Ruido

Al buscar el tema en un comentario de texto, por ejemplo, la mayoría de las personas se quedan en lo anecdótico y nunca llegan al meollo del problema. Eso es el ruido, ese estruendo de incomprensión que domina, cada vez con más frecuencia, las relaciones humanas.

Y yo no sé cómo evitarlo. A medida que los días se convierten en meses y estos en años, voy perdiendo la armonía y se apodera de mí el ruido. Y no sé cómo impedirlo.

Cuando las palabras se convierten en agravios ¿cómo usar la voz abanderada de tu más íntimo estado? Cuando las caricias se vuelven ofensas, ¿cómo dibujar tus sensaciones más tiernas? Cuando una opinión es casi injuria, un pensamiento un ultraje, una mirada una insolencia y un poema una declaración de guerra… ¿qué me queda? Y si guardo silencio, crecen sospechas como la mala hierba en campo abandonado.

Si hay ruido, no hay perdón. Lo vano se transforma en tragedia, lo mínimo se agiganta y todo lo llena, todo se complica, todo se adultera, y hasta la más perfecta flor se corrompe ahogada en las aguas fecales de los rigores y las firmezas. El mundo se vuelve frío, desabrido y cubierto de asperezas y hay temor hasta de nombrar el propio nombre, no vayan a incumplirse algunas nuevas normas gramaticales de número o de género o, quizá, alguna de esas quimeras soñadas por estetas.

Si hay ruido, se oculta el problema. Y nuevos, o nuevas, o nueves líderes de discursos vacuos, producto de mentes pueriles, los vociferan al viento dispersando semillas de discordia que germinan en campos baldíos ansiosos del polvo de los lemas aprendidos. No hace falta un dios para crear fundamentalistas. Pero el verdadero problema sigue ahí, oculto entre los ropajes viejos que pronto pasan de moda.

¡Hay tanto ruido!… Y las palabras se prostituyen. Libertad, amor, justicia, igualdad, tolerancia, amistad, diálogo… y tantas otras que trabajan para el beneficio de sus proxenetas; y se estiran o se encogen, se desvanecen o se contorsionan hasta amoldarse a las manos que las aferran. ¡Y hacen tanto ruido!…

Tened mucho cuidado con las palabras, con los gestos, las caricias, opiniones, suspiros, canciones, sueños, pensamientos, poemas, dibujos, vestidos, piropos, miradas… incluso con los silencios. Siempre habrá alguien que considere peligrosa cualquier pequeña cosa y os hará pagar vuestra osadía. El ruido es implacable.

A este paso, no lo podremos impedir: todos nos convertiremos en un eco más de este ruido que nos aísla y nos sentencia.

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