días más tarde aparecieron camiones del ejército para evacuar la aldea porque, según dijeron, nos podrían defender mejor en la ciudad. “¿Y allí qué vamos a hacer?” – preguntó el jefe, ya sin la dureza en la mirada, sin seguridad en la voz. – “¿De qué viviremos?” Nadie le respondió y los fueron cargando como ganado en los camiones, mientras las vacas, las cabras y los perros comenzaron a pasearse libres por las calles de barro… Recuerdo que llovía, pero no vi ni una lágrima en ningún rostro, ya no les quedaban de tanto que habían llorado. A mí, por ser un voluntario europeo, me llevaron en coche y al llegar a la ciudad me acompañaron hasta un nuevo hospital donde no dudaron en emplearme al instante, hasta que mi ONG me llamó y me destinó a otra localidad.

Ya sé que no os dije nada… ¿Para qué?… ¿Qué ganaba con llenaros de ansiedad y miedo?…

El nuevo destino es más grande y muy diferente porque es un pueblo de mineros, un paisaje lunar desolado rodea la población consistente en casas prefabricadas, bastante peores que las chozas de los campesinos y algo mejores que las chabolas de los barrios suburbanos. La gente es muy distinta, no tiene la alegría que tenían los otros, y las condiciones de vida, aunque parezca mentira, son muy inferiores, el alcohol y las drogas hacen estragos, y la violencia, sobre todo la violencia… En el hospital llevábamos algunos días algo alarmados, en el aire se olía el miedo, se decía que se esperaba un ataque de no sé qué grupo guerrillero y la guarnición del ejército era pequeña y los refuerzos prometidos no llegaban. De la policía mejor no hablar… mejor no tener tratos con ellos…  Así que se extendía el miedo como aquella mancha de tinta en tu vestido nuevo, ¿recuerdas?: horrible e inexorable. Algunas personas decidieron irse hacia la frontera cercana, a unos pocos kilómetros, esos fueron los primeros en caer, luego vinieron sobre la ciudad… ¡Indescriptible!… Si el infierno existe, seguro que será como esto… Cuando llegaron al hospital, nos pillaron intentando evacuar a los enfermos encamados, no hubo tiempo, los fueron matando cama por cama y, lo que más me aterró, es que aquellos desalmados, aquellos asesinos, ¡eran casi todos niños!…  Yo no sabía lo que hacía, ya no oía los gritos, ni los disparos, ni el balazo que me habían dado en el pecho, solo miraba un agujero en el techo por el que se veía el cielo del atardecer. “El atardecer africano es muy bello”. Pensé en aquel momento, ya ves tú… Y entonces vi al que me había disparado que se me acercaba dispuesto a rematarme. En ese instante recordé que una vez, hace ya muchos años, tú me hiciste una pregunta: “¿Las personas también sufrimos una metamorfosis?”…  Pues sí, hermanita, sí, los humanos estamos en una constante serie de metamorfosis, pero nuestras larvas no siempre se transforman en lindas mariposas… Cuando se acercó ante mí, yo le miré a los ojos como queriendo demostrarle que ya no le tenía miedo, que ya me daba todo igual… no sé, o tal vez solo era para que se llevara mi mirada como recuerdo y yo su rostro a la tumba, pero lo que vi me dejó helado: el muchacho que empuñaba el fusil dispuesto a acabar con mi vida estaba llorando, el suyo era un rostro familiar, aunque yo lo recordaba en otro tiempo amable. Era el rostro de Wamba.

Eso fue hace dos días. Parece ser que a última hora llegaron los refuerzos del ejército y rechazaron el ataque matando a muchos de los guerrilleros. En cuanto pueda incorporarme, quiero indagar si entre ellos está Wamba o consiguió huir. No sé lo que será mejor, porque en esta tierra no existe la esperanza. Pero por eso mismo quiero quedarme y aprender de ellos que, a pesar de todo, siempre se puede sonreír.  

Y por hoy me despido, hermanita. Cuídate mucho y dale besos a los papás, pero no les digas nada de esto, miénteles un poquito, sé que se te da bien cuando te interesa, y les dices que estoy muy bien y feliz.

Tu hermano que te quiere…

P.D.: Envíame alguna foto reciente para presumir de hermana guapa entre mis compañeros.

Mi metamorfosis

Dibujo de Loui Jover

Hacia finales del pasado curso me vino mi hermana con que quería que le explicase lo de la metamorfosis, pues lo acababan de dar en clase y no se había enterado demasiado bien. ¡Malditas las ganas que tenía yo de explicarle nada!, y sobre todo porque me acordaba de bien poco, por no decir de nada. Sí, recordaba que eso iba de un gusano que come hojas de morera y que luego, tras pasar un tiempo encerrado en un capullo de seda, aparece convertido en mariposa… ¡je, je, je!… como alguno que yo conozco…

Dibujo de Loui Jover

Por supuesto que me negué, en un principio, claro, porque rápidamente la niña fue con el cuento a mi madre, como siempre que no se sale con la suya, y ahí ya no me valen excusas… Total, que allí estuve por lo menos media hora intentando que la mocosa supiera de qué iba aquello, pero no había forma, ¡y mira que grité!, pero nada…

El caso es que dos días después, cuando ya ni me acordaba de ello, me viene la peque y me dice que ahora sí que lo entendía. “¿Sí?… A ver, a ver…” Y la enana me lanza un rollo de que eso consistía en un proceso, como si ella supiera lo que significa esa palabra, yo, en esos momentos, no tenía ni idea…, mediante la cual un ser se convierte en otra cosa diferente… El caso era que algo así había visto yo en una película de ciencia ficción…  Y traía en una caja de zapatos lo menos diez gusanos pequeñitos y asquerosos que se iban zampando unas hojas con toda tranquilidad. Y se empeñaba en hacerme creer que aquellos bichos, que si los veo fuera de la caja los convierto en papilla de un pisotón, tenían la capacidad de sacar de dentro de ellos unos hilos de seda con los que fabricaban un capullo dentro del cual se amodorraban y, tras unos días, se habían convertido en unas bonitas mariposas… Sí, sí, eso ya lo sabía yo, pero cuando vi aquellos despreciables bichejos, pensé que eso era imposible, y más cuando con el paso de los días se ponían gordos como ceporros y más asquerosos si cabe… ¿Cómo podía tener aquello tan feo algo tan suave como la seda dentro de ellos?… Para mí que la profe de Conocimiento del Medio le había tomado el pelo a la tonta de mi hermanita y le había endiñado aquellas sabandijas que, seguramente, le aparecieron dentro de algún alimento podrido… Pero ella protestaba cuando las llamaba así, pues decía que su nombre era larvas… Bueno, eso me sonaba, la verdad…

Dibujo de Loui Jover

La cosa se podía haber quedado ahí y no hubiera pasado nada, pero un buen día mi linda hermanita se me acerca toda pensativa y me suelta: “¿Las personas también sufrimos una metamorfosis?” No la mandé a paseo porque estaba mi padre cerca y me hubiera ganado un cachete, así que le dije todo serio que no, que a las personas no nos salen alas y si somos feos de pequeños, lo seremos más de mayores, pero ella no se quedó muy convencida.

El caso es que llegaron las vacaciones y como, por un milagro de esos que ocurren de vez en cuando no se sabe por qué, yo había aprobado todo, eso sí, con nota justa, justa a mis merecimientos, como decía mi padre, que luego siempre añadía que mi inteligencia era la justa para llegar al medio día, así pues, me dispuse a pasar un verano de órdago junto con los colegas. Ya lo teníamos todo calculado: piscina, fútbol, bicis, discomóviles y alguna que otra borrachera bien llevada… ¡La cosa prometía!

Dibujo de Loui Jover

Pero, mira por donde, será verdad lo que siempre dice mi abuela de que el hombre propone y Dios dispone, a mis amigos les dio este año por interesarse por las pavas, como si no las viéramos todos los días en clase. Y allí los tenías, como tontos, riéndose de cada bobada que decían, ¡y las soltaban con cuerda, las muy ñoñas!, y yendo de sombras aborregados tras de ellas. ¡Vaya mierda!, pensé yo, ¡menudo veranito!… Así que, como dice en este caso mi abuelo, si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él, allá que fui yo arrimándome a mi vecinita Carmen, porque la conocía de toda la vida, no porque me gustase ni nada de eso, no vayáis a pensar… Pero el caso es que la condenada estaba guapa de verdad y yo no me había fijado hasta entonces, claro, como en invierno siempre van tan tapadas… Y era simpática y divertida y, sin darme cuenta, me fui acostumbrando a ella, a hablar con ella, con la que siempre tenía cosas que decir que no fueran de deportes ni de nada de eso, y un día comencé a encontrarme raro… De verdad, os lo juro, raro, raro, raro… Me ponía triste sin saber por qué y mi cabeza parecía un nido de grillos, pues mientras que pensaba que las horas no pasaban nunca para poder volverla a ver, cuando estaba con ella se me ponía algo aquí dentro que me hacía ser cada día más idiota… Llegué a pensar que igual estaba enfermo, pero cuando se lo conté a mi madre, ella se echó a reír y me dio un beso diciendo que su niño se estaba haciendo mayor… ¡Quien las entienda…!

Dibujo de Loui Jover

Yo estaba sufriendo como un cochino en el matadero y el caso es que no sabía por qué… Pero las desgracias nunca vienen solas, eso también lo dice mucho mi abuela, y este veranito no podía acabar sin una tragedia de esas que de vez en cuando ocurren en todas las familias, y una tarde que mi hermana iba de paseo con su bici, llegó un coche a toda velocidad y la atropelló. Entonces ocurrió otra de esas cosas extrañas que ocurren de vez en cuando y me di cuenta de que yo quería mucho a mi hermana, a pesar de que era una toca pelotas, a pesar de que siempre me estaba incordiando y se chivaba a la mínima, a pesar de todo, yo quería mucho a mi hermana y me llevé un susto muy grande. Recuerdo que aquella noche, mis padres estaban en el hospital con ella y yo había cenado con mis abuelos, la casa se me caía encima y les dije que iba a dar una vuelta. La vuelta fue corta, pues lo primero que hice fue llamar a Carmen y nos largamos a la glorieta donde nos sentamos juntos sin hablar, porque ella, no sé cómo, sabía perfectamente todo lo que yo estaba pasando, y de golpe me eché a llorar como una niña tonta y Carmen me abrazó y yo lloraba sobre su pecho y ella me acunaba como a un bebé y, os lo juro, no sentí nada de vergüenza. Incluso fueron llegando mis amigos y las otras chicas y todos se fueron sentando en silencio y nadie se burló ni dijeron ninguna burrada, todo lo contrario. Eso me hizo pensar y, cuando volvíamos a casa, le pregunté a Carmen: “Oye, Carmen. ¿Tú crees que las personas, por muy idiotas y asquerosas que seamos, también producimos hilos de seda dentro de nosotros?” Y ella me miró y me sonrió diciendo: “Eso que has dicho es muy bonito.” Y se agarró a mi cintura y volvimos a casa cogidos sin importarnos que la gente nos viera.

Dibujo de Loui Jover

Cuando mi hermana volvió a casa tenía que ir en una silla de ruedas porque tenía una pierna rota, así que yo la sacaba a pasear todas las tardes y la dejaba en el parque con sus amigas mientras Carmen y yo estábamos un rato juntos. Y una tarde me llamó desde su habitación y me hizo mirar en la caja de los gusanos abriendo un poquito la tapa: “Mira, ya son mariposas.” Dijo toda contenta y nos reímos sin saber por qué, y entonces yo le dije que las teníamos que soltar porque ellas estaban hechas para volar y no para estar en una caja de zapatos y a ella le pareció bien, así que fuimos hasta la ventana y abrimos la caja y las mariposas, todas blancas como la nieve, comenzaron a revolotear a nuestro alrededor y luego se marcharon hacia el sol. Y mi hermanita me cogió de la mano y me sonrió y yo le di un beso, así, sin más.

Cuando fui a salir de su habitación me vino una idea a la cabeza. Me volví y le dije: “Sí, las personas también sufrimos la metamorfosis.” Y ella sonrió como si lo que acababa de decir ya lo supiera…

Dibujo de Loui Jover

De milagro.

Loui Jover

He despertado…

No es que este sea un hecho extraordinario puesto que me viene sucediendo. en miles de ocasiones, desde que nací, pero el caso es que sí, hoy también he despertado, lo cual indica, ni más ni menos, y no es poco moco de pavo, que sigo vivo. Para ello se han tenido que dar ciertas variables y casualidades, entre ellas, por ejemplo, que a ninguno de los “venerables” e indecentemente ricos ancianos que se reparten los gobiernos del planeta se le haya ocurrido pulsar el botoncito atómico aprovechando la nocturnidad, momento del día que tanto veneran.

En consecuencia, he despertado porque sigo vivito y coleando. Pero, si tengo que ser realista, el día solo acaba de empezar y no faltarán oportunidades a lo largo del mismo de ocurra algo o llegue alguien que destruya este milagro o lo estropee irremediablemente. Porque es así, la vida es un milagro o, mejor dicho, estamos vivos de milagro. Y es que vivir es, ya de por sí, una guerra constante.

Pablo Picasso

Es verdad: la paz no existe. Es una utopía. Un cuento de hadas. Pura ciencia ficción. Un recurso bonito para la poesía, para las canciones, en las películas… y que repercute en pingües beneficios electorales a los políticos que con tanta alegría la esgrimen. Pero en realidad, la paz, lo que es la paz en su pleno significado, no existe. Y no lo digo porque algún ambiguo gerifalte, tras un ataque de acidez estomacal, ordene a sus, así mismo, viejos amargados generales: “Vayan ustedes invadiéndome ese país que ya pensaremos las excusas”, sino porque, tiene bemoles, que no se nos haya ocurrido representar a la paz de otra manera que con una frágil y ridícula paloma… ¡Por favor! ¿Una palomita en este mundo repleto de rapaces?… ¿Qué futuro le espera?… Para que la paz pudiera existir tendría que ser un enorme y fuerte elefante o un feroz y terrorífico tigre o, mejor aún, un monstruoso y hambriento tiranosaurio rex. ¡Eso sí que impondría respeto! ¡Así sí que existiría la paz!

Y es que, alguien así como yo, poquita cosa, temeroso, respetuoso, proclive a razonar y a dar explicaciones por todo, con plena confianza en el ser humano y con tendencia al buenismo, una vez despierto, te lanzas a la calle y cualquier pelagatos con mala leche de devora hasta los tuétanos, y por cualquier chorrada: por ser de otra raza, o de otra religión, o por no creer en nada, por tus ideas políticas, o por no tenerlas, por cuestión de sexo, o por no tenerlo, por ser gordo o flaco o alto o bajo, por ser calvo o melenudo, por el color de los ojos o por gritar gol cuando marca tu equipo… vete a saber, cualquier pretexto es bueno para meterse contigo. Y eso es por culpa de llevar una palomita en vez de un halcón.

No falla, procuro comenzar el día con alegría y no tardo ni un minuto en darme de cara con alguien que tiene el monopolio de la verdad o la exclusiva de la razón, y evito mirar mi reflejo en los cristales no reconozca en mí a un miserable gusano. En cualquier esquina puedes darte de bruces con alguien cargado de odio, odio a lo que sea, por el motivo que sea, real o ficticio, eso da igual, el caso es que sea odio. Y sobre él construyen su personalidad. En el fondo, aunque de alguna forma van asesinando mis esperanzas, esas personas me dan pena, siempre sobre su barca repleta de agujeros y achicando agua constantemente. ¡Qué cansancio! Lo malo es que cuando se hunden, nunca lo hacen solas. Y yo. con la palomita revoloteando a mi alrededor y con la mochila de buenas intenciones a la espalda me pregunto con estupor: “Pero ¿qué he hecho para merecerme esto?”

Aunque nada de esto es nuevo, pues si alguien tiene curiosidad por indagar en el pasado verá que la historia no es otra cosa que un catálogo de asesinos en serie, sucesos macabros y errores imperdonables. Pero no se esfuercen, eh, no van a conseguir aprender algo de ella para no volverlo a repetir. No. Y es que los humanos tenemos el don de olvidar lo que hicimos mal y retener en la memoria el daño que nos hicieron.

Y así, cuando llega la noche y vuelvo a la cama, reconozco que sigo vivo de milagro, y no puedo hacer nada porque me han enseñado que la paz no muerde, aunque le muerdan, y así dejo mi destino en los brazos de Orfeo y en la esperanza de que éste no vaya a jugar a la ruleta, rusa o de otra nacionalidad, con ningún anciano “venerable” al que se le ocurra pulsar el botoncito atómico.