Bocetos.

(Con dibujos de Patricia Cruzans Cruzans)

Crecí escuchando el uniforme aforismo que, como un mantra emblemático de la resignación, se repetía con una frecuencia de martillo: “la vida no es justa”, hasta que se me quedó incrustado en lo más profundo de mi personalidad. Pero ahora, cuando tan solo me queda la esperanza de amanecer cada día, me he dado cuenta de que algo no es necesariamente cierto por mucho que se repita.

La vida no entiende de justicia, la vida no sabe de desafueros, nada le preocupa, a nada teme y por nada se interesa porque simplemente es una esencia que se desvanece con el paso del tiempo y no se puede retener por mucho que cierres los puños.

Cierto que hay existencias tan largas que llegan a carecer de sentido, esas que ya ejecutaron su cometido en un pretérito que apenas se vislumbra y que solo se entienden en ese pertinaz aferrarse a la penúltima aspiración de aire, en esa obstinación a dejar de ser. Estas, cuando se apagan, dejan paz, sosiego y la firme convicción de un camino aprovechado o de un destino, a su manera, cumplido.

Cierto que hay existencias tan cortas que parecen un desvarío, esas que lo dejan todo en un mero proyecto, bocetos repartidos y aplazados en ese mundo subjuntivo donde lo condicional y el deseo juegan sus partidas de naipes al número más alto. Estas, cuando se cortan, dejan vacío, estupor, zozobra y consternación, mientras esos esbozos de futuro se emborronan llagando el presente de quienes no poseen la gracia del olvido.

Pero a la vida tanto le da unas que otras. Es más, aunque desapareciéramos, la vida seguiría existiendo.

Y es que la equidad de la vida no tiene nada que ver en este juego de azar, en este capricho de la fortuna. La vida es el agua en la que nos sumergimos al nacer y de la que escapamos, todavía empapados, con la muerte, y ella continuará indiferente con su oleaje de océano absoluto.

Y de nuestro paso quedarán átomos errantes en la inmensidad del vacío, plancton de recuerdos para alimentar algunas mentes nostálgicas hasta que nos sigan en el camino. Esas son nuestras huellas. Eso es lo que habremos sido.

Pero es lo que queda y de lo que me sustento. Es lo que me recuerda que algún día fuiste, porque allá donde miro descubro bocetos de tu imposible futuro y composiciones de tu invocado pasado, ya que tus pasos aún reclaman ecos de tu presencia, mientras tus ilusiones todavía aletean ante los cristales de unas ventanas que ya no se volverán a abrir.

Fuiste y la brusquedad de tu ausencia abrió una herida que el tiempo se encargará de restañar. Sí, pero duele.

Y aunque mis proyectos hace años que fueron perdiendo sus pétalos y su brillo, los tuyos todavía siguen pidiendo luz, aire y alimento.

No, no voy a invocar a la resignación proclamando que “la vida no es justa”. No, no voy a perder las horas en lamentos nada productivos. No… Simplemente me aferraré a la esperanza de ver amanecer una vez más para que sigas existiendo en mí.

Reflexiones sobre la Resiliencia.

Los seres humanos somos la única especie sobre el planeta que no hemos necesitado evolucionar anatómicamente a lo largo de nuestra existencia con la finalidad de adaptar nuestros frágiles cuerpos al medio que habitamos: no hemos desarrollado branquias para respirar bajo el agua, ni alas para poder volar, ni cálidas pieles peludas para no perder nuestro calor corporal, ni duros caparazones para defendernos de nuestros depredadores, ni movimientos ágiles ni veloces para escapar de ellos, ni un largo etcétera de innumerables características que el resto de los animales han ido desarrollando, a lo largo de milenios, adaptándose a las circunstancias cambiantes que les rodeaban. En cambio, también somos la única especie capaz de vivir en casi todas las zonas de la Tierra y de superar aquellos retos que la naturaleza nos presenta.

Esta capacidad se debe, en gran parte, a nuestra facultad de crear objetos que posibiliten la realización de todas esas actividades que, en principio, están vedadas para nuestros cuerpos e, incluso, a poder modificar la naturaleza hasta acomodarla a nuestras necesidades. Actividad esta última que hemos ido realizando durante siglos y sin medida abocándonos, tal vez, hacia un futuro desastre. Y es que poseemos una mente capaz de idear, soñar y crear, además de compartir pensamientos o construir relatos, lo cual nos proporciona infinitas posibilidades y soluciones de las que el resto de los seres pobladores de este planeta carecen, por lo que deben ir adecuando la morfología de su especie mediante una selección natural de aquellos ejemplares más preparados durante un largo proceso.

Pero no solo con esa facultad estaríamos capacitados para enfrentarnos a la dureza del medio en que nos movemos, ni a los inesperados accidentes que nos pueden acaecer, ni a superar las imprevistas catástrofes naturales o las más comunes, aunque con frecuencia inopinadas, catástrofes humanas. No, pero para solucionar este posible defecto, nuestra mente posee otra capacidad superior e imprescindible: la de ir transformando nuestros hábitos de conducta aprendiendo de los errores cometidos, corrigiéndolos y reconstruyendo nuestros métodos de acción adaptándolos a los nuevos conocimientos, en una lucha continua entre nuestros pensamientos lógicos y nuestros sentimientos emocionales, lo que puede generar frecuentes situaciones de angustia, de sufrimiento psicológico o existencial, con los consabidos bloqueos, enfrentamientos y cataclismos. Sin embargo, la victoria de los primeros, aunque en ocasiones dura, ha sido necesaria para el éxito del homo sapiens sobre el resto de especímenes del planeta Tierra: las que todavía existen y las que hemos colaborado en su desaparición. Y esa capacidad no es otra que la resiliencia.

Según el filósofo, lógico y científico estadounidense Charles Sanders Peirce (1839-1914), considerado el fundador de la corriente filosófica del Pragmatismo, entre otras cosas, la mente del ser humano, necesariamente cognitiva, se esfuerza por comprender la multitud de signos que le rodea y con la que debe establecer un diálogo por pura supervivencia, lo que supone que ese mismo esfuerzo provoca el desarrollo de la capacidad cognitiva de la mente. Pero, ¿siempre el homo sapiens ha utilizado de una forma correcta y ética esta capacidad?

Toda persona está insertada en el tiempo, justo en un punto donde el pasado es algo totalmente irreversible y el futuro algo utópico, oculto e inaccesible. Y en ese punto temporal, cada ser humano se encuentra sujeto a su ego, con el que convive, aunque no llegue a conocerlo a lo largo de su vida. Pero la cosa, sin embargo, se complica un poco más, pues ese ego tiene que pugnar con otros egos que están en la misma tesitura que nosotros, a los que creemos conocer y que, con frecuencia, suelen decepcionarnos ya que en raras ocasiones responden como esperábamos y que, encima, irrumpen en nuestro espacio vital sin permiso previo. Esta es nuestra realidad más cercana, la cual ya sería motivo de un caos si no fuéramos seres resilientes capaces de analizar las pautas de conducta hasta elegir aquellas que nos permitan defender nuestra intimidad sin romper los lazos que nos unen a las otras personas. Pero ¿funcionamos realmente así?

¿Y cómo ocurre eso?, os preguntaréis. Pues bien, Peirce nos dice en este caso que la mente posee la capacidad básica de generalizar y, por lo tanto, de extraer de la experiencia aquellos elementos que llaman su atención, o bien por ser permanentes, o bien por redundantes, con lo que, de esta forma, se pueden crear reglas de conducta con las que prever tales hechos. Estos elementos, acoplados a la actuación humana, son los hábitos y ellos cambian a lo largo del tiempo modelados por múltiples sucesos: culturales, religiosos, políticos, económicos, etcétera, con lo que, si las reglas han llegado a ser formuladas como leyes, estas posiblemente se queden desfasadas y obsoletas, entonces deberán seguir la misma evolución que las pautas sociales para las que fueron creadas.

Claro que esto provoca no pocos problemas en todas las épocas sociales que se han considerado definitivas, que son la mayoría, pues si se admite que las leyes se derivan de un proceso evolutivo, eso nos obliga a reconocer que todas las sociedades están en continua formación y que, por lo mismo, no son perfectas… ¿Quién en este punto no escucha rechinar los dientes de aquellas clases políticas que tienen terror a los cambios? Aquí vendrían bien las palabras del propio Peirce cuando dijo: “…Hay tres cosas que nunca podemos esperar obtener por el razonamiento, a saber, certidumbre absoluta, exactitud absoluta, universalidad absoluta…”

Reconocer que la certidumbre es un mito es un ejercicio de humildad que no muchas personas están dispuestas a llevar a cabo, pues ello representaría reconocer, al mismo tiempo, que estaban equivocadas. Sin embargo, la misma naturaleza nos demuestra que toda ley tiene excepciones, errores y casos que se consideraban imposibles, por lo tanto, la mente, aunque se basa en lo permanente para establecer sus reglas, debe tener en cuenta que ese mismo suceso puede llegar a no realizarse o, por lo menos, no con idéntico resultado. Esa capacidad de apertura puede evitar bastantes sobresaltos.

Y todas estas reflexiones nos conducen a la utilización del instrumento más poderoso que poseemos los humanos, el lenguaje. Las palabras, esos signos capaces de abstraer la realidad hasta convertirla en algo tangible al mismo tiempo que etéreo, poseen una semiótica basada en la arbitrariedad, se ve continuamente alterada bajo la subjetividad de quienes desean adueñarse del discurso, desfigurando los contenidos de las teorías, de los mitos o del propio discurso e imposibilitando el diálogo y deformando la realidad bajo el prisma de unos intereses. Por ello, Peirce nos apunta que el universo humano no es la etapa precursora de la realidad, ya que el signo (hecho humano) no es el objeto (hecho natural), es decir: la mente no crea el objeto, él ya estaba, ella lo estudia y lo comprende. Para aprehenderlo debe nominarlo, pero el objeto existía antes que el nombre. El subjetivismo nos conduce hacia nuestro ego y relativiza la realidad deformada por nuestro punto de vista, sin embargo, el objetivismo nos hace transcender de nosotros mismos y nuestra época mostrándonos que la realidad existe con independencia del sujeto. Los signos son medios de comunicación imprescindibles que se formaron en libre albedrío y así deben mantenerse, dejando que evolucionen llevados por la inercia de la evolución natural. Lo contrario es convertirlos en mercenarios de objetivos particulares. Y si eso ocurre con nuestros signos y símbolos, pronto le llegarán las cadenas a nuestra propia voluntad.

Para que la capacidad resiliente funcione es indispensable el diálogo entre nuestro ego y todo lo que nos rodea y, de esta forma, percibir los cambios a los que debemos adaptarnos. Debemos abrirnos y obligarnos a dar, a comunicar, a apoyar, al mismo tiempo que aprendemos a recibir, a escuchar, a sentir… y es que el diálogo no consiste ni en un monólogo, ni un discurso, por mucho que nos digan lo que queremos oír. El universo no comienza en mí, ni terminará conmigo, yo no soy el centro sino un átomo de una pequeña molécula de la vida. Nada más y nada menos.

Una de histrionismo.

Sé que soy un fraude y me acepto como tal.

En cuanto asomé la cabeza más allá de mi puerta, tras la que viví ese periodo de protecciones y quitamiedos que es la infancia, fui descubriendo en mi propio cuerpo, en mi propio razonamiento y, sobre todo, en mi propio mundo de fantasía, ya sin escudos ni chichoneras, el dolor de los golpes y el escozor de las caídas. De este modo se me perdieron la suavidad, la ternura y le inocencia… más bien huyeron, por lo que tuve la necesidad de probarme nuevas vestiduras con las que pasar desapercibido.

Los disfraces no han sido nunca mi fuerte, pero todo se aprende y, con el tiempo, se perfecciona, hasta el punto de creérmelo. Confieso que al principio no estaba nada orgulloso de ello, sin embargo, a medida que iba alcanzando mayor conocimiento del ecosistema en que me movía, llegué a reivindicar mi espacio vital conseguido con ficciones y defenderlo con astucias y artificios.

Sin embargo, la vida del pícaro es agotadora, pues tienes que reinventarte con mucha frecuencia, además de desarrollar constantemente las artes de la sutileza y la persuasión corriendo siempre el riesgo de ser desenmascarado, aunque eso no es lo peor, ya que, a veces, incluso llegas a desear que ello ocurra para poder descansar, sin embargo, llegar a pensar que tú eres el papel que representas, es poco menos que la muerte. Y eso suele ocurrir.

Pero, de pronto, algo sucede que no esperabas, con lo que no contabas, algo que no dependía de tus actos ni tu siempre calculador razonamiento tenía previsto… y te plantas cara a cara con la realidad. Es duro. Es confuso. Es perturbador…

En ese momento, tu armario de disfraces se ha quedado sin fondo, vacío. Nada te protege, nada te arropa, nada te sostiene… solo queda el yo, ese yo que estaba ahí dentro agazapado y cómodamente sentado mientras movía con deleite el joystick de tu vida, ese yo que no quería que nadie le viera, que nadie le conociera tal y cómo es, pues se negaba a mostrar sus debilidades y sus fortalezas, sus temores y sus bravuras, sus torpezas y sus aciertos, su mugre y su pulcritud. Ese yo pensaba que, si todas sus interioridades quedasen al descubierto, su castillo sería totalmente vulnerable.

Y ese momento llegó y me miré en el espejo hasta poder reconocerme. Era yo. Sí, era yo ese que me devolvía una mirada húmeda y torva. Esa mirada repleta de rencor por haberme obligado a mostrar mi desnudez, aunque solo fuera ante mí mismo. Esa mirada esquiva, huidiza, que pretendía aferrarse a un eco que se iba perdiendo más allá de mi propio reflejo… Era la cobardía.

Entonces me di cuenta de que tan solo había sido un farsante en un mundo de farsa, de parodia, de pantomima, en el que nunca llegué más allá del papel del novato, del pipiolo, y donde mi nivel de honestidad, palabra maldita donde las haya, estaba por encima de la media… Un mundo donde engañar es la moneda común con la que todo se comercia y con la que todo se especula.

Pero eso ya no importa: el pasado nunca cambia, solo cambian los relatos. Lo que fue, fue, digan lo digan. Y por lo menos mi yo desnudo, sin disfraces, lo sabe. Me miré profundamente y me prometí quererme.

He llegado a ese punto en que ya no me importa reconocer mis lunares, incluso voy a jactarme de mostrarlos; en que ya no tengo la obligación de opinar lo que no me apetece ni de callar lo que deseo gritar; en que ya no debo implorar saludos o sonrisas; en que ya no necesito admitir que se me juzgue sin conocer los hechos ni escuchar razones, allá cada cual con la verdad que se haya creado para su propia comodidad; en que ya puedo demostrar mis sentimientos sin miedo y sin vergüenza…

Sí, soy un farsante, un comediante de una obra mal escrita, mal dirigida y mal interpretada, pero es la mía y me basta.

Carpe diem. Relatos para gente joven

Carpe diem es un pequeño libro de relatos, en total catorce, que han ido apareciendo, por encargo y a la carta, en la web Lírica en transversal, una página digital cuya utilidad es la de servir como libro de texto de la asignatura de Lengua y Literatura castellana para los cuatro cursos de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) del IES Cueva Santa de Segorbe, donde se han utilizado como lecturas de apoyo al temario desarrollado, distribuyéndose de la siguiente forma:

En aguas de la palabra (1º ESO): Mi metamorfosis, correspondiente al primer trimestre; El hueco, segundo; Tras cada segundo, tercer trimestre; La relatividad y Haraka Roho, utilizados ambos en sendos exámenes.

Palabras a flor de piel (2º ESO): Sobre atardeceres, primer trimestre; Caminos a ninguna parte, segundo, y La casa del pueblo, tercero.

Entramando (3º ESO): Diógenes, trimestre primero; Carpe diem, trimestre tercero, y Tempus fugit, tercer trimestre.

Rosa de los vientos (4º ESO): Carta desde el infierno, para el primer trimestre; Un camino hacia el futuro, para el segundo, y Tempus omnia variat, correspondiente al tercero.

Por lo tanto, estos cuentos, cuyo próximo destino es formar parte de un futuro libro donde se recogerán las experiencias de este proyecto educativo, no solo están enfocados hacia un público juvenil, sino a todas esas personas que se consideran jóvenes, tengan la edad que tengan, para quienes la mayor aspiración de su existencia sea la de vivir con plenitud cada segundo de sus vidas, es decir, carpe diem.

“¿Las personas también sufrimos una metamorfosis?” Esta pregunta tan inocente en la boca de una niña puede llegar a ser todo un dilema muy difícil de responder, por ello, sus protagonistas van a necesitar dos historias, separadas por varios años, para resolverlo: Mi metamorfosis y Carta desde el infierno.

El hueco es un intento de desvelar el secreto de ese espacio vacío en nosotros mismos donde se quedan atrapados los sueños, esos que a veces nos preguntamos si cambian cuando nosotros crecemos, si evolucionan Tras cada segundo.

Tomar decisiones es algo muy importante y trascendental, como podemos comprobar en La relatividad y Haraka Roho, dos cuentos muy distintos, aunque ambos nos hablan de momentos importantes.

Sobre atardeceres está basado en un hecho real que me ocurrió hace mucho tiempo y que me hizo reflexionar sobre el significado de la ceguera y por qué nos cuesta tanto darnos cuenta de las cosas.

Caminos a ninguna parte y Un camino hacia el futuro son dos partes de una misma historia que, a su vez, está relacionada con otra más extensa que apareció en mi anterior libro Desde mi ventana, y en ambos se juego bastante con la fantasía.

Algo parecido ocurre en La casa del pueblo, pues sirve de cierre a una pequeña novela de terror donde lo más doloroso son esas preguntas sin respuestas que llenan de fantasmas nuestros días más siniestros.

Por su parte, Diógenes es un relato duro, triste, pero con el cual, desafortunadamente, muchos jóvenes de ambos sexos pueden sentirse identificados. Más que una protesta, es un grito de rabia.

Luego aparece una historia de amor en tres capítulos: Carpe diem, Tempus fugit y Tempus omnia variat, donde podemos descubrir que, para querer a alguien, primero debemos comenzar por querernos a nosotros mismos.

Y eso es todo, aunque pienso que no es poco, puesto que este pequeño libro se ha ido gestando a lo largo de cuatro años a impulsos de las necesidades pedagógicas del departamento de Lengua Castellana, y confío, humildemente, en haber aportado algún pequeño rayito de luz en estas jóvenes mentes o, por lo menos, haberles hecho pasar un rato distraído con mis historias.

La verdad, esa desconocida.

Es creencia generalizada afirmar que las personas amamos la verdad y aborrecemos la mentira, pero en la práctica cotidiana esto es una falacia desde el preciso instante en que somos incapaces de reconocer cuál es una u otra, o peor todavía, a causa de nuestra tendencia a creer como verdadero aquello que nos interesa y rechazar como falso todo lo que atenta contra nuestra forma de pensar.

Si repasamos la historia de la humanidad, parece que no es fácil apartar el grano de la paja, es decir, reconocer la verdad de aquello que no lo es, incluso cuando algo es obvio, pues cualquier afirmación siempre está rodeada de matices que pueden poner en duda su veracidad o, en mayor proporción, ese reconocimiento choca con el muro de la intransigencia que defiende lo que damos por incuestionable, sea por fe, tradición o miedo a reconocer que hemos estado equivocados. Así que la humanidad, por lo que parece, ha ido asentando sus variadas culturas en medias verdades o mentiras completas, sin ningún pudor ni remordimiento, pues, a base de repetirlas, las mentiras se convierten en verdades.

Que la verdad existe es algo indudable, pues en el universo todo es si concurre su contrario, ya que, de no ser así, no habría equilibrio, y puesto que la existencia de la mentira es algo bastante contrastado, ello es una prueba elemental para afirmar que la verdad es real, pero ¿dónde se esconde?, ¿cómo es?, ¿para qué sirve?…

La primera acepción del diccionario de la Real Academia Española sobre la palabra “verdad” : “Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”, tiende a presentárnosla como un concepto de lo más subjetivo, pues nada nos garantiza que todas las mentes se formen el mismo concepto sobre las mismas cosas, de hecho, podríamos apostar a que no es así, por lo que esta afirmación nos podría llevar a tener que admitir que hay tantas verdades diferentes como seres humanos en el planeta.

Algo parecido nos ocurre cuando leemos la segunda entrada: “Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”, lo cual tampoco nos soluciona demasiado el dilema porque únicamente la persona que afirma algo sabe realmente lo que siente o piensa, siendo optimistas, claro. En este caso, solo el individuo que lanza una afirmación sabrá si está mintiendo o no, el resto simplemente nos limitaremos a confiar en ello. Por lo que nos llevaría a afirmar que la verdad es un concepto bastante relativo.

Pero ya las dudas que iban penetrando en nosotros hasta ahora, a partir de la tercera acepción comienzan a dominarnos: “Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre sin mutación alguna”. Pero ¿hay algo inmutable en el universo?… Y sobre todo, si tomamos en cuenta la palabra “siempre”, esto se complica más, porque la conservación es algo limitado y temporal, luego, a más o menos velocidad, todo muda. Ya nos lo dijo Heráclito: “nadie se baña dos veces en el mismo río”, pues el río fluye y las personas nos modificamos. Puede que las propiedades de las cosas, sus reacciones y características se mantengan durante mucho tiempo, pero llegará un momento en que deje de hacerlo y entonces esa verdad dejará de serlo. De lo que deducimos que la verdad es algo temporal.

La cuarta acepción, a pesar de ser la que más seguridad ofrece, me da un poco de risa: “Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente”. Pues que se lo digan a los negacionistas. Y es que hoy en día, el pensamiento racional se está metamorfoseando en cualquier cosa perdiendo su coherencia: pensamiento comercial, consumista o simplemente alienado, tanto sea para vendernos objetos que en realidad no necesitamos, como vendernos humo con el que llenar nuestro vacío existencia. ¿Y qué pinta aquí la verdad a no ser que sea una simple herramienta empleada por el utilitarismo para la consecución de sus metas?…

La quinta define a la “verdad” como: “cualidad de veraz”, es decir, la de aquella persona “que dice, usa o profesa siempre la verdad”… Una bonita utopía que nos invita a ver la verdad más como algo idílico que real.

La sexta acepción se refiere a la “expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende”, lo que viene a ser: “decir al pan, pan, y al vino, vino”, con lo que nos devuelve a la primera entrada, pues esto es bastante subjetivo, ya que nada es lo que parece y todo depende del cristal con que se mire, es decir: la cultura, tradición, costumbres, moral, etcétera, de los sujetos que intervienen en dicha corrección. Entonces, la verdad es cuestión de perspectiva.

Y la última afirma que “verdad” es sinónimo de “realidad”, lo que no nos aclara demasiado porque tampoco la “realidad” tiene sus límites demasiado bien definidos. Ya lo decía Platón con su cuento de la caverna.

Así pues, parece que no vamos a poder descubrir la esencia de la “verdad”, lo cual es una verdadera pena. Sabemos que existe, que ya es algo, pero no podemos distinguirla porque es subjetiva, relativa, temporal, utilitaria, utópica, perspectivista y platónica… Complicado lo tenemos. Y encima, en realidad, tampoco tenemos demasiado empeño en conocer la “verdad”, pues cada cual nos sentimos cómodos con nuestra propia verdad y ¿para qué tenemos que escuchar otra que nos derribe nuestros castillos en el aire?

La verdad es una gran desconocida, sí, pero todos tenemos terror a plantarnos cara a cara con ella porque, seguramente, cuando la tengamos delante, no nos gustaría.

De versos y sombras. Antología del pasado

“De versos y sombras. Antología del pasado” es una colección de poemas escritos en mis años jóvenes y que descansaban en el baúl del tiempo a la espera de ser rescatados. Tratan de diversos aspectos dentro del ámbito de los sentimientos e inquietudes, pero, sobre todo, de la nostalgia de un amor que siempre me ha sido, en cierta forma, esquivo. Para esta pequeña antología los he dividido en seis partes, tal y como estaban desde el principio: Prólogo, Espejismos, Diez sonetos para una primavera, En el zaguán espera la noche y Hubo un tiempo.

Prólogo consta de un único poema, Autorretrato, con el que gané mi primer concurso literario hace ya muchos años, allá por el 1976, y que comienza:

“Quisiera, como el sol, tener mi propia luz, alumbrar con mis rayos la tiniebla más espesa, calentar con mi fuego la soledad y su inquietud, dar la esperanza de que un mañana amanezca.”

Como su título indica, en él intento definirme por medio de mis deseos, por lo que no busquéis en este poema ni una etopeya ni una prosopografía.

         Por su parte, Espejismos, trabajo que formó parte de un libro coral con otros autores del Alto Palancia titulado Jaula de versos, autoeditado colectivamente en el 2002, contiene veintinueve poemas escritos hasta el año 1980, cuyos títulos van dando cuenta de mis vivencias en ciertas circunstancias: En la ansiedad, En la noche, En las palabras, En un libro, En la soledad, En la esperanza, En el desdén, En la derrota, En la obsesión, En la impotencia, En la distancia, En la ausencia, En el amor, En el vacío, En el camino, En la calle, En tus ojos, En el sueño, En la fuerza, En la resignación, En el saber, En las ilusiones, En la espera, En la búsqueda, En el silencio, En el olvido, En el recuerdo, En la amistad, cerrándose todos en el último, En mí mismo.

         Diez sonetos para una primavera es un juego de 1999 que me llevó a rememorar la creación poética clásica analizando, mediante estas estrofas en endecasílabos, el descubrimiento de la pasión sentimental. Todos ellos llevan una pequeña introducción al inicio. El primero dice así:

Resbala tu perfil por laderas de plata cayendo lentamente en cauce dolorido, levantas tu mirada al cielo repetido en lago todo azul con superficie casta.

Se llenan de luz púrpura nubes de la mañana, sopla el viento canciones de amor, dolor y olvido y romperá el silencio, ruiseñor escondido, amante sigiloso que adora tu ventana.

Dejarás tu perfume prendido en mi sonrisa cuando con tu andar pases decidido y pausado peinando tu melena con soplos de la brisa.

Luz das al corazón en otra hora cansado, cubriéndolo de flores con tus tenues caricias: vuelvo con tu nacer a estar enamorado.     

En el zaguán espera la noche, es la narración de un desengaño amoroso y su posterior evolución anímica hasta alcanzar el olvido y la nueva estabilidad en dieciocho poemas, de mayor recorrido y de más profundo sentimiento que los anteriores, y cuyos títulos son: Descubrimiento, Realidad, Despedida, Reproche, Insomnio (I, II y III), Esas tardes (I y II), Tu nombre, Ya es tarde, Añoranza, Desamor, Soledad, Indolencia, Resignación, Tu recuerdo ya no duele e Ignorancia. Este trabajo fue concluido en el año 2003.

         Y por último, con Hubo un tiempo, escrito en el 2000, es una vuelta al pasado, al paraíso perdido, a la infancia, y consta de catorce poemas, sin título, con la vista puesta en el recuerdo e, incluso, algunos de ellos, con un estilo bastante infantil.

         Todos los poemas de este libro no están divididos en versos, aunque se descubren con facilidad durante su lectura, pero sí en estrofas, buscando de esa forma una comprensión más accesible para los lectores, y cada apartado está encabezado con un dibujo realizado por mi propia mano.

Desde mi ventana

Hay ventanas para mirar afuera y las hay para mirar hacia dentro. La mía es de las primeras. Ella me ha mostrado, desde mis primeros años, todo un mundo que ha ido variando en mi fantasía a medida que adquiría conocimientos sobre él. Mi ventana ha sido mi maestra y mis alas, pues por ella sé, por ella sueño y por ella deseo. A veces me olvido de sus rejas, pero es que mi ventana no se limita a sí misma, ni es tampoco mi frontera, ella se convierte en puerta de horizontes a pesar de asomarse a una calle estrecha. Y en verano, mi ventana, además de ojos, es orejas, y me trae los sonidos de la noche a enredarse junto a mi cama. Ella me escucha y yo le hablo en una conversación donde sobran las palabras. Sabe de mí tanto como yo mismo, y me esconde de quien evito, pero llama a todo lo que yo quiero que forme parte de mi alma. Sólo tiene dos problemas: desde ella no se ve el mar y apenas un par de estrellas, pero para eso aprendí a soñar…

Así comienza el cuento que da título a esta colección, Desde mi ventana. Mi ventana, la de mi habitación desde la que se ve una calle estrecha, aunque luminosa, de un pueblo olvidado en un valle de inviernos suaves, veranos calurosos y primaveras como otoños y otoños como primaveras; mi ventana, ese personaje no humano y no animado que ha formado parte de mi existencia desde que tengo uso de razón, esa pantalla natural por donde me pasaba, día tras día, el devenir de la vida. Tal vez realmente no viese el mundo a través de ella, quizá sólo lo soñase, lo idealizase, lo transformase en una historia más, pero sin duda alguna ella fue, durante mucho tiempo, el único vínculo de unión con los otros, con la otra realidad, y aquellas primeras experiencias vivenciales penetraron desde una calle real, aunque revestida de fantasía por mi parte, y penetraron en mi forma de pensar, en mi manera de ver las cosas. Luego, cuando me integré en aquel terreno inexplorado, la eché de menos, pues todo era más cierto soñado que vivido. La verdad no me gustó, era áspera, zafia, en ocasiones desagradable y, con frecuencia, olía mal… prefería mil veces mi entorno ficticio a aquel que se me presentaba con crudeza y en el que yo ocupaba el rol de un ser menor, marginado, timorato y repleto de complejos… En ese momento veía mi ventana desde fuera y ella me repetía: “¡Bienvenido a la realidad!”

Todas las pequeñas historias que aquí relato, vividas o soñadas, pero todas reales porque soñar forma parte de la vida, han sido componentes, en alguna forma, de mi esencia y, por extensión, de mí mismo, todas han sido experiencias que me han ido formando tal y como soy, que forjaron mi personalidad y me ayudaron a enfrentarme a un cosmos hostil donde tuve que abrirme mis huecos al precio de perder inocencia y ganar en dureza. Qué triste, pero ser sensible sólo te trae problemas…

¿Qué tienen en común todas ellas?… Pues a primera vista da la sensación de no existir una relación que les dé una excusa para aparecer juntas en una colección de cuentos, pero en su sustancia sí, pues mientras unas son vivencias, de alguna manera, propias, otras expresan mi forma de pensar, son un grito de protesta ante lo que no me parece justo, así, en el fondo, todas estas historias hablan de mí.

Ya veis, me he equivocado al principio, pues no es hacia afuera sino hacia dentro de mí, donde mira mi ventana.

En total Desde mi ventana se compone de veintitrés pequeños relatos verídicos, donde es difícil discernir lo real de lo imaginado, y una alegoría de la realidad. En seis de ellos yo soy el protagonista y, digamos, lo cierto aparece en un porcentaje mayor que lo ficticio; en otros siete esta dicotomía se equilibra casi al cincuenta por cien; en diez la preponderancia de lo artificioso es elevada, aunque siempre existe algo de la verdad que me circunda, y la alegoría, como su nombre indica, es un compendio de metáforas y símbolos de este mundo que todos compartimos y al que, a veces, es mejor tomar a cachondeo que con la gravedad que se merece.

         En varios de los relatos no encontraréis demasiada acción, son como evocaciones de algunos recuerdos, pero en otros, en cambio, la actividad lo llena todo; unos son reflexivos, serios, sin embargo también los hay en los que el humor y la ironía se apodera de ellos; el amor, en varias de sus facetas, es una constante, aunque la muerte también asoma su cara en bastantes ocasiones; los hay muy fáciles de entender y algunos algo complicados, y los que desbordan de realismo y los que resultan extraños por desarrollo o por su final, pero espero que, por una causa o por otra, no os dejen indiferentes.

         La mayoría de los cuentos ocurren en Castellnovo, sobre todo los que tienen algo de autobiográfico, así como los titulados Sin palabras, basado en la experiencia de un amigo en otra localidad, aunque yo lo reubiqué todo acá; El árbol, el cual existió realmente; Altos vuelos y Cuestión de fe, dos historias acaecidas, más o menos con cierta fidelidad a los realmente sucedido, en el antiguo colegio de los Hermanos Maristas, ahora la residencia de las monjas. El resto se me ocurrió o bien por noticias leídas en la prensa o escuchadas en la radio, o porque alguien me las contara.

         La más antigua de estás narraciones la escribí en diciembre de 2012 y la más reciente, en marzo de 2016, aunque los hechos que ellas se narran datan, en su mayor parte, de mucho tiempo antes y, en algunas ocasiones, han sido refundiciones de cuentos olvidados en el cajón de los intentos fallidos, sin embargo, supieron esperar y por fin llegó su momento. Decía Wislawa Scymborska que la mejor herramienta para un poeta es la papelera, pero yo discrepo con ella al pensar que toda palabra, al igual que toda persona, puede tener su oportunidad.

         De dos de estos relatos surgieron sendas obras de teatro que, en su momento fueron estrenadas: Un ramo con seis rosas, que está inspirada en Libre albedrío, y cuyo estreno corrió a cargo del Grupo de Teatro de la Agrupación Cultural Memfis de Castellnovo, y Las cosas no cambian, basada en el cuento del mismo título, llevada por primera vez a los escenarios por el Grupo Drama de Benetússer hace ya unos años, aunque en este 2016 han realizado un musical cimentado en ella. Así mismo, de la alegoría en cinco capítulos, cuyo título es En la ausencia, han surgido dos nuevas narraciones: Caminos a ninguna parte y Camino hacia el futuro para la web de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana del IES Cueva Santa de Segorbe que el alumnado de ese centro utiliza como material didáctico.

         Hablar de las motivaciones de este libro, como del anterior, también de relatos, La voz interior, o de los más antiguos de poemas, Espejismos o En el zaguán espera la noche, sería algo confuso y poco divertido, así que simplemente diré que a escribir me empujó la necesidad de dialogar y, si en aquel momento no había nadie más a mi lado, pues lo hice conmigo mismo por medio del papel.

Y de esta forma aprendí a volar, no con alas ni con naves, sino mediante la imaginación y la escritura como herramienta, pues cada vez que escribo un poema o un cuento o teatro, además de tener la capacidad de crear mundos de fantasía como un pequeño duende travieso y caprichoso, poseo el poder de desplazarme mucho más allá de donde mis piernas no pueden llevarme, algo que también me ocurre con la lectura, pues desde pequeño siempre he estado rodeado de libros que me han hecho vivir un sinfín de aventuras, conocer una inmensa cantidad de personajes de todo tipo, enamorarme, tener miedo, ser valiente o cobarde, morir y renacer en multitud de ocasiones, o vivir un increíble abanico de vidas porque leer en algo mágico.

© del texto: Antonio Cruzans Gonzalvo (Ancrugon)

© de imagen de portada: Antonio Cruzans Gonzalvo (Ancrugon) Hotel Masía Durbá, Castellnovo.

© del diseño de la edición: Eva Valero.

© de la presente edición: Sar Alejandría Ediciones – Solvenpas S.L.

IBN: 978-84-945655-3-3

Depósito Legal: CS.   – 2016

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La culpa.

Una de las características de los seres humanos es su fragilidad. Desde que llegamos a este mundo caminamos en inestable equilibrio sobre la cuerda floja de nuestras relaciones sociales. Vivimos en manadas, pero estamos solos y solos decidimos y actuamos, en la mayoría de las ocasiones, sin la preparación necesaria y a impulsos de nuestro instinto; después ya lo razonamos.

En una partida de ajedrez valoras tus posibles jugadas y ves que todas ellas se abren en un amplio abanico que va desde la mejor a la peor posible y, de entre todos, solo puedes elegir un movimiento. Te decides por una pieza y la desplazas a la casilla elegida. Pero entonces, justo en ese momento, te das cuenta de que te has equivocado y ya no hay vuelta atrás.

Así es la vida…

En ocasiones el error no parece tan claro, incluso la jugada puede entenderse, en principio, como una ingeniosa audacia, aunque el resultado sea, al final, catastrófico. Y no importa que defendamos el movimiento con todos los argumentos posibles, la realidad es que has fallado.

Así es la vida…

De nada valdrá buscar excusas, todas resultarán justificaciones triviales, fútiles disculpas que no disminuirán tu error, lo agrandarán. Disfrazar los equívocos solo hará que destaquen más, emborronar las faltas será como poner señales, y lo que pretendes ocultar quedara al descubierto, desnudo, indefenso…

Así también es la vida…

Pero en el ajedrez, si tú te equivocas, pierdes y la otra persona gana, sin embargo, en la vida, con tus yerros no gana nadie. Tus errores causan heridas y suelen tener consecuencias. Nadie “se va de rositas.” Y es aquí donde aparece la culpa, ese “sentimiento de responsabilidad por un daño causado.”

La culpa pesa, ahoga, te deja sin fuerzas y sin ánimo para seguir y, como en los malos movimientos del ajedrez, no hay forma de disfrazarla, de maquillarla porque, en el fondo, tú sabes la verdad. Cierto que el tiempo todo lo difumina y que un día, quizá, llegue el olvido, sin embargo, la culpa es como la enorme piedra de Sísifo: si la tienes, debes cargar con ella montaña arriba y, cuando ya crees llegar a la cima, rueda ladera abajo y debes volver a empezar, y así día tras día. Es el castigo de los dioses.

Te surgirán tentaciones de adornarla ante los demás, por eso del “que dirán”, pero sabes que solo es otra mala jugada que te aboca, irremisiblemente, a perder la partida. En la vida un clavo no saca a otro clavo, simplemente hay dos clavos y la culpa se acumula, surge el remordimiento, el echarte en cara tu estupidez, aunque esto tampoco ayuda, pues el hoyo se hace más profundo.

Sin embargo, en el ajedrez hay ocasiones en que el contrario te coloca, como por error, piezas indefensas de cebo para que caigas en la trampa. Eso también ocurre en la vida y entonces te surge la culpa del pardillo: ¿cómo pude ser tan incauto?…

Aunque hay un caso que puede darse en la vida y no tiene reflejo en el antiguo y noble juego del tablero arlequinado: la culpa inducida, aquella que surge cuando te achacan un hecho que tú no has cometido o lo has hecho sin tener constancia de ello, pero que, a fuerza de extenderse el rumor, ésta crece en ti sin haber motivo. Y es que una mentira muchas veces repetida puede llegar a considerarse una verdad y luchar contra lo que la gente quiere creer es una batalla perdida.

En cualquier caso, la culpa es un peso que se nos viene encima, y nuestra existencia se llena de fantasmas y nuestra mirada busca cobijo en la tierra… Tal vez lo mejor sería no rechazarla, admitirla sea cual sea; aprender a cargarla; estudiarla, como se estudian en el ajedrez las malas jugadas para no volver a repetirlas, evitando, en lo posible, que aquel hecho que la creó no sea decisivo ni para tu futuro ni para el de las otras personas afectadas.

Y ya solo queda esperar el perdón, el ajeno y, sobre todo, el propio.

La voz interior. Breves momentos de Ana L.C. y Ancrugon, por Ana L.C. y Ancrugon

“La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios.”

Mahatma Gandhi

TÍTULO¿Cuántas veces deberíamos parar nuestra frenética carrera y quedarnos simplemente en silencio para escuchar esa voz interior que ignoramos ya por sistema?… Está ahí, dentro de nosotros y, por ello mismo, somos indiferentes a sus consejos y a sus ideas. Forma parte indivisible de nuestra personalidad, porque realmente está basada en la misma materia que nos ha creado, pero con una diferencia notable, pues en la mayoría de las ocasiones surge del propio razonamiento…

LA VOZ INTERIOR _PortadaDialogar con uno mismo es un buen ejercicio, ya que, de esa manera, nos obligamos a conocernos, empeñados como estamos en descifrar los secretos más intrincados de todo lo que nos rodea, olvidándonos de aquello que es realmente importante: nuestro propio ser.

La voz interior consiste en esos pequeños menajes que enviamos a la imagen del espejo para controlar mejor nuestros impulsos, hay quien la define como la capacidad de autocontrol, pero, a veces, es todo lo contrario, y esa voz nos domina y nos desvía del camino que consideramos correcto, y ahí interviene la psiquiatría, o por lo menos, eso he creído siempre.

Ese diálogo interno va juzgando y etiquetando todo lo que nos rodea y unas veces nos ayuda a entenderlo, en cambio otras nos envía cálculos equivocados… ¿para quién?… Siempre, claro está, desde el rasero de la sociedad que nos ha tocado vivir.

Todo ser humano es un producto del grupo social en el que nació y fue educado. De él aprende sus pautas de comportamiento y se asigna a sí mismo un rol que mantendrá, normalmente, durante toda su vida. Pero esa voz interior propia de cada uno puede que unas veces está empapada en el caldo de cultivo del germen social, aunque, con bastante frecuencia, aparece virgen de tales directrices y se proclama baluarte de la libertad. Y en esos momentos surge el conflicto…

Desde nuestros primeros días de vida, los humanos aprendemos un lenguaje verbal mediante el cual definimos y reconocemos la realidad de nuestro entorno. Todo lo que vamos conociendo, lo vamos nombrando y, a partir de ese bautizo, ya tiene una existencia… La realidad debe ser nominada, de lo contrario, simplemente nos existe. Ese código de signos y reglas para combinarlos que es el idioma, es el mismo del que se sirve la voz interior para modelar nuestro mundo secreto y particular. Por lo tanto, si tenemos en cuenta que cada grupo cultural, o pueblo, tiene un código diferente y una visión más o menos particular para interpretar su vida social, nuestra voz interior está en cierta forma contaminada de esa misma interpretación… Pero cada ser humano es una pieza única en la naturaleza, nunca se repite, es como una composición musical con infinitas posibilidades de organización entre sus notas. Entonces, de esa oposición entre lo social y lo individual surge el diálogo interior. De su buen desarrollo depende la estabilidad mental de la persona.

Cuando algo nos preocupa o realizamos una tarea complicada, tendemos a murmurar sin darnos cuenta… estamos dialogando con nuestro ego y buscamos una respuesta que, cuando no la hayamos, nos aferramos instintivamente a los sentimientos o a la creencia para estabilizar nuestras dudas que afectan a nuestras emociones. Es lo fácil. Y de ahí, de esta necesidad de no dejar lagunas o agujeros negros en nuestro mundo cotidiano, nace la fe, el creer en lo que no se ve, pero explica con facilidad lo que no tiene explicación. Y las religiones cubren con efectividad el hueco que puede causar algún síndrome a nuestra mente.

Sin embargo, este diálogo, cuando es dominado por nuestros miedos, puede desencadenar el pánico al vernos ante una situación que nos supera, o desarrollar en nuestro comportamiento reacciones antisociales como los celos, las fobias, la violencia, y otras varias que no vale la pena nombrar. De ahí que sea muy importante un diálogo interno desde el mismo nivel: el ego y la voz interior, imperando siempre la autoestima y no dejando de percibir todo aquello que nos rodea. No somos tortugas que escondemos nuestra cabeza en el caparazón cada vez que hay problemas. Los seres humanos somos seres sociales y nuestra existencia deja de tener sentido si no está en relación con la perspectiva de los demás.

Por eso, antes de comenzar la lectura de los pequeños relatos que siguen, es importante tener en cuenta que ellos son la imagen de la voz interior de sus autores, de sus diferentes visiones de la realidad, del mundo y de las personas con las que conviven, y son su imagen porque nacieron de esa misma luz que se enciende en cada uno cuando encontramos alguna respuesta y, rápidamente, han sentido la necesidad de adherirse a una hoja en blanco  y darle todo su sentido para que el otoño no se la lleve al reino de los pensamientos marchitos. Son los ecos de palabras no dichas, aunque existentes, que han dado forma a unas vivencias y a unos sentimientos que, a pesar de las diferencias, surgen de la soledad más absoluta del ser humano, surgen de su voz interior… la de ella y la de él.

LA VOZ INTERIOR (Breves momentos de Ana L.C. y Ancrugón), escrito por Antonio Cruzans Gonzalvo, está dividido en dos partes: La voz de ella, firmado bajo el pseudónimo de Ana L.C., y La voz de él, firmado como Ancrugon. La primera consta de 17 relatos y la segunda de 10. Cuyo índice es:

007   Prólogo                        

LA VOZ DE ELLA

013   San Valentín

Hoy es San Valentín y he recibido un regalo de un hombre que conocí hace algún tiempo, casi por accidente…               

015   La pieza del puzle 

Hace tiempo, bastante, aunque con la forma relativa en que nos empeñamos en vivirlo, parece que fue ayer, tuve un compañero en el instituto que, sin pretenderlo y sin saber cómo, llegó a ser mi confidente y el mejor amigo que he tenido nunca…    

018   Una familia feliz     

Era una mañana de lunes fría y lluviosa. Los lunes son el peor día para mí, por cuestiones obvias que no voy a analizar, y el agravante de la lluvia no ayudaba nada a mi estado de ánimo…   

023   El deseo de cumpleaños 

El sábado pasado nos reunimos toda la familia en casa de mi abuela. Cumplía la mujer ochenta años y había que celebrarlo… “Porque a saber los que podrá celebrar más”…      

027   Amores que matan  

La primera vez que vi a María me cayó bien.

Fue en una fiesta en casa de una amiga para celebrar no sí qué… pero no importa porque yo voy a las fiestas por el simple hecho de que lo son, sin interesarme lo más mínimo a costa de qué ni de quién…   

032   Los nuestros 

  • ¿Qué ocurre cuando nos morimos, tía?… ¿A dónde vamos?…

Mi sobrina Laura tiene diez años, sólo diez…                

036   La mujer del té  

Fue una tarde de este verano pasado. Tarde agobiante de agosto en un pueblo del interior de Castellón donde celebraban sus fiestas patronales y, como todos los años, instalaron una feria medieval en la que, lo más interesante, hay que reconocerlo, era la exposición de aves rapaces que indiferentes se dejaban observar por los niños atónitos, las madres recelosas y los padres enteradillos…          

040   Detalles

Han pasado más de dos años y durante ese tiempo la fe sólida en mí misma me hizo sorda, ciega e insensible a cualquier incipiente atisbo de nostalgia…                        

044   Caleidoscopio  

Era nuestra primera clase de Filosofía y con un profesor nuevo, totalmente desconocido quien, cuando entró en el aula cargado con una caja de cartón, precedido de una blanca sonrisa y su aura de confianza, nos resultó muy atractivo, por lo menos a las chicas…            

048   La vida por un espejismo

La luna se escapaba entre los pequeños huecos de la espesa capa de nubes que, sólo unos minutos antes, habían dejado caer todo su peso sobrante sobre la tierra reseca tras un verano caluroso y árido. La verbena había hecho un descanso obligado, dejando los músicos sus instrumentos y equipos electrónicos abandonados como pequeños islotes cubiertos de plásticos…

051   El laberinto de los caracoles

  • ¿Cuándo cenamos?

Su voz quebrada al salir del sopor en el que había pasado parte de la tarde me sorprendió. Se le veía frágil e insignificante bajo la luz del atardecer que se colaba a través de los visillos de la ventana…

055   Te doy mi palabra    

– S’ha mort el tío Manel… Demá farem el funeral… Víndràs?

– Sí, abuela, claro que iré.

Cuando colgué el teléfono no tuve ninguna sensación especial. Mi tío Manel, el hermano mayor de mi abuela Carmen, un anciano que rondaba los cien años, era un hombre peculiar, extraño, imprevisible…

059   Noche de ronda   

En la fotografía, en blanco y negro, pero ya casi sepia por el tiempo, parecía una actriz de los años treinta, aquellas del cine mudo, con su pelo peinado en melena y rizado, la piel blanca, los ojos grandes y pícaros, los labios bien perfilados en una leve sonrisa casi inocente…   

063   Querido diario…   

Hace años, Laura compro un diario. No tenía una idea clara y concreta de por qué, pero cuando lo vio, perfectamente encuadernado con tapas duras forradas en una especie de piel suave, con un pequeño pasador dorado que se cerraba con una llave minúscula, la cual estaba atada a un delgado cordoncito color crema, con sus hojas de un papel terso, fino y de un blanco inmaculado e irresistible, con su cintita de seda roja que sobresalía un poquito del largo del cuaderno para poder usarla como marca-páginas y su olor, su maravilloso olor a nuevo, a virgen, a secreto… no pudo resistirlo y Laura lo compró…         

066   Ousmane Diouf   

Al abrir la puerta, un violento tufo a humedad maltrató sus sentidos. Se despojó de las gafas de sol, que llevaba puestas a pesar de que ya hacía rato que había anochecido, e intentó acomodarse a la luz mortecina del interior mientras percibía como varias cucarachas deambulaban sobre el suelo de baldosas desvencijadas en busca de cobijo. Un sentimiento de derrota le llegó de golpe, una pesadumbre que ya le era conocida, algo indefinido que casi había conseguido ser su compañero de viaje, que casi ya formaba parte de él…  

074   Los nombres prohibidos

Cuando me sonó el móvil recordé que había quedado con mis padres para cenar. Estaba conduciendo por la autopista dirección al Norte y a mi derecha las olas se deshacían en lluvia sobre las rocas de la costa. Detuve el coche en el arcén y descolgué…

081   Alegoría de la lentitud

Cuando recibí la llamada de mi prima María serían sobre las diez de la mañana. Era un día gris y frío que invitaba al arrebujo en el sillón y al abandono del paso del tiempo sin más dejándose mecer por la candencia de la lluvia fina, pero constante.

LA VOZ DE ÉL

089   Despertar 

Como de costumbre, el despertador sonó a las siete y media y maldije, como siempre, ese cruel momento del día. De forma automática, desgarraron el silencio las guitarras de mi grupo favorito de heavy y eso me decidió a saltar de la cama. El siguiente paso de mi ritual mañanero fue subir la persiana y una luz solar, inusitadamente brillante, entró por la ventana…     

091   El mundo en tus manos 

– Llegamos sin pedirlo… y nos cargan de obligaciones…  Las cosas no funcionan… jamás funcionaron…, pero, desde siempre, el ser humano se ha estado engañando. ¿Por qué?…  El secreto está en el limbo de los justos y nadie sabe cómo alcanzarlo… ¡Qué triste!… Pero los grandes nombres nos prometen que ellos tienen la solución… Daría risa sino diera tanta pena…

094   Yo vi, una vez, un rayo de sol  

Todos los días la misma rutina. La misma voz dulce que te despierta: “Ya es la hora, cariño. Debes levantarte”… es la más sugerente que has encontrado en el distribuidor, aunque  tus amigas bromeen por el hecho de que hayas elegido la de una mujer y no la de un hombre… Pero tú lo tienes muy claro…

099   Balada de otoño

Las notas del piano brotan del salpicadero y se desparraman por todo el coche llenándolo de nostalgias…

Llueve…

Serrat conduce con su voz grave y segura hacia una realidad pretérita de pequeños momentos, de diminutas vivencias.

– ¡Oh, “Balada de otoño”!… ¿Recuerdas?…

107   Esas pequeñas cosas 

Querida Nostalgia:

Ya sé que tu misión es la que es, ya sé que tú nos torturas sin ninguna intención maligna, que no te regodeas en nuestros sufrimientos por todo lo perdido, que no te solazas en nuestra añoranza de tiempos mejores, que no lo haces por pura maldad… sino que simplemente eres así….

109   Contar estrellas  

Cuando llegaron en el escenario solamente había un taburete en la parte izquierda y en el fondo se veía el telón, granate, viejo y raído. El doctor tomó asiento en el suelo, con las piernas cruzadas y el resto hizo lo mismo, menos Raúl porque está muy gordo y le costaba realizar estos movimientos, así que, tras varios intentos, se marchó del escenario.

118   En la noche

Sobre las brasas de la chimenea danzaban aquellos diminutos duendes que, cual pequeñas lenguas de fuego, representaban silenciosas aquelarres y, cerca del gato adormilado, cuyo pelo negro siempre olía a quemado, crepitaban universos de estrellas incandescentes igual que fuegos artificiales surgidos de los vacíos existenciales de incógnitos huecos maderables… aunque en el fondo sólo imperaba el cansancio del día…

121   Sobre derrotas 

En la distancia se hacían oír, insistentes, decididos, empeñados, los rítmicos cañoneos de la artillería “rebelde”, con su machacona reiteración, que le trajeron al recuerdo las tormentas veraniegas sobre la campiña de su infancia, donde, lejos de adivinar lo que el destino caprichoso le reservaba, fue un niño feliz, como cualquier otro niño, que correteaba tras todo atisbo de movimiento susceptible de volverse una aventura…

128   El poder de la obsesión   

Cuando siendo unos tiernos infantes cantábamos esta inocente cancioncilla en el patio del colegio o en las excursiones campestres, Carlitos, un niño de flequillo repeinado y casco capilar fabricado a base de laca, la entonaba con sincero entusiasmo y a pleno pulmón, como si de un himno patriótico o espiritual se tratase. Qué lejos estábamos todos de comprender, en aquellos tiempos cuando éramos felices e indocumentados, que ello era algo premonitorio…

131   Impotencia     

Tic, tac, tic, tac, tic, tac… El reloj de pared, aquel que  funcionaba mediante un péndulo que unas piñas metálicas ponían en movimiento por el método de ser estiradas cada noche, de cuyo desempeño últimamente se encargaba su hermano puesto que ya era lo suficientemente mayor para ello, iba marcando inexorablemente el paso del tiempo, el cual, aquella tarde, parecía eterno en su caminar. TAN, TAN, TAN, TAN, TAN, TAN, TAN… siete campanadas y Antonio miró nervioso hacia el pasillo que comunicaba con la escalera… Su padre tardaba más de lo normal… Todos los días, salvo raras excepciones, llegaba sobre las cinco del trabajo, pero hoy era diferente y él lo sabía… y lo temía…

la-voz-interior-breves-momentos-de-ana-lc-y-ancrugon-ebook-9788483260746La voz interior es una colección de vivencias en forma de cuentos que versan sobre diferentes situaciones vividas o inventadas por sus autores, Ana L.C. y Ancrugon, cuyas propias existencias están en función de las historias que crean, pues el autor existe gracias a su propia creación, de lo contrario, dejaría de existir como tal para pasar al limbo de lo no nacido… Es la voz interior la que nombra al ser y le da forma y presencia dentro del propio universo donde todo es, en tanto y cuanto puede ser nombrado…

Esté volumen pretende ser el primero de una serie surgida del colectivo “El volumen de una sombra” cuya filosofía de vida se basa en la máxima: “Sueño, luego existo”.

Sus datos editoriales son:

  • ISBN TAPA BLANDA: 9781463326098
  • ISBN LIBRO ELECTRÓNICO: 9781463326142
  • Número de Control de la Biblioteca del Congreso de EE.UU: 2012923206
  • Publicado por: Palibrio – 1663 Liberty Drive – Suite 200 – Bloomington, IN 47403
  • Fecha de publicación: 12/12/2012
  • Idioma: Español
  • Páginas: 140
  • Dimensiones: 5.50 (ancho) x 8.50 (alto) x 0.33 (grosor)
  • Copyright © 2012 por Ana L.C. y Ancrugon

 

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1.621

Cuando quieras saber lo que piensas, yo te lo diré.

CUANDO QUIERAS SABER LO QUE PIENSAS, YO TE LO DIRÉ

¿Qué nos está pasando?… ¿Dónde quedó aquel respeto por la verdad? ¿Dónde aquella búsqueda de pluralidad? ¿Dónde aquel afán por alcanzar una libertad plenamente democrática?… ¿Qué nos mueve a jalear a embaucadores y estafadores? ¿Qué motivación encontramos en aupar a los prestamistas de ilusiones? ¿Qué oscuros intereses nos empujan a divulgar la mentira?… ¿Qué nos está pasando?…

He intentado, desde que tuve uso de razón, crearme mi propia personalidad y, por descontado, mi propia opinión sobre las cosas. Al principio no fue demasiado complicado, pues todo consistía en informarte sobre un tema en cuestión contrastando diferentes opiniones sobre el mismo y, basándome en las coincidencias, posteriormente analizaba las diferencias e iba sacando conclusiones. Hoy eso es casi imposible. Hoy, cuando algo ocurre, los diferentes medios no dan distintas versiones de la misma noticia, no, pues es tan estrecha la dependencia existente entre estos medios y las ideologías que los sustentan que lo que dan son diferentes noticias de los mismos hechos e, incluso, algunos otros los ignoran por completo.

Hace años publicaba algún que otro artículo de opinión en ciertos rotativos regionales y locales. Lógicamente recibía comentarios tanto favorables como contrarios, lo cual siempre me ha parecido un ejercicio muy sano, aunque me llevase algún varapalo, pues de ello se aprende. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, comenzaron a llegarme rectificaciones de la dirección, tímidas al principio, pero categóricas al final. Claro, ante este afán de imposición ideológica, simplemente les dije que, si pensara al cien por cien como ellos, no sería yo, sería ellos y, como eso, por el momento, es imposible, pues me guardé mis opiniones para mí y dejé de colaborar. Cierto que posteriormente he llevado a cabo varios intentos de dejarme caer por otros medios y, ante mi estupor, no me los rechazaban por falta de calidad u otra cuestión técnica o artística, no, simplemente lo hacían por no estar dentro de su “línea editorial”, hermoso eufemismo para dejarme claro que no me los admitían porque no pensaba como ellos.  El caso es que este asunto habría tenido algo de lógica si hubiera enviado mis artículos a un determinado sector ideológico, pero es que me molesté en enviarlos a todo el espectro del arco iris recibiendo la misma respuesta de rechazo… Aunque, voy a sincerarme, les tendí un pequeña trampa consistente en enviar a cada uno lo contrario de lo que esperaban, pero eso no disculpa su falta de criterio democrático… Y a causa de ello, lo reconozco, me ha surgido un problema de identidad y no dejo de preguntarme si no seré un marciano…

Pero, más triste todavía, es que a estos medios convencionales de comunicación les quedan tres meriendas, ya que la opinión pública viene determinada, cada día más, por lo que se diga en las plataformas de internet, sea por los nuevo gurús del momento; los y las influencers (palabra que algo tendrá que ver con la influenza, digo yo, por lo menos en los que se refiere al contagio), sea por los sempiternos cazadores de illuminati, siempre obsesionados por supuestas teorías conspirativas que hacen que nos desviemos de los problemas reales y, seamos sinceros, contra estos fenómenos no hay forma de luchar, por lo menos por el momento, pues, afortunadamente, todo lo que nace, también muere.

El ágora actual, y también el Parlamento, no nos engañemos, ya que los políticos suelen hablar más por estos medios que en aquel foro, al cual solo van para insultarse y justificar sus emolumentos, son las plataformas informáticas como Facebook, Instagram, Tumblr, Twitter, WhatsApp… por nombrar algunas de las más conocidas, donde todo el mundo dice lo que quiere sin tener en cuenta las consecuencias, o con premeditación y alevosía que es mucho más grave. Seguramente habrá muchas voces que me echarán en cara lo que digo porque considerarán que este ejercicio de opinión es el sumun democrático y de libertad, pero me temo que la libertad la estamos utilizando como ese juguete nuevo que usamos por intuición y sin habernos leído el manual de funcionamiento, es decir, mal y con peligro de que se nos rompa.

La libertad de expresión es una cosa y la de mentir, otra. Todos podríamos aportar, seguramente, infinidad de casos de lo que digo, pero da igual, la masa se cree lo que quiere creerse y lo demás no importa. Claro que, cuando ocurren casos que alcanzan la cima de lo absurdo, entonces decides que tal vez lo mejor sería desconectar internet o utilizarlo simplemente como divertimento: en plan de que te cuenten historias, como nos ocurrió hace poco a un amigo y a mí: “Hacía tiempo que este amigo y yo no pasábamos un rato de cháchara y, aprovechando que iba a estar por mi zona por cuestiones de trabajo, quedamos para comer juntos. Ya por el café, recibo un mensaje de WhatsApp de una persona conocida de ambos con ánimo de chatear, lógicamente yo le informo que en ese momento no podía pues estaba acompañado de Fulanito, y cual no es mi sorpresa cuando ella me indica que eso no podía ser ya que sabía que Fulanito había sido ingresado muy grave a causa del Covid19, contagiado en una fiesta celebrada unas noches antes en una playa. Asombrado por la noticia le dije que estaba equivocada, pero ella me aseguró que no, que mi amigo, el mismo que veía rebosante de salud al otro lado de la mesa, estaba ingresado en la UCI de tal hospital en un estado bastante preocupante y que sus fuentes eran de toda confianza. Ante ese empeño suyo, y mosqueado por su desconfianza hacia mi palabra, nos hicimos un selfi (palabra de procedencia inglesa que, curiosamente, significa “egoísta”) y se lo enviamos asegurándole que en aquel preciso instante él estaba comiendo a mi lado, a lo que la informante me respondió con sarna y condescendencia: “Va, tío, que todos sabemos que todavía no hay ningún restaurante abierto en tu zona”. Supongo que aquella información también le habría llegado de una fuente de toda confianza. Ante tanta seguridad me entró la duda de si no estaría viviendo una vida paralela, por lo que le hicimos una video llamada y no tuvo más remedio que dejarse vencer por las evidencias: la de que Fulanito estaba perfectamente y disfrutando de una sabrosa comida en mi compañía, la de que los restaurantes de mi zona estaban abiertos y sirviendo sus estupendos menús y, la que más le dolió, que sus fuentes no fueran muy potables, sino más bien andaban necesitadas de algún tratamiento urgente a base de cloro.

¿Y qué podemos hacer ante todo esto?… Pues no lo sé, nosotros, en aquel momento, nos reímos, aunque la verdad es que la situación resultaba muy penosa. Pero no hay que perder el buen sentido humor. El humor es el mejor refugio para el dolor, para la soledad, para la ansiedad, para todo… Y más en esta época de confusión en la que incluso el humor está siendo atacado, vilipendiado, perseguido, pues ha surgido una nueva forma de censura infinitamente más sofisticada que la trasnochada y anacrónica franquista: lo correctamente político. Así que ¡ojo!, hay que tener mucho cuidado con los chistes que se cuentan, pues siempre habrá un colectivo al que le puedas molestar y, ¡cuidado!, muchos se conformarán con quejarse o, si son algo más quisquillosos, denunciarte, pero otros, esos con una carga importante de odio y mala leche, pueden llegar bastante más lejos.

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