Tempus fugit

Él jamás antes había pensado en la muerte, pero en aquel día lo hizo con bastante frecuencia y en todas sus formas y representaciones… desde que lanzó su móvil contra la pared y se convirtió en una nebulosa de diminutas estrellas de cristal y plástico, lo cual originó que gritara su pequeña hermana, quien huyó despavorida del salón, y se incorporar su padre en el sofá como si lo impulsase un resorte, increpándole, también a gritos, “¡Pero te has vuelto loco!”, provocando que su madre derramara parte de la sopa de la cena por el suelo inmaculado, y que Él se fugara como un criminal pillado en plena tarea hacia el ocaso del día que se reflejaba en las ventanas de los últimos pisos de los edificios más altos… Y una espesa y oscura niebla se fue apoderando de su razón.

Una vez en la calle, sus pasos le fueron llevando por callejones cada vez más sombríos, silenciosos y vacíos, pasos que, sin proponérselo, ni tan siquiera meditarlo, le conducían con una voluntad propia y misteriosa hacia la estación de ferrocarril donde detuvo su carrera sin rumbo en el mismo borde del andén, y donde dejó que su mirada se perdiera en el camino de raíles paralelos que parecían invitarle a alejarse de su propia realidad… hasta que una voz a su espalda le hizo volver a sí mismo y girarse, lentamente, casi con temor de enfrentarse a algo inevitable, para descubrir que en uno de los bancos del fondo, junto a la pared de piedra y bajo el reloj antiguo de números romanos, le observaba un anciano parapetado dentro de un desgastado abrigo.

– No, muchacho, no… Ese camino sólo es de ida… Ahí no hay vuelta… – dijo negando con su cabeza de nieve. – Además, el último tren del día hace media hora que pasó…

Él sintió un escalofrío por todo su cuerpo y sus piernas, de nuevo con voluntad propia, dieron un salto que le alejaron del peligro… Cuando se dio cuenta de la situación, estaba fuertemente aferrado a una farola de luz mortecina, y allí se quedó hasta que se esfumó el vértigo que le había invadido.

– ¿Un desengaño amoroso, quizá?… – preguntó el anciano. – ¡Bah!, no vale la pena… – añadió sin esperar respuesta.

En el instituto Ella esperó infructuosamente toda la mañana: Él no apareció. Miró repetidas veces el WhatsApp y en una ocasión se percató de que el último mensaje enviado Él no lo había recibido… “Entonces no sabe que todo era una broma” – dedujo.  Y se sintió de pronto asaltada por una incómoda desazón. A escondidas, bajo la mesa, le envió varios mensajes: primero sólo emoticones, luego pequeños gritos silenciosos: “¿Por qué no me respondes?”… “¿No viste que todo era una broma?”… Para acabar con una súplica lacerada: “¡Por favor, no me ignores!” Y supo que debía salir porque iba a llorar de un momento a otro, que debía llamarle, que debía arreglar aquella tontería, aquel equívoco, antes de que todo se pusiera peor. Así que levantó la mano para llamar la atención del profesor de matemáticas.

– ¿Sí?… ¿Qué pasa? – preguntó el hombre.

– Me encuentro mal… ¿Puedo salir un poco?…

– ¿Qué te ocurre? – le volvió a preguntar mientras se le acercaba evidentemente interesado.

– Me mareo… y tengo ganas de vomitar… – respondió Ella, sin faltar a la verdad.

Entonces el profesor afirmó.

El anciano le hizo señas para que se acercara y tomara asiento a su lado y Él, un poco confuso todavía, lo hizo.

– Yo también vine una vez, hace muchos años, a buscar ese camino como has venido hoy tú… – se detuvo para observarlo unos segundos. – Yo también pensaba que el mundo se acababa con cada tropiezo y que cada adiós era definitivo y sin esperanza… pero, ya ves, me equivocaba… – y su boca de dientes blancos y perfectos de dentadura postiza dibujó una agradable sonrisa. – Llegué también hasta el mismo borde del andén y esperé… El tren llegó y pasó, y yo seguía ahí, de pie, mirando sus luces que se alejaban… Era el último tren del día, así que decidí esperar al primero del día siguiente, pero, cuando lo vi llegar, amanecía, y me pareció tan hermoso que me quedé sentado contemplando la aparición del sol… – y comenzó a levantarse, lenta y pesadamente. – Y ahora, cuando me llegan esos momentos de tristeza que suelen acompañarnos durante toda la vida, vuelvo para recordar que todos los días pasan trenes, pero que yo sigo aquí. Y sigue amaneciendo… y al final te das cuenta de que nada es definitivo, sólo el paso inexorable del tiempo. ¿Lo comprendes?…

– Sí – dijo Él en un susurro. – Pero en realidad yo no sé por qué he venido…

El anciano, ya de pie, lo miró con ternura.

– Eso es normal, lo importante es que siempre exista un después para poder saberlo.

Ella marcó el número y esperó, pero nadie respondía. Volvió a hacerlo de nuevo. Y otra. Y otra… Nada. Deambuló por el patio, que se iba llenando en la hora del almuerzo, y se topó con sus amigas.

– Pero ¿qué te pasa, tía? – le preguntó una.

– A mí no me engañas… – dijo otra. – Tú no estás enferma.

– A ti te pasa algo con el friki ese – afirmó una tercera.

– ¡Dejadme en paz! – pidió Ella.

– ¿No me jodas que todo esto es por el friki?

– ¡No es un friki!, ¿vale? – protestó Ella. – ¡Dejad de meteros con Él! ¡Es mejor que todos vosotros! – y miró a su alrededor para demostrar que incluía al resto.

– ¡Vale, vale! ¡Tampoco es para ponerse así! Nosotras sólo nos preocupábamos por ti… – dijo la primera.

– ¡Joder! ¡Ni tú podías caer más bajo ni el friki tan alto! – afirmó otra, y todas se echaron a reír.

– ¡Os queréis largar! – gritó Ella fuera de sí.

Y las otras se fueron entre risas y comentarios jocosos. Ella miró otra vez la pantalla del móvil, pero allí no había nada nuevo.

Hacía frío, pero no parecía importarle. No sabía cuánto tiempo llevaba en la estación, aunque tampoco intentó mirar hacia arriba, al viejo reloj con números romanos. “El tiempo huye, tempus fugit, como diría la profe” – pensó. – “El tiempo todo lo cura, como dice mi padre. El tiempo…”

– ¡Por fin te encuentro! – la voz de su padre cortó el hilo de sus pensamientos. – Llevo toda la noche buscándote.

– Perdona, papá – musitó Él sintiéndose aliviado.

Pero su padre no dijo nada, simplemente tomó asiento a su lado, sin mirarle, sin hablar, con la mirada perdida en las mismas vías que Él había estado observando con cierta morbosa atracción, con sus pequeños ojos inteligentes detrás de sus gafas de montura de pasta, con un rictus de preocupación en su boca, con su rostro redondo de oficinista aplicado más pálido, si cabe, que de costumbre. Él comenzó a temblar y su padre, pensando que se debía al frío, se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros. Y entonces Él estalló en un sollozo profundo, dolorido, pero, al mismo tiempo, reconfortante. Su padre se limitó a cogerle una mano. Al cabo de unos minutos, cuando la calma regresaba su pecho, Él pudo hablar:

– Estoy harto, papá, estoy muy harto…

– Explícate.

– ¡No puedo más!… Me gustaría desaparecer, irme de aquí, esconderme en algún lugar donde nadie me conociera…

– ¿Y por qué?

– En el instituto, los que no se meten conmigo, me ignoran y me desprecian… las chicas se ríen de mí, incluso la que yo creía que era diferente, me toma el pelo… estudiar me cuesta más cada día porque no puedo concentrarme y los profesores me exigen más y más… no tengo amigos y me paso los fines de semana metido en casa o paseando solo por las calles… Papá, ¿por qué nadie me quiere?…

– Eso no es verdad – respondió su padre visiblemente afectado, – pero lo más importante no es que te quiera mucha gente, sino que te quieras tú, ¿me entiendes? – esperó un momento, pero Él se limitó a bajar la cabeza. – Si tú no te quieres a ti mismo, es difícil que lo hagan los demás. Respétate, no dejes que te humillen, eres lo suficientemente inteligente como para librarte de ellos, y aprende a ser fuerte, sabio, capaz de valerte por ti mismo…

– Pero tú no sabes el infierno por el que estoy pasando…

– Sí, sí que lo sé porque yo también lo pasé, pero el tiempo todo lo arregla y ahora muchos de aquellos que me martirizaban vienen a mi despacho para que yo les solucione lo que ellos no saben arreglar, y me cuentan sus miserias, y me suplican que les ayude, y me pagan, sí, me pagan porque dependen de mí, de aquel empollón atontado del que tanto se reían…

– ¿Eso es verdad? – preguntó Él bastante sorprendido.

– Claro que es verdad. Anda, vámonos a casa que tu madre estará muy preocupada.

Cuando se alejaban de la estación, se escuchó el paso del primer tren del día. Amanecía.

– Por cierto, ¿sabes cómo conseguí a tu madre?… pues con alegría, ternura y mucho amor… ¡que vacilen otros! – y se echaron a reír mientras le pasaba el brazo por los hombros. – ¡Cuánto miedo he pasado esta noche! – añadió.

Cuando se acercaba a toda carrera a la puerta del instituto, vio con espanto que los autobuses ya estaban allí. Aceleró mirando a las ventanillas y con el libro de poemas que Ella le había dejado la semana anterior para preparar el tema del Barroco mostrándolo en lo alto de su brazo, como saludando a quienes estaban sentados en los vehículos. Todo el que lo veía se reía y lo comentaba, por lo que se iban asomando cada vez más para verle llegar. El cachondeo era total. Justo cuando llegó a la altura del autobús de Ella, éste arrancaba.

Ella estaba sentada en los últimos asientos del autobús, hundida en ellos, pensativa y cabreado con el mundo. Sus compañeras y compañeros, inesperadamente, se levantaron de sus lugares y se abalanzaron a las ventanillas laterales entre carcajadas y burlas.

– ¡Chica, que te estás perdiendo otra payasada de tu enamorado! – se mofó una.

Ella saltó de su asiento y miró por la ventanilla trasera. Allí estaba, casi sin aliento, sonrojado por el esfuerzo, pero sonriente y mostrándole el libro de poemas, que le dejara días antes, abierto por una página que no pudo identificar.

Él, agotado, la vio a Ella sonreírle y decirle adiós con la mano. Su corazón pugnaba por salirse del pecho y sus pulmones necesitaban aire urgentemente, así que se sentó en la acera y leyó, una vez más, el poema que había elegido para decirle a Ella que Él nunca se rendiría:

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
sombra que me llevare el blanco día, 
y podrá desatar esta alma mía 
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera 
dejará la memoria, en donde ardía: 
nadar sabe mi llama el agua fría, 
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, 
venas, que humor a tanto fuego han dado, 
médulas, que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido; 
polvo serán, mas polvo enamorado.

“Cierto que el tiempo corre, no te puedes descuidar” – pensó ya más calmado. – “En fin, mañana volverá a amanecer.”

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