La voz interior. Breves momentos de Ana L.C. y Ancrugon, por Ana L.C. y Ancrugon

“La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios.”

Mahatma Gandhi

TÍTULO¿Cuántas veces deberíamos parar nuestra frenética carrera y quedarnos simplemente en silencio para escuchar esa voz interior que ignoramos ya por sistema?… Está ahí, dentro de nosotros y, por ello mismo, somos indiferentes a sus consejos y a sus ideas. Forma parte indivisible de nuestra personalidad, porque realmente está basada en la misma materia que nos ha creado, pero con una diferencia notable, pues en la mayoría de las ocasiones surge del propio razonamiento…

LA VOZ INTERIOR _PortadaDialogar con uno mismo es un buen ejercicio, ya que, de esa manera, nos obligamos a conocernos, empeñados como estamos en descifrar los secretos más intrincados de todo lo que nos rodea, olvidándonos de aquello que es realmente importante: nuestro propio ser.

La voz interior consiste en esos pequeños menajes que enviamos a la imagen del espejo para controlar mejor nuestros impulsos, hay quien la define como la capacidad de autocontrol, pero, a veces, es todo lo contrario, y esa voz nos domina y nos desvía del camino que consideramos correcto, y ahí interviene la psiquiatría, o por lo menos, eso he creído siempre.

Ese diálogo interno va juzgando y etiquetando todo lo que nos rodea y unas veces nos ayuda a entenderlo, en cambio otras nos envía cálculos equivocados… ¿para quién?… Siempre, claro está, desde el rasero de la sociedad que nos ha tocado vivir.

Todo ser humano es un producto del grupo social en el que nació y fue educado. De él aprende sus pautas de comportamiento y se asigna a sí mismo un rol que mantendrá, normalmente, durante toda su vida. Pero esa voz interior propia de cada uno puede que unas veces está empapada en el caldo de cultivo del germen social, aunque, con bastante frecuencia, aparece virgen de tales directrices y se proclama baluarte de la libertad. Y en esos momentos surge el conflicto…

Desde nuestros primeros días de vida, los humanos aprendemos un lenguaje verbal mediante el cual definimos y reconocemos la realidad de nuestro entorno. Todo lo que vamos conociendo, lo vamos nombrando y, a partir de ese bautizo, ya tiene una existencia… La realidad debe ser nominada, de lo contrario, simplemente nos existe. Ese código de signos y reglas para combinarlos que es el idioma, es el mismo del que se sirve la voz interior para modelar nuestro mundo secreto y particular. Por lo tanto, si tenemos en cuenta que cada grupo cultural, o pueblo, tiene un código diferente y una visión más o menos particular para interpretar su vida social, nuestra voz interior está en cierta forma contaminada de esa misma interpretación… Pero cada ser humano es una pieza única en la naturaleza, nunca se repite, es como una composición musical con infinitas posibilidades de organización entre sus notas. Entonces, de esa oposición entre lo social y lo individual surge el diálogo interior. De su buen desarrollo depende la estabilidad mental de la persona.

Cuando algo nos preocupa o realizamos una tarea complicada, tendemos a murmurar sin darnos cuenta… estamos dialogando con nuestro ego y buscamos una respuesta que, cuando no la hayamos, nos aferramos instintivamente a los sentimientos o a la creencia para estabilizar nuestras dudas que afectan a nuestras emociones. Es lo fácil. Y de ahí, de esta necesidad de no dejar lagunas o agujeros negros en nuestro mundo cotidiano, nace la fe, el creer en lo que no se ve, pero explica con facilidad lo que no tiene explicación. Y las religiones cubren con efectividad el hueco que puede causar algún síndrome a nuestra mente.

Sin embargo, este diálogo, cuando es dominado por nuestros miedos, puede desencadenar el pánico al vernos ante una situación que nos supera, o desarrollar en nuestro comportamiento reacciones antisociales como los celos, las fobias, la violencia, y otras varias que no vale la pena nombrar. De ahí que sea muy importante un diálogo interno desde el mismo nivel: el ego y la voz interior, imperando siempre la autoestima y no dejando de percibir todo aquello que nos rodea. No somos tortugas que escondemos nuestra cabeza en el caparazón cada vez que hay problemas. Los seres humanos somos seres sociales y nuestra existencia deja de tener sentido si no está en relación con la perspectiva de los demás.

Por eso, antes de comenzar la lectura de los pequeños relatos que siguen, es importante tener en cuenta que ellos son la imagen de la voz interior de sus autores, de sus diferentes visiones de la realidad, del mundo y de las personas con las que conviven, y son su imagen porque nacieron de esa misma luz que se enciende en cada uno cuando encontramos alguna respuesta y, rápidamente, han sentido la necesidad de adherirse a una hoja en blanco  y darle todo su sentido para que el otoño no se la lleve al reino de los pensamientos marchitos. Son los ecos de palabras no dichas, aunque existentes, que han dado forma a unas vivencias y a unos sentimientos que, a pesar de las diferencias, surgen de la soledad más absoluta del ser humano, surgen de su voz interior… la de ella y la de él.

LA VOZ INTERIOR (Breves momentos de Ana L.C. y Ancrugón), escrito por Antonio Cruzans Gonzalvo, está dividido en dos partes: La voz de ella, firmado bajo el pseudónimo de Ana L.C., y La voz de él, firmado como Ancrugon. La primera consta de 17 relatos y la segunda de 10. Cuyo índice es:

007   Prólogo                        

LA VOZ DE ELLA

013   San Valentín

Hoy es San Valentín y he recibido un regalo de un hombre que conocí hace algún tiempo, casi por accidente…               

015   La pieza del puzle 

Hace tiempo, bastante, aunque con la forma relativa en que nos empeñamos en vivirlo, parece que fue ayer, tuve un compañero en el instituto que, sin pretenderlo y sin saber cómo, llegó a ser mi confidente y el mejor amigo que he tenido nunca…    

018   Una familia feliz     

Era una mañana de lunes fría y lluviosa. Los lunes son el peor día para mí, por cuestiones obvias que no voy a analizar, y el agravante de la lluvia no ayudaba nada a mi estado de ánimo…   

023   El deseo de cumpleaños 

El sábado pasado nos reunimos toda la familia en casa de mi abuela. Cumplía la mujer ochenta años y había que celebrarlo… “Porque a saber los que podrá celebrar más”…      

027   Amores que matan  

La primera vez que vi a María me cayó bien.

Fue en una fiesta en casa de una amiga para celebrar no sí qué… pero no importa porque yo voy a las fiestas por el simple hecho de que lo son, sin interesarme lo más mínimo a costa de qué ni de quién…   

032   Los nuestros 

  • ¿Qué ocurre cuando nos morimos, tía?… ¿A dónde vamos?…

Mi sobrina Laura tiene diez años, sólo diez…                

036   La mujer del té  

Fue una tarde de este verano pasado. Tarde agobiante de agosto en un pueblo del interior de Castellón donde celebraban sus fiestas patronales y, como todos los años, instalaron una feria medieval en la que, lo más interesante, hay que reconocerlo, era la exposición de aves rapaces que indiferentes se dejaban observar por los niños atónitos, las madres recelosas y los padres enteradillos…          

040   Detalles

Han pasado más de dos años y durante ese tiempo la fe sólida en mí misma me hizo sorda, ciega e insensible a cualquier incipiente atisbo de nostalgia…                        

044   Caleidoscopio  

Era nuestra primera clase de Filosofía y con un profesor nuevo, totalmente desconocido quien, cuando entró en el aula cargado con una caja de cartón, precedido de una blanca sonrisa y su aura de confianza, nos resultó muy atractivo, por lo menos a las chicas…            

048   La vida por un espejismo

La luna se escapaba entre los pequeños huecos de la espesa capa de nubes que, sólo unos minutos antes, habían dejado caer todo su peso sobrante sobre la tierra reseca tras un verano caluroso y árido. La verbena había hecho un descanso obligado, dejando los músicos sus instrumentos y equipos electrónicos abandonados como pequeños islotes cubiertos de plásticos…

051   El laberinto de los caracoles

  • ¿Cuándo cenamos?

Su voz quebrada al salir del sopor en el que había pasado parte de la tarde me sorprendió. Se le veía frágil e insignificante bajo la luz del atardecer que se colaba a través de los visillos de la ventana…

055   Te doy mi palabra    

– S’ha mort el tío Manel… Demá farem el funeral… Víndràs?

– Sí, abuela, claro que iré.

Cuando colgué el teléfono no tuve ninguna sensación especial. Mi tío Manel, el hermano mayor de mi abuela Carmen, un anciano que rondaba los cien años, era un hombre peculiar, extraño, imprevisible…

059   Noche de ronda   

En la fotografía, en blanco y negro, pero ya casi sepia por el tiempo, parecía una actriz de los años treinta, aquellas del cine mudo, con su pelo peinado en melena y rizado, la piel blanca, los ojos grandes y pícaros, los labios bien perfilados en una leve sonrisa casi inocente…   

063   Querido diario…   

Hace años, Laura compro un diario. No tenía una idea clara y concreta de por qué, pero cuando lo vio, perfectamente encuadernado con tapas duras forradas en una especie de piel suave, con un pequeño pasador dorado que se cerraba con una llave minúscula, la cual estaba atada a un delgado cordoncito color crema, con sus hojas de un papel terso, fino y de un blanco inmaculado e irresistible, con su cintita de seda roja que sobresalía un poquito del largo del cuaderno para poder usarla como marca-páginas y su olor, su maravilloso olor a nuevo, a virgen, a secreto… no pudo resistirlo y Laura lo compró…         

066   Ousmane Diouf   

Al abrir la puerta, un violento tufo a humedad maltrató sus sentidos. Se despojó de las gafas de sol, que llevaba puestas a pesar de que ya hacía rato que había anochecido, e intentó acomodarse a la luz mortecina del interior mientras percibía como varias cucarachas deambulaban sobre el suelo de baldosas desvencijadas en busca de cobijo. Un sentimiento de derrota le llegó de golpe, una pesadumbre que ya le era conocida, algo indefinido que casi había conseguido ser su compañero de viaje, que casi ya formaba parte de él…  

074   Los nombres prohibidos

Cuando me sonó el móvil recordé que había quedado con mis padres para cenar. Estaba conduciendo por la autopista dirección al Norte y a mi derecha las olas se deshacían en lluvia sobre las rocas de la costa. Detuve el coche en el arcén y descolgué…

081   Alegoría de la lentitud

Cuando recibí la llamada de mi prima María serían sobre las diez de la mañana. Era un día gris y frío que invitaba al arrebujo en el sillón y al abandono del paso del tiempo sin más dejándose mecer por la candencia de la lluvia fina, pero constante.

LA VOZ DE ÉL

089   Despertar 

Como de costumbre, el despertador sonó a las siete y media y maldije, como siempre, ese cruel momento del día. De forma automática, desgarraron el silencio las guitarras de mi grupo favorito de heavy y eso me decidió a saltar de la cama. El siguiente paso de mi ritual mañanero fue subir la persiana y una luz solar, inusitadamente brillante, entró por la ventana…     

091   El mundo en tus manos 

– Llegamos sin pedirlo… y nos cargan de obligaciones…  Las cosas no funcionan… jamás funcionaron…, pero, desde siempre, el ser humano se ha estado engañando. ¿Por qué?…  El secreto está en el limbo de los justos y nadie sabe cómo alcanzarlo… ¡Qué triste!… Pero los grandes nombres nos prometen que ellos tienen la solución… Daría risa sino diera tanta pena…

094   Yo vi, una vez, un rayo de sol  

Todos los días la misma rutina. La misma voz dulce que te despierta: “Ya es la hora, cariño. Debes levantarte”… es la más sugerente que has encontrado en el distribuidor, aunque  tus amigas bromeen por el hecho de que hayas elegido la de una mujer y no la de un hombre… Pero tú lo tienes muy claro…

099   Balada de otoño

Las notas del piano brotan del salpicadero y se desparraman por todo el coche llenándolo de nostalgias…

Llueve…

Serrat conduce con su voz grave y segura hacia una realidad pretérita de pequeños momentos, de diminutas vivencias.

– ¡Oh, “Balada de otoño”!… ¿Recuerdas?…

107   Esas pequeñas cosas 

Querida Nostalgia:

Ya sé que tu misión es la que es, ya sé que tú nos torturas sin ninguna intención maligna, que no te regodeas en nuestros sufrimientos por todo lo perdido, que no te solazas en nuestra añoranza de tiempos mejores, que no lo haces por pura maldad… sino que simplemente eres así….

109   Contar estrellas  

Cuando llegaron en el escenario solamente había un taburete en la parte izquierda y en el fondo se veía el telón, granate, viejo y raído. El doctor tomó asiento en el suelo, con las piernas cruzadas y el resto hizo lo mismo, menos Raúl porque está muy gordo y le costaba realizar estos movimientos, así que, tras varios intentos, se marchó del escenario.

118   En la noche

Sobre las brasas de la chimenea danzaban aquellos diminutos duendes que, cual pequeñas lenguas de fuego, representaban silenciosas aquelarres y, cerca del gato adormilado, cuyo pelo negro siempre olía a quemado, crepitaban universos de estrellas incandescentes igual que fuegos artificiales surgidos de los vacíos existenciales de incógnitos huecos maderables… aunque en el fondo sólo imperaba el cansancio del día…

121   Sobre derrotas 

En la distancia se hacían oír, insistentes, decididos, empeñados, los rítmicos cañoneos de la artillería “rebelde”, con su machacona reiteración, que le trajeron al recuerdo las tormentas veraniegas sobre la campiña de su infancia, donde, lejos de adivinar lo que el destino caprichoso le reservaba, fue un niño feliz, como cualquier otro niño, que correteaba tras todo atisbo de movimiento susceptible de volverse una aventura…

128   El poder de la obsesión   

Cuando siendo unos tiernos infantes cantábamos esta inocente cancioncilla en el patio del colegio o en las excursiones campestres, Carlitos, un niño de flequillo repeinado y casco capilar fabricado a base de laca, la entonaba con sincero entusiasmo y a pleno pulmón, como si de un himno patriótico o espiritual se tratase. Qué lejos estábamos todos de comprender, en aquellos tiempos cuando éramos felices e indocumentados, que ello era algo premonitorio…

131   Impotencia     

Tic, tac, tic, tac, tic, tac… El reloj de pared, aquel que  funcionaba mediante un péndulo que unas piñas metálicas ponían en movimiento por el método de ser estiradas cada noche, de cuyo desempeño últimamente se encargaba su hermano puesto que ya era lo suficientemente mayor para ello, iba marcando inexorablemente el paso del tiempo, el cual, aquella tarde, parecía eterno en su caminar. TAN, TAN, TAN, TAN, TAN, TAN, TAN… siete campanadas y Antonio miró nervioso hacia el pasillo que comunicaba con la escalera… Su padre tardaba más de lo normal… Todos los días, salvo raras excepciones, llegaba sobre las cinco del trabajo, pero hoy era diferente y él lo sabía… y lo temía…

la-voz-interior-breves-momentos-de-ana-lc-y-ancrugon-ebook-9788483260746La voz interior es una colección de vivencias en forma de cuentos que versan sobre diferentes situaciones vividas o inventadas por sus autores, Ana L.C. y Ancrugon, cuyas propias existencias están en función de las historias que crean, pues el autor existe gracias a su propia creación, de lo contrario, dejaría de existir como tal para pasar al limbo de lo no nacido… Es la voz interior la que nombra al ser y le da forma y presencia dentro del propio universo donde todo es, en tanto y cuanto puede ser nombrado…

Esté volumen pretende ser el primero de una serie surgida del colectivo “El volumen de una sombra” cuya filosofía de vida se basa en la máxima: “Sueño, luego existo”.

Sus datos editoriales son:

  • ISBN TAPA BLANDA: 9781463326098
  • ISBN LIBRO ELECTRÓNICO: 9781463326142
  • Número de Control de la Biblioteca del Congreso de EE.UU: 2012923206
  • Publicado por: Palibrio – 1663 Liberty Drive – Suite 200 – Bloomington, IN 47403
  • Fecha de publicación: 12/12/2012
  • Idioma: Español
  • Páginas: 140
  • Dimensiones: 5.50 (ancho) x 8.50 (alto) x 0.33 (grosor)
  • Copyright © 2012 por Ana L.C. y Ancrugon

 

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Cuando quieras saber lo que piensas, yo te lo diré.

CUANDO QUIERAS SABER LO QUE PIENSAS, YO TE LO DIRÉ

¿Qué nos está pasando?… ¿Dónde quedó aquel respeto por la verdad? ¿Dónde aquella búsqueda de pluralidad? ¿Dónde aquel afán por alcanzar una libertad plenamente democrática?… ¿Qué nos mueve a jalear a embaucadores y estafadores? ¿Qué motivación encontramos en aupar a los prestamistas de ilusiones? ¿Qué oscuros intereses nos empujan a divulgar la mentira?… ¿Qué nos está pasando?…

He intentado, desde que tuve uso de razón, crearme mi propia personalidad y, por descontado, mi propia opinión sobre las cosas. Al principio no fue demasiado complicado, pues todo consistía en informarte sobre un tema en cuestión contrastando diferentes opiniones sobre el mismo y, basándome en las coincidencias, posteriormente analizaba las diferencias e iba sacando conclusiones. Hoy eso es casi imposible. Hoy, cuando algo ocurre, los diferentes medios no dan distintas versiones de la misma noticia, no, pues es tan estrecha la dependencia existente entre estos medios y las ideologías que los sustentan que lo que dan son diferentes noticias de los mismos hechos e, incluso, algunos otros los ignoran por completo.

Hace años publicaba algún que otro artículo de opinión en ciertos rotativos regionales y locales. Lógicamente recibía comentarios tanto favorables como contrarios, lo cual siempre me ha parecido un ejercicio muy sano, aunque me llevase algún varapalo, pues de ello se aprende. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, comenzaron a llegarme rectificaciones de la dirección, tímidas al principio, pero categóricas al final. Claro, ante este afán de imposición ideológica, simplemente les dije que, si pensara al cien por cien como ellos, no sería yo, sería ellos y, como eso, por el momento, es imposible, pues me guardé mis opiniones para mí y dejé de colaborar. Cierto que posteriormente he llevado a cabo varios intentos de dejarme caer por otros medios y, ante mi estupor, no me los rechazaban por falta de calidad u otra cuestión técnica o artística, no, simplemente lo hacían por no estar dentro de su “línea editorial”, hermoso eufemismo para dejarme claro que no me los admitían porque no pensaba como ellos.  El caso es que este asunto habría tenido algo de lógica si hubiera enviado mis artículos a un determinado sector ideológico, pero es que me molesté en enviarlos a todo el espectro del arco iris recibiendo la misma respuesta de rechazo… Aunque, voy a sincerarme, les tendí un pequeña trampa consistente en enviar a cada uno lo contrario de lo que esperaban, pero eso no disculpa su falta de criterio democrático… Y a causa de ello, lo reconozco, me ha surgido un problema de identidad y no dejo de preguntarme si no seré un marciano…

Pero, más triste todavía, es que a estos medios convencionales de comunicación les quedan tres meriendas, ya que la opinión pública viene determinada, cada día más, por lo que se diga en las plataformas de internet, sea por los nuevo gurús del momento; los y las influencers (palabra que algo tendrá que ver con la influenza, digo yo, por lo menos en los que se refiere al contagio), sea por los sempiternos cazadores de illuminati, siempre obsesionados por supuestas teorías conspirativas que hacen que nos desviemos de los problemas reales y, seamos sinceros, contra estos fenómenos no hay forma de luchar, por lo menos por el momento, pues, afortunadamente, todo lo que nace, también muere.

El ágora actual, y también el Parlamento, no nos engañemos, ya que los políticos suelen hablar más por estos medios que en aquel foro, al cual solo van para insultarse y justificar sus emolumentos, son las plataformas informáticas como Facebook, Instagram, Tumblr, Twitter, WhatsApp… por nombrar algunas de las más conocidas, donde todo el mundo dice lo que quiere sin tener en cuenta las consecuencias, o con premeditación y alevosía que es mucho más grave. Seguramente habrá muchas voces que me echarán en cara lo que digo porque considerarán que este ejercicio de opinión es el sumun democrático y de libertad, pero me temo que la libertad la estamos utilizando como ese juguete nuevo que usamos por intuición y sin habernos leído el manual de funcionamiento, es decir, mal y con peligro de que se nos rompa.

La libertad de expresión es una cosa y la de mentir, otra. Todos podríamos aportar, seguramente, infinidad de casos de lo que digo, pero da igual, la masa se cree lo que quiere creerse y lo demás no importa. Claro que, cuando ocurren casos que alcanzan la cima de lo absurdo, entonces decides que tal vez lo mejor sería desconectar internet o utilizarlo simplemente como divertimento: en plan de que te cuenten historias, como nos ocurrió hace poco a un amigo y a mí: “Hacía tiempo que este amigo y yo no pasábamos un rato de cháchara y, aprovechando que iba a estar por mi zona por cuestiones de trabajo, quedamos para comer juntos. Ya por el café, recibo un mensaje de WhatsApp de una persona conocida de ambos con ánimo de chatear, lógicamente yo le informo que en ese momento no podía pues estaba acompañado de Fulanito, y cual no es mi sorpresa cuando ella me indica que eso no podía ser ya que sabía que Fulanito había sido ingresado muy grave a causa del Covid19, contagiado en una fiesta celebrada unas noches antes en una playa. Asombrado por la noticia le dije que estaba equivocada, pero ella me aseguró que no, que mi amigo, el mismo que veía rebosante de salud al otro lado de la mesa, estaba ingresado en la UCI de tal hospital en un estado bastante preocupante y que sus fuentes eran de toda confianza. Ante ese empeño suyo, y mosqueado por su desconfianza hacia mi palabra, nos hicimos un selfi (palabra de procedencia inglesa que, curiosamente, significa “egoísta”) y se lo enviamos asegurándole que en aquel preciso instante él estaba comiendo a mi lado, a lo que la informante me respondió con sarna y condescendencia: “Va, tío, que todos sabemos que todavía no hay ningún restaurante abierto en tu zona”. Supongo que aquella información también le habría llegado de una fuente de toda confianza. Ante tanta seguridad me entró la duda de si no estaría viviendo una vida paralela, por lo que le hicimos una video llamada y no tuvo más remedio que dejarse vencer por las evidencias: la de que Fulanito estaba perfectamente y disfrutando de una sabrosa comida en mi compañía, la de que los restaurantes de mi zona estaban abiertos y sirviendo sus estupendos menús y, la que más le dolió, que sus fuentes no fueran muy potables, sino más bien andaban necesitadas de algún tratamiento urgente a base de cloro.

¿Y qué podemos hacer ante todo esto?… Pues no lo sé, nosotros, en aquel momento, nos reímos, aunque la verdad es que la situación resultaba muy penosa. Pero no hay que perder el buen sentido humor. El humor es el mejor refugio para el dolor, para la soledad, para la ansiedad, para todo… Y más en esta época de confusión en la que incluso el humor está siendo atacado, vilipendiado, perseguido, pues ha surgido una nueva forma de censura infinitamente más sofisticada que la trasnochada y anacrónica franquista: lo correctamente político. Así que ¡ojo!, hay que tener mucho cuidado con los chistes que se cuentan, pues siempre habrá un colectivo al que le puedas molestar y, ¡cuidado!, muchos se conformarán con quejarse o, si son algo más quisquillosos, denunciarte, pero otros, esos con una carga importante de odio y mala leche, pueden llegar bastante más lejos.

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El pez en la pecera.

EL PEZ EN LA PECERALos peces están diseñados para nacer en los océanos, en los lagos, en los ríos, y vivir sus procelosas vidas en sus hábitats naturales, a no ser que acaben como elementos decorativos encerrados en alguna urna de cristal. Claro que lo mismo podría decirse del resto de especies utilizadas como mascotas, entre las que incluiremos a los humanos.

Sí, han leído bien, he dicho humanos y es que los humanos nacemos en la Tierra para desarrollar nuestras turbulentas existencias diseminados por ella, sin embargo, y con más frecuencia que ellos, acabamos como esos bonitos peces de colores dentro de una pecera. Cierto que nuestra burbuja no es física, pero no deja de ser una linda pecera.

La cosa comienza en el mismo instante de nacer, cuando nuestros progenitores, con toda la buena intención de llevar a cabo los ritos acostumbrados en sus respectivas vasijas, ya nos van marcando límites al colgarnos un nombre, unos apellidos y una nacionalidad. A estas les seguirán, a medida que vayamos creciendo, las sucesivas paredes de la educación, las creencias, el idioma… Y a partir de cierta edad los vidrios crecerán en progresión geométrica: aficiones, tendencias, amistades, estatus, clases… incluso las parejas… Y así, otro individuo de una especie que surgió para coexistir con el resto de especies en armonía natural, se va encerrando, paulatinamente, en peceras más y más pequeñas, hasta que un día se da cuenta que vegeta dentro de una burbuja exclusiva, mientras el mundo está ahí afuera.

Puede que el destino de toda persona sea la soledad, esa soledad que no tienen nada que ver con la cantidad de gente que nos rodee, si no con la capacidad de empatía que tengamos con esas personas, algo que cada día tiene mayor complicación, pues las diferencias se multiplican mientras que las coincidencias se desvanecen. Es lo que tiene vivir encerrados en nosotros mismos.

La eficacia de los grupos sociales para ir alienando a sus miembros es muy eficaz, sobre todo porque como no les resulta rentable educar para la convivencia, ya que ello conduciría a un razonamiento individualista, en ausencia de esa disciplina, se decretan leyes, normas y pecados, con sus correspondientes amenazas de penas, multas e infiernos, castigos todos ellos que difieren según sea confesional o no el Estado, y haciéndoles creer que el destino de los dirigidos depende de la magnanimidad de los dirigentes.

Y aquí estamos, cada cual buceando en nuestra propia pecera e imaginándonos el universo según el relato oficial y debatiéndonos entre el deseo de cometer los pecados incitantes y tentadores o la obligación de cultivar las severas, adustas y estrictas virtudes, cargando por ello con un peso en la conciencia que nos imposibilita para levantar la cabeza.

Y de eso va mi último libro, que he titulado El pez en la pecera, un poemario donde aparecen los pecados, las virtudes y otras nimiedades propias de la condición humana que nos van definiendo como bonitos peces de colores dentro de una fría pecera, y en el que intento reflejar opiniones propias con la justa sinceridad, aunque sobre esto hablo en el Prólogo, así que mejor lo leen ustedes en él.

PORTADAEL PEZ EN LA PECERA    Antonio Cruzans

Editado el 8 de junio de 2020     KDP

Tapa blanda: 132 páginas.    Idioma: Español

ISBN-13: 979-8652324827

ASIN: B089TXGPKM

 

 

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Relojes parados.

RELOJES PARADOS

Los relojes están parados, sin embargo, el tiempo sigue, pasito a pasito, segundo a segundo, inevitablemente desfilando. Cuando yo era un niño y veía algún partido de fútbol en la tele, si se adelantaba en el marcador mi equipo favorito, la apagaba con rapidez en un intento de mantener el resultado, pero en la mayoría de las ocasiones mi tentativa no daba fruto. Y ahora, me temo, ocurrirá lo mismo.

Todo el mundo estamos aguardando con impaciencia a que se acabe esta pesadilla para volver a la “normalidad”, a la rutina, a nuestras formas de vivir anteriores… Algo que en el fondo me inquieta, pues seguramente eso también llevaría implícito retornar a los mismos errores, ¡y han sido tantos! No obstante, tengo la esperanza de que no ocurra así y para ello me aferro a la máxima de Heráclito de Éfeso: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, sencillamente porque si yo me baño en un río y vuelvo al día siguiente con la misma intención, ni yo ni el río seremos los mismos que el día anterior. Y es que la creación entera está en un constante cambio, todo fluye sin parar, todo se transforma.

Así pues, por mucho que nos empeñemos en detener los relojes, esto no va a ser un “impasse”, ni mucho menos un tiempo muerto, pues cada momento que vivimos la transformación continúa y deberíamos saber aprovechar esa inercia natural para ir aprendiendo un poco más de nosotros mismos y de lo que nos rodea, e ir adaptándonos a los nuevos retos que se nos van planteando. No es cuestión de hacer una tragedia de esto, ni mucho menos, la humanidad ha recibido golpes más duros a lo largo de la historia, pero hay que saber encajarlos y sacar conclusiones válidas que nos permitan seguir evolucionando, si puede ser, a mejor.

No podemos parar nuestros relojes esperando reiniciarlos en un momento del pasado, sobre todo porque muchas personas ya no estarán y sin ellas nada puede ser lo mismo, pero también porque ha surgido un temor, invisible y oscuro, aunque existente, que marcará las relaciones sociales; porque muchas personas saldrán perjudicadas en sus trabajos, en sus negocios, en su economía familiar; porque los niños no tendrán tan fácil lanzarse por los toboganes, ni querer alcanzar las nubes con los columpios, ni abrazarse en las guarderías o jugar en el patio del colegio; porque ni los teatros, ni los cines, ni los campos de fútbol, etcétera, podrán estar llenos de espectadores, pero para qué seguir… Nada va a ser ya igual que antes, aunque no por eso esté todo perdido, no, todo lo contrario, pues de nosotros depende que vayamos encajando nuestras vidas en los nuevos huecos en cada momento.

No es comenzar nada nuevo, sino seguir y, como siempre ha ocurrido, para caminar hay que tener ganas y fuerzas para hacerlo, optimismo, ilusión y, no lo olvidemos, solidaridad, pero de la buena, a ver si algún día hacemos que sea falsa la triste realidad que dejó escrita en una de sus novelas Niklas Natt och Dag, “resulta curioso cómo las personas se apresuran a ayudar a quienes no lo necesitan, mientras dan enormes rodeos para evitar a los pobres y menesterosos.”

Pongamos ya en marcha nuestros relojes y en la hora exacta.

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Érase una vez.

ÉRASE UNA VEZ

“Érase una vez”, así comenzaban tradicionalmente los cuentos infantiles. Esas tres palabras formaban un conjuro capacitado para desplegar maravillosos mundos de fantasía en mentes ávidas de descubrir y dispuestas a dejarse sorprender. Imaginaciones desbordantes y con la maleabilidad intacta para poder contener la suficiente credulidad, por lo que todo tenía cabida y todo podía llegar a ser, desde que los animales hablasen, hasta que las historias tuviesen un final feliz. Y ello siempre estaba relacionado con la inocencia y la pureza de la niñez.

Pero los humanos crecemos y, se supone, vamos adquiriendo conocimiento del mundo que nos rodea y medios para sobrevivir en él. Y en esta evolución darwiniana, se perpetúan quienes saben adaptarse mejor al entorno y a sus circunstancias. Metamorfosis en la que debemos sacrificar muchas cosas para que el fruto surgido de nuestra particular crisálida, sea una persona adulta perfecta y capaz de sortear los impedimentos que se le vayan cruzando en su vida. Y lo primero que debemos abandonar son la inocencia y la pureza propias de la infancia, si no queremos ser acusados de inmaduros.

Y así estamos las personas adultas: intentando no naufragar en nuestros turbulentos destinos y observando, con una mezcla de condescendencia y nostalgia, las fantasías de los niños y niñas, que juegan, corren, gritan, cantan, bailan… y fantasean a nuestro alrededor. Mientras tanto, nos comportamos como los seres alfa que creemos ser: lo sabemos todo, tenemos respuestas para todo, lo solucionamos todo… y nos olvidamos de que la gente pequeña son niños, pero no tontos y, más pronto o más tarde, pueden llevarse una decepción: sus superhéroes no sabían volar.

Pero el problema está en la crisálida, sí, porque en ese periodo de transformación que debe conducirnos a ser bellas mariposas, algo está mal, algo está corrupto, algo que nos hace salir de ella siendo todavía gusanos que presumimos de mariposas: ni sabemos tanto como queremos aparentar, ni tenemos apenas respuestas para nada, y ya no digamos soluciones… y encima, a pesar de que, supuestamente, hemos perdido la credulidad,  nos creemos lo que nos cuentan, según quién nos lo cuente, claro, y no porque sigamos conservando la inocencia y la pureza originales, sino por odio al contrario y, si lo que se dice, aunque sea mentira, le puede dañar, pues adelante, lo compartimos y lo divulgamos a los cuatro vientos, y mejor ahora con la profusión de medios y plataformas que tenemos a nuestro alcance.

El mundo de la madurez se divide, por un lado, entre el grupo de control, el cual, salvo raras y loables excepciones, está repleto de buhoneros, mercachifles, charlatanes, tahúres, fulleros y mentirosos de ambos sexos, y por el otro, el grupo de los controlados, compuesto por una inmensa muchedumbre de seres adocenados, entre los cuales me incluyo. Y sí, en esto se ha basado la evolución de la especie humana a lo largo de su historia: un tira y afloja entre los que tienen y los que desean tener, lo que conlleva un constante adaptarse o morir dentro de una sociedad basada en el consumo, el postureo, la prostitución cultural, la idolatría del beneficio rápido y el menosprecio de las esencias éticas. ¿Qué soy negativo?… Bueno, repasen un poco la historia o, simplemente, analicen sin apasionamientos el presente.

Llegado a este punto, quiero declararme culpable de inmadurez. Mi ideal es morirme joven, pero a una edad avanzada. Quiero crecer, es inevitable y sería una estupidez intentar evitarlo, pero también quiero seguir sintiendo sorpresa ante los hechos de la vida, continuar ilusionándome con las cosas simples y las personas sencillas, aquellas que son capaces de reír con los chistes malos o cantar desafinado por el simple placer de sentirse vivas. No quiero envejecer con las arrugas de las preocupaciones adquiridas e innecesarias, ni con las inquinas, ni con las apariencias, ni con los fingimientos que tanto cansan. Quiero morir creyendo todavía en las hadas y no en personas de discursos vacíos y promesas que no piensan cumplir. No quiero invertir en aquellos cuyas acciones suben cuando la gente muere de hambre, o de las guerras, o de la pobreza, o de pandemias oscuras… Quiero morir agradeciendo a la vida hasta el último segundo, como un niño para el que no hay suficientes horas para desplegar su fantasía.

Y es que el secreto de los niños está en su simplicidad: les regalamos juguetes carísimos y luego solo se interesan por las cajas y los envoltorios, y encima nos enfadamos. ¿Por qué? ¿Acaso no vemos que no estiman las cosas igual que nosotros?: las cifras no les dicen nada, para ellos solo tiene valor aquello que les estimula y con lo que son capaces de crear sus mundos, aunque sean los objetos más inverosímiles, aquellos que se nos pasan desapercibidos porque no tienen precio… y es que somos tan complicados que a todo le ponemos precio, es lo que se nos ha enseñado y es lo que nos esclaviza y nos hace creer en otros cuentos muy diferentes donde los animales son un producto más de compra y venta y las historias no tienen finales felices.

“Érase una vez”… Pronunciémoslo en alto, repitámoslo varias veces hasta que el velo del olvido nos haga descubrir que, en el fondo, seguimos siendo el niño o la niña que una vez fuimos. Desaprendamos, olvidémonos de los cánones y las normas y creamos de nuevo en un mundo de fantasía donde todo puede llegar a ser. Tal vez de esta forma podamos conseguir que las siguientes generaciones lleguen a ser hermosas mariposas.

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¿Qué saldrá de aquí?

QUÉ SALDRÁ DE AQUÍ

Decía Jean-Paul Sartre: “la vida tiene el sentido que cada uno le da”, claro que cuando llevas más de un mes en confinamiento, observando el mundo a través de una ventana que da al edificio de enfrente, viendo o hablando con los tuyos mediante el aparatito que hasta ahora tanto has denostado, escuchando todo el día la llegada de la Apocalipsis en los medios de comunicación y mirando siempre a los mismos ojos, los tuyos, en el espejo, el sentido que le das a la vida me temo que pueda estar un poquito desfigurado.

También aseguraba el prestigioso filósofo existencialista francés: “la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino en querer lo que uno hace”, y no lo voy a negar, dejando aparte que soy un agnóstico en todo lo que concierne a la felicidad, y la verdad es que me encantan la inmensa mayoría de mis ocupaciones diarias porque, en la mayor parte, son aquellas que yo siempre deseé realizar, pero si ves pasar las horas como una sucesión de momentos ya vividos, convirtiéndose en días que no se diferencian los unos de los otros y ya no sabes si es martes o domingo y luego las semanas con la única variedad de que ocurra o no algún fenómeno meteorológico, es como vivir en un bucle y lo cierto es que, por mucho que me guste el jamón, si es mi alimento en todas las comidas, al final lo voy a aborrecer.

Sé quién era yo cuando entré en esta larga cuarentena, pero no tengo ni idea de lo que va a salir de aquí. Se me marchitó la imaginación como una planta a la que no le da el sol; me aterran las páginas en blanco, y eso que antes veía en ellas un reto estimulante donde desarrollar toda mi fantasía y sus variadas producciones; temo perderme entre el teclado del ordenador y no encontrar salida alguna; no aguanto leyendo ni una hora completa, cuando normalmente lo mío era tirarme mañanas enteras devorando páginas casi sin cambiar de postura; veo el inicio de una película y, cuando me despierto, el final, y escuchar música, mi forma preferida de relajación, se ha convertido en una irritante búsqueda de “a ver qué me pongo” porque nada me apetece, aunque peor llevo lo de los juegos en internet, pues de estar orgulloso de mi saber estar y juego limpio, ahora, cada vez que pierdo en algo, que suele ser lo más frecuente, me irrito con una sublime facilidad y apago el ordenador, y ya no digamos cuando se trata de las tareas más convencionales: aseo, vestirse, limpiar, cocinar, fregar… Por lo menos, cuando me quejo y maldigo, como lo hago en voz alta, me escucho y tengo la sensación de no estar solo.

Y el caso es que al principio este confinamiento fue acogido casi como algo festivo: los estudiantes se libraban de ir a clase, otras personas de ir al trabajo, otras llenaban la mesa del comedor de portátiles y móviles para trabajar desde casa, los papás iban a estar más tiempo con los hijos, se devanaban los sesos para inventar juegos y distracciones, se montaban discomóviles en los balcones, etcétera, etcétera, etcétera… Pero todo se volvió un bucle, una rutina, un “otra vez lo mismo”… Y sí, todo esto es necesario, es la pura verdad, pero… En fin, no soy quien para dar consejos a nadie pues ya tengo bastante con mis batallitas espirituales particulares, aunque eso no me impide imaginar cada domicilio como un puchero donde se van cociendo diferentes personalidades a fuego lento, y mucho tendrán que poner todos de su parte para que el resultado final, cuando este puñetero virus tenga a bien largarse, sea, al menos, un buen caldo.

La soledad te empuja al diálogo interior, aunque lo cierto es que siempre estamos dialogando con nosotros mismos, sin embargo, rodeados de gente, o de estímulos de toda clase, nuestro cerebro tiene otras distracciones y sus elucubraciones están algo mediatizadas. El caso es que esa voz interior hace que nos vayamos auto – conociendo, mostrándonos nuestras luces y nuestras sombras como un espejo inmaterial que nos devuelve nuestra propia imagen. Pero no es tan fácil, pues los seres humanos somos mucho más complicados y no tenemos una única voz, sino varias, y ahí es donde llegan las contradicciones, los errores, las paranoias, las luchas internas que, irremisiblemente, nos conducen hacia alguna derrota. Y es que tenemos la tendencia a reconocer con más facilidad nuestras escasas virtudes que nuestros muchos defectos y, cuando llegan momentos en la vida en que no tenemos más remedio que vérnoslas a solas, cara a cara, con nuestro propio yo, nos abofetea la realidad. Así que, tras más de un mes de cuarentena estoy en disposición de decir lo que aseguró el inolvidable Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”.

Cuídense mucho y que les sea leve.

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De aquellos polvos llegaron estos lodos.

DE AQUELLOS POLVOS LLEGARON ESTOS LODOS

Dicen que ya ha llegado la primavera, pero yo no sé si creérmelo o no porque desde mi ventana solo alcanzo a ver una calle vacía por la que no transita prácticamente nadie, y no puedo salir para confirmarlo…

“- Cuentan de un reino que tenía la mejor sanidad pública del mundo, pero ocurrió que una burbuja se fue inflando e inflando hasta que explotó y todo se vino abajo.

– ¿Una burbuja?

– Sí, una burbuja, eso que se hace grande y dentro no hay nada, solo aire.

– ¿Cómo las pompas de jabón?

– Exacto, pero en este caso hecha de casas vendidas a cuatro veces su valor, de créditos inflados y con intereses altos que casi nadie podría devolver, de hipotecas trampa que si no terminabas de pagar se quedaban con lo pagado y lo hipotecado, de depósitos bancarios que ya nadie volvería a ver, de acciones que bajaban inducidas por ventas masivas y algunos las acaparaban a costes muy bajos…

– ¿Pero eso no eran todo estafas?

– Claro, aunque lo disfrazaban bajo el eufemismo de “ingeniería financiera”. Y cuando todo esto se infló tanto que ya no podía resistir más, explotó y llegó la crisis.”

Pero es posible que ya haya llegado la primavera porque escucho cantar a los pájaros con más intensidad, o tal vez sea por el silencio… Y es que estamos confinados, como en un exilio, pero dentro de nuestras casas, por culpa de un virus, algo tan diminuto que no se ve y que no es ni tan siquiera un ser vivo, pero mata…

“- ¿Y qué pasó con la crisis?

– Pues lo que suele pasar: muchas empresas cerraron, muchas personas se quedaron sin trabajo, otras sin casa, otras sin dinero, mientras algunas aprovechaban la ocasión para pescar en río revuelto.

– ¿Y qué hicieron quienes gobernaban?

– Primero, poner parches, pero ya sabes que donde hay un parche, siempre hay un agujero y, si te descuidas, más grande que antes, y luego congelar y recortar…”

A veces, hasta me llega un vago aroma como a campo y a flores, aunque no podría definirlo con precisión porque dentro de mi casa solo huele a ambientador. Mientras tanto, decenas de miles de personas se infectan cada día y cada día mueren centenares, sobre todo, las más mayores…

“- ¿Congelar y recortar… qué y a quién?

– Congelar salarios a los funcionarios y a los jubilados, recortar los sueldos a los trabajadores, hacer más fácil el despido y recortar la financiación a todo lo que fuera público: administraciones locales, educación, dependencia, servicios sociales, residencias de ancianos, investigación y sanidad…

– ¿A todos?

– No, a todos no porque parte de la banca fue rescatada con dinero público.

– Pero lo devolverían, ¿no?

– No… así como tampoco se supo nada más de todos los fondos de ahorros perdidos, ni las pérdidas por malas gestiones, unas no intencionadas, pero otras sí…”

Ha estado lloviendo toda la semana, pero hoy un rayo de sol ha llegado hasta mi mesa a través de la ventana y me ha hecho sentir bien durante un momento, luego he vuelto a la inquietud que me acompaña porque en la radio hablaban de lo mal que lo está pasando el personal sanitario desbordado en hospitales sobrecargados y sin el material necesario para no contagiarse…

“- ¿Y qué hizo el Rey?

– Cazar elefantes.

– ¿Y los políticos?

– Echarse la culpa de los unos a los otros.

– Entonces, todo el mundo sería más pobre.

– Todos no, los ricos fueron más ricos e, incluso, hubo muchos nuevos que aprovecharon el momento para especular.”

Tal vez lo de la primavera sea una mentira que nos dicen para que mantengamos la ilusión, pero es difícil hacerlo cuando ves que hay miles y miles de personas que están trabajando para protegernos y encima tengan que exponer su salud y sus propias vidas porque otros no han hecho las cosas bien…

“- ¿Especular?

– Sí, realizando operaciones comerciales con la esperanza de obtener beneficios aprovechando las variaciones de precios que ocurren en un momento de confusión social, por ejemplo, ahora que se necesitan tanto en los hospitales los equipos de protección individual, como mascarillas, guantes, batas y gafas, o respiradores para las unidades de cuidados intensivos, pues hay quien las fabrica, las almacena y espera que vayan para venderlas al mejor postor…

– Pero eso no es ético

– La ética y la moral son conceptos que algunas personas solo las utilizan como armas arrojadizas para sus contrarios, pero jamás se las aplican a sí mismas. Recuerda que los ríos, cuando crecen de golpe, siempre lo hacen con agua sucia.”

Y es que pienso que realmente estaría bien que fuera primavera, aunque no la pudiéramos ver, como el cielo azul de Pekín que muchos de sus habitantes ya no recordarán, o el agua cristalina y transparente preñada de peces en los canales de Venecia, porque cuando todo vuelva a ser normal esos canales olerán de nuevo mal y el cielo de Pekín será otra vez gris y nosotros no nos daremos cuenta de que es primavera, aunque haya llegado…

“- ¿Y cómo siguió la cosa en aquel reino?

– Pues se potenció la creación de centros educativos privados, residencias privadas, hospitales privados, fondos de jubilación…

– ¿Para todos?

– No, para todos no, solo para quienes pudiesen pagarlos, mientras tanto se invirtió mucho menos en lo público con la consecuencia de menos personas empleadas, menos material, perores infraestructuras y, por lo tanto, peores servicios.

– Es decir, como antiguamente, un estamento privilegiado y otro casi ignorado.

– Más o menos y, como siempre, la diferencia entre los unos y los otros no es ni la honestidad, ni la capacitación, ni la inteligencia, es simplemente el dinero.”

Y es que siempre nos pillan con el pie cambiado, no tenemos remedio. ¿A nadie se le ocurrió hacer un inventario de las necesidades cuando vieron lo que se nos venía encima?… ¿Nadie revisa las condiciones de las residencias?… Son tantas las preguntas que me temo que no haya tantas respuestas… Por lo menos que nos dejen la esperanza de que este año, como toda la vida, también ha venido la primavera.

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De epidemias y otros miedos.

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Cuentan que un día se encontraron en un camino la Vida y la Muerte. “¿Muerte, ¿dónde vas?” – preguntó la Vida. “Voy a la ciudad, donde debo matar a quinientas personas con este nuevo virus”. Pasado un tiempo volvieron a encontrarse. “Muerte, tú me mentiste” – le echó en cara la Vida. – “Me dijiste que matarías a quinientas personas y mataste a más de mil”. “No, no” – se defendió aquella. – “Yo maté solo a quinientas con el nuevo virus, el resto se murió de miedo”.

La verdad, no ganamos para sustos. Cuando todavía no nos habíamos recuperado del paso de aquellas borrascas devastadoras, cuyas aguas anegaron multitud de ilusiones y cuyos vientos nos arrancaron de nuestra perezosa comodidad, nos llega la noticia de la aparición de un nuevo virus que, cual plaga enviada por la ira celestial, amenazaba con convertirse en una pandemia de dimensiones bíblicas. Pero había aparecido en China y China está muy lejos…

Sin embargo, en una sociedad globalizada como la actual, donde los productos “made in Spain” posiblemente hayan sido fabricados en cierta factoría ubicada en alguna ciudad asiática por mano de obra mucho más barata que la de aquí, el hecho de que un virus nacido en Wuham llegase hasta nuestras puertas era solo cuestión de horas. Y así fue…

Y se desató la tormenta…

Cierto es que la misión de los medios de comunicación es comunicar y es lo que hicieron desde el primer momento, incluso, tal vez, llegando a la extenuación del público y con poca efectividad porque, seamos realistas, ¿a quién le interesa la verdad?… La verdad no tiene morbo, no desata la adrenalina del misterio ni del suspense, no provoca el placer que se obtiene de hablar mal de otras personas e inventar monstruosidades… La verdad es aburrida.

Así que la masa desinformada, es decir, la inmensa mayoría, busca alimento entre las redes sociales con la avidez de quien necesita la dosis diaria de la mentira, ese psicotrópico que distorsiona la realidad ordinaria y nos hace percibir alucinaciones capaces de hacer olvidar nuestras propias miserias, olvidar nuestra propia verdad… Pero, como toda droga dura, la mentira es capaz de destruir mundos, de aupar a fantoches histriónicos hasta los sillones del poder y hacer que la razón se exilie y disperse y vayamos abocados a una sociedad alienada sin más horizonte que el escaparate de quincalla para turistas sin criterio.

Pero la batalla está perdida y da igual el empeño que pongan las autoridades en repetir consejos hasta la saciedad, pues la “infodemia”, esa corriente desinformadora que se propaga con más rapidez que el propio virus, es el “pan nuestro de cada día” y dogma de fe para la masa, por lo que todo el mundo discute cualquier hipótesis sobre el origen de esta recién estrenada infección: que si es un virus de laboratorio para desarrollar una forma de eugenesia con el fin de ahorrarse las pensiones, por su pertinaz querencia a ensañarse con las personas mayores; que si lo inventó una farmacéutica con la intención comercial de vender la vacuna que ya tendrían inventada, que si Bill Gates tendría la patente del Covid-19; que si es un virus surgido del enfrentamiento comercial entre americanos y chinos; que si solo se transmite en las zonas donde hay 5G… que si es una invasión extraterrestre… ¿Para qué seguir?

Lo que está claro es que todas estas teorías conspirativas, sin base ni pruebas ni razonamiento concluyente alguno, no ayudan a nada, sino todo lo contrario: difunden la confusión y expanden el miedo, y este sí que es un virus anímico peligroso y letal, cuyas consecuencias pueden ser amplias (económicas, culturales, sociales, sanitarias, etcétera), duras y duraderas.

Lo mejor sería poner en cuarentena a las redes sociales hasta que se les pase su febril “infodemia”, pero, si nuestro síndrome de abstinencia nos lo hace imposible, deberíamos vacunarnos con algo de sentido común y tomar la medicina de la realidad, aunque nos sepa amarga y nos cueste tragar.

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La romanica de oro.

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Hoy el sol se ha vestido de verano, aunque el calendario dice que estamos a mediados de febrero, y debe ser así porque en las laderas de las montañas se muestran las alfombras blancas y rosadas de los almendros en flor y al pie de los ribazos se acumula la suave nieve de sus pétalos de seda, en contraste con el jade de los algarrobos y el plata de los olivos.

Por encima, los pinares, densos y sombríos, observan indiferentes como se disuelven los trazos como hilos que dibujan los aviones bajo el fondo azul del cielo, mientras en el suelo ocre despuntan galaxias de los minúsculos botones amarillos de las jaras. Y al fondo, donde el horizonte se quiebra con la presencia opalina de la sierra y el valle se pliega en recodos imposibles, se vislumbran las choperas desnudas del río.

Callo y escucho… escucho la vida. Desde el alborozado parloteo de los pájaros confundidos, hasta el crujir de hojas secas al paso de los reptiles soñolientos, pasando por el zumbido monocorde de los laboriosos insectos o el aleteo de presencias etéreas que solo adivino. Simplemente sigo el camino y escucho.

Más abajo se cierran los huertos sobre sí mismos. Verdes, pletóricos, húmedos y, en su mayor parte, abandonados. El agua discurre por las acequias de sabor ancestral y moruno, buscando expandirse sobre tierras sedientas entre caballones dibujados por el afán del arado o el esfuerzo de la azada, pero cada vez se desvía con menos frecuencia hacia las terrazas de cultivo, y va a perderse de nuevo en el mismo río del que había partido.

Y sigo el camino acercándome al pueblo. Y aparecen las pequeñas granjas, antes bulliciosas, ahora silenciosas y vacías, desahuciadas a su decadencia del fracaso. Y entonces me doy cuenta de dos cosas: lo hermosa y fértil que es esta tierra y que en toda la mañana no me he cruzado con ningún ser humano…

Hay una leyenda en mi pueblo sobre que en algún lugar hay enterrada una “romanica” de oro, es decir, uno de esos instrumentos que sirven para pesar, compuesto por una palanca, dos brazos desiguales y un peso que se va moviendo por el brazo mayor, mientras que del menor cuelga el objeto a tantear. Y se basa esta fábula en que, allá por 1492, una vez tomada Granada, fue promulgada la expulsión de todos los súbditos del reino que continuaran abrazando la Ley Mosaica y no se hubieran convertido al catolicismo, edicto dictado por lo Reyes Católicos, pero impuesto realmente por las mentes oscuras de la Inquisición, para cuya resolución se les daba un plazo de cuatro meses en los que debían malvender sus posesiones y llevarse el producto de las mismas en letras de cambio, pues no podían sacar del reino moneda acuñada, oro, plata, armas o caballos. Ante esto, una familia de judíos residente en esta localidad decidió fundir todas sus monedas y joyas de oro y formar con ese metal una romana que, una vez pintada y trabajada, pareciera hecha de hierro viejo y, de esta forma, poder sacar su tesoro camuflado como herramienta de trabajo. Sin embargo, avisados los inspectores de que este caso se podía dar, comenzaron a inspeccionar detenidamente todo instrumento sospechoso. En vista de ello, nuestra familia decidió enterrar la susodicha romana de oro en algún lugar oculto y secreto para, en caso de regresar, poder encontrarla.

Huelga decir que sus deseos nunca se vieron cumplidos y ese pequeño tesoro, tal vez no el único, descansa velado en algún punto de nuestra escueta geografía.

Aquella expulsión dejó nuestras regiones empobrecidas, aunque unos pocos se enriquecieron con la rapiña de las tierras y casas adquiridas a tan bajo precio. Algo similar, aunque todavía a más gran escala, ocurrió con la expulsión de los moriscos dos siglos más tarde, y estos pueblos quedaron tan deshabitados, que fue preciso traer colonos del norte para repoblarlos.

Lo malo es que la historia se repite y ahora nos están expulsando de nuevo, eso sí, más democráticamente al no tener en cuenta la cuestión de fe, pero nos están echando de nuestras tierras y nuestros hogares al no valorar como se debe los frutos de nuestro trabajo, al no permitirnos vivir dignamente en nuestros pueblos, al privarnos de unos derechos que nos pertenecen por ser y existir. Y todo por la presión de las nuevas Inquisiciones de nuestros días: la Especulación, la Rentabilidad y el Beneficio fácil, es decir, la Avaricia, que nos prefieren aborregados en los grandes centros económicos denominados “ciudades”.

Pero nosotros sabemos que en el mismo corazón de nuestro pueblo hay un tesoro, porque en las fábricas no se hace comida, solo se transforma, y los alimentos nacen de nuestras tierras y de nuestras granjas y, si nos expulsan a todos, ¿qué comerán? ¿Comprarán las viandas a las grandes multinacionales, como hacen con el combustible, para ser cada día más esclavos de los poderosos?…

Por eso, al igual que hicieron aquellas familias judías que se llevaron las llaves de sus casas, llevémonos nosotros las nuestras cuando nos toque marcharnos porque algún día tendremos que volver a descubrir ese tesoro que siempre supimos que estaba aquí.

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Calles repletas de ausencias.

CALLES REPLETAS DE AUSENCIAS

Apenas hemos comenzado el año y ya hemos sido espectadores de varios desfiles de despedida acompañando a una vecina o vecino que nos dejó en su último camino hacia dónde nace el sol y reposan los cuerpos. Y eso mes a mes durante los últimos tiempos. Sin embargo, estas son circunstancias que forman parte de la vida, es lo natural. Lo malo es que cada vez se cubren menos huecos con risas infantiles y el pueblo se nos desvanece como anciano venerable: sentado al sol y con el mutismo de los recuerdos.

Ya reconozco más gente en las lápidas del cementerio que paseando por las calles, y eso que aquí nos conocemos todos. Por calles cada día más llenas de casas vacías que el tiempo desgasta y arruina y en cuyos balcones ya no florecen los geranios. Calles repletas de ausencias, plenas de silencios, donde todos los rincones están habitándose de soledad… Casas como losas cuyas inscripciones son evocaciones de los momentos perdidos.

Y los campos que antaño eran el orgullo y sustento de tantas familias, hoy languidecen como fértiles mujeres que perdieron la fe en el amor entre selvas de abandono. Solo algunos islotes sobreviven, mientras se mantengan con vida quienes los trabajan con romántico y empecinado empeño, más por costumbre que por negocio, pues ese ya lo agotaron aquellos señores con traje de chaqueta y coches de lujo que se enriquecieron más a cambio de insultantes limosnas.

Y se derrumban los ribazos levantados con esperanza y sudor, cegando los caminos abiertos por tantos pies cansados. Y en las acequias el agua corre hasta perderse. Y las ranas se transforman en lagartijas que huyen de los suspiros. Mientras que en las épocas de cosecha los frutos se caen de maduros creando una alfombra de futuros muertos.

Y lo que no muere se aleja: servicios, trabajo y juventud, dejando los cielos plomizos del verano sin golondrinas, los aleros sin gorriones y a la plaza sin su árbol centenario. Pero desde la atalaya de su colina el viejo castillo nos conserva el pasado, tranquilo, sosegado y, seguramente, con una sonrisa de satisfacción, pues sabe que se acerca el día en que volverá a ser el dueño de todo esto, pero esta vez, poblado de fantasmas, pues igual que venimos de ella, estamos predestinados a volver a la nada, y todo lo que quedará de nuestras existencias será un breve guión entre el año de nacimiento y el de la muerte, la insignificancia de nuestra vida marcada en piedra para la posteridad. El resto será un vago recuerdo que, como polvo, irá cubriendo las calles de nuestro pueblo.

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