La cajita.

“Sabemos cuál es su mayor deseo. Aquello que más anhela. Pero, ¿realmente usted lo sabe…? No, no nos referimos a los clásicos genéricos como: salud, dinero o amor, sino a su gran deseo concreto. ¿De verdad que sabe cuál es? Si es así, perfecto, pero si no lo tiene muy claro y quiere descubrirlo, tan sólo tiene que enviarnos 5 € al apartado de correos 232323, en concepto de gastos de envío, adjuntando sus datos personales, y en unos pocos días lo recibirá en su propio hogar”.

Este fue el escueto anuncio que Nico leyó en el periódico aquella mañana lluviosa mientras almorzaba en el bar. Solo, como siempre, al margen de sus compañeros y compañeras de la oficina. Y se preguntó dónde estaría la trampa. Aunque no parecía haberla ni comprometía a nada, y tan sólo pedían 5 euros. Claro que si picaban muchos incautos, cada uno enviando esa cantidad, por pequeña que fuera, podría ascender a una gran suma. Sonrió por lo absurdo y sencillo que parecía. Sin embargo, las primeras frases  tiraban a dar porque todos pensamos que tenemos muy claro cuáles son nuestros mayores deseos, pero el mayor… Si intentaba pensarlo, se le iban amontonando viejas frustraciones, antiguos anhelos, esperanzas agotadas, metas decapitadas, es decir, el típico batiburrillo de todo lo que quiso y no tuvo, o no supo retener, a lo largo de su vida, Ya llevaba un rato dándole vueltas al tema y realmente no había dado con la respuesta. ¿Qué era lo que más deseaba? Cuando parecía que se inclinaba por algo definitivo, le surgían dudas por los recodos y tenía que volvérselo a replantear. La camarera le trajo el café y se quedó mirando el anuncio. Nico la observó con curiosidad y le preguntó con un poco de sorna si ella ya lo había pedido.

– ¡Oh, no! – respondió la joven un poco azorada al saberse pillada en una indiscreción, aunque añadió seguidamente:. – Pero una amiga sí lo hizo.

– ¿Y recibió algo? – indagó Nico picado por la curiosidad.

– Pues no lo sé, hace casi una semana que no la he vuelto a ver.

– Igual consiguió aquello que más deseaba y se ha marchado dejándolo todo – bromeó Nico.

– Pues igual – respondió la chica forzando una sonrisa esquiva.

Al salir de la oficina seguía lloviendo, así que decidió volver al bar y tomar un café mientras llegaba el autobús. Sobre el mostrador reposaba el periódico doblado y mostrando el anuncio de la mañana en todo su esplendor. En el trabajo se le había olvidado, pero ahora de nuevo le llegaba el insistente martilleo de una duda instalada en su mente: ¿sería posible que no supiera cuál era su mayor deseo? Se devanaba los sesos rebuscando entre los recovecos de su memoria todo aquello que, desde la infancia, hubiera deseado, pero no lograba dar con la pieza más ansiada, aquella sin la que su existencia pudiera carecer de sentido. Sin embargo, la lista de cosas, tanto materiales como inmateriales, por las que se había sentido atraído y jamás había logrado era casi infinita, lo cual, si por un lado le daba a su vida una cierta sensación de vacío, por otro, le reconfortaba comprobar que, a pesar de esas carencias, había sobrevivido perfectamente.

En ese preciso instante, una señora apuntó el número del código postal en un pequeño block de bolsillo estirando la cabeza entre Nico y su café. La camarera, la misma de la mañana, le sonrió en un gesto de complicidad.

– ¿Ve, hay gente para todo?

Nico desvió la mirada hacia el periódico y tomó la decisión.

– ¡Qué más da! – se dijo a sí mismo en voz alta. – Voy a llevarme también el número del código por si mañana me sigue picando la curiosidad.

– No creo que se le olvide – aseguró la muchacha mientras secaba unos vasos. – Es el número del Diablo.

– ¿El número del Diablo? – preguntó sorprendido Nico.

– Claro, si multiplica entre sí las cifras de dos en dos, aparece perfectamente.

Nico revisó el número: 232323. Exacto: 2 por 3, 2 por 3 y 2 por 3 daban tres seises, o sea, el 666. Le hizo gracia la reflexión de la chica, quien se encogió de hombros. Y Nico marchó decidido a pedir su mayor deseo. Total, ¿qué podía perder?

Pasaron los días y no le llegaba nada. Así que su primigenia idea de que aquello pudiera ser un micro timo a gran escala arraigaba con fuerza en su ánimo. Decidió que lo mejor era olvidarse y dar por perdidos los cinco euros.

Una tarde, al revisar su buzón, le llamó la atención que varias vecinas sacaban de los suyos unas cajas azules, como de zapatos, aunque completamente cúbicas, a las que sostenían como si estuvieran hechas de un material extremadamente frágil, o contuvieran un peligroso explosivo, cargando con ellas hacia el ascensor, mientras sus miradas no se apartaban ni una fracción de segundo, como hipnotizadas, de aquel color ultramar que le recordaba a las pinturas de Yves Klein.

Pasaron varias semanas y, otra tarde, también en el ascensor de su finca, escuchó una conversación entre otras dos señoras:

– Ha venido la policía con un permiso del juez y han abierto la puerta delante de sus hijos. Pero no han encontrado nada.

– ¿Quieres decir que la señora Sánchez no estaba?

– No, ni rastro de ella.

– ¿Y la puerta estaba cerrada por dentro?

– Sí, incluso tenía la llave en el pestillo, muy mal hecho porque si le pasa algo, se tienen que romper la cerradura, como así ocurrió.

El ascensor se detuvo en el piso de Nico, pero éste no salió. Azuzado por la curiosidad, preguntó a las señoras:

– ¿Se refieren ustedes a la señora Sánchez, la que vive en el Quinto B?

– Sí – respondió la más enterada. – Es vecina suya.

– Sí, sí, claro. Por eso pregunto. Pero, ¿qué le ha pasado?

– Pues no se sabe – respondió la otra bien dispuesta en su papel de informadora mientras el ascensor volvía a ponerse en marcha hacia los pisos superiores. – Los hijos llevaban varios días sin saber de ella. Le llamaban al teléfono y no respondía. Así que vinieron y preguntaron por la finca y por las tiendas donde suele comprar y en los lugares que solía acudir, y nada  Lo denunciaron a la policía y ellos abrieron, pero allí estaba todo intacto: su móvil, ya descargado, encima de la mesa, la ropa en el armario, sus cosas de valor en donde solía guardarlas y hasta el dinero que había sacado del cajero sobre la mesa de la cocina junto a la compra ya bastante caducada. La única que no estaba era la señora Sánchez.

– ¡Vaya por Dios! – exclamó Nico quien acababa de recordar que la señora Sánchez era una de las vecinas que aquella tarde portaban una caja azul Klein como si cargaran el Santo Grial.

Todo esto le dio mucho que pensar aquella noche al bueno de Nico. A la mañana siguiente, mientras almorzaba, le preguntó a la camarera si había vuelto a saber algo de la amiga que había pedido su mayor deseo al apartado de correos que se anunciaba en el periódico, y ella le dijo que no, pero que su amiga era así, vivía a su aire y desaparecía y aparecía como los ojos del Guadiana.

De vuelta a casa siguió su rutina diaria y se dirigió a los buzones. Al abrir el suyo, el corazón le dio un volteo de campanario. Allí estaba, impoluta, perfecta, casi inmaculada, una de esas cajas azul cobalto. Nico no se dio cuenta, pero, dejando el resto del correo olvidado, cargó con ella como si estuviera fabricada de alas de mariposa y avanzó lenta, cuidadosamente, hacia el ascensor sin dejar de mirarla. Sólo escuchaba el tambor de su corazón interpretando ritmos atávicos. Hasta que, ya en su piso, la depositó sobre la mesa del comedor y se sentó a observarla durante mucho tiempo. Tanto que tuvieron que ser sus tripas protestando las que le devolvieran a la realidad.

Fue a la cocina y se preparó un sándwich. No sabía por qué, pero estaba convencido que aquella caja era la que, se suponía, le traería su mayor deseo. No había nada escrito sobre ella, nada en absoluto, ni un solo dibujo, ni una marca, nada, solo el azul hipnótico que tan famoso hizo al pintor francés, el que vendía espacios vacíos a cambio de oro. ¿Sería aquello, acaso, una broma de un artista excéntrico?… No era una idea descabellada.

Masticaba con lentitud sin apartar la vista de la caja. Cuando acabó su frugal cena, decidió abrirla. Simplemente estaba cerrada por una tapa de cartón sin ataduras ni cintas adhesivas, nada. Puesta encima tal cual. Así que la levantó con las dos manos, eso sí, con sumo cuidado, como si estuviera celebrando un rito religioso o algo parecido. Deposító la tapa, la cual era del mismo color en su parte interior, sobre la mesa y asomó su rostro en busca del contenido. En su pecho el corazón continuaba su concierto desatado. Dentro, todo era azul, extremadamente azul, y en dos nichos perfectamente calculados habían encajado un sobre azul y otra cajita diminuta aunque, en este caso atada con una cinta de seda azul, como no.

Curiosamente, Nico no parecía ni sorprendido ni desilusionado. Cogió el sobre con delicadeza, desplegó la solapa y extrajo de él un folio doblado, blanco, sobre el cual, con tinta azul y en una letra de primorosa caligrafía, posiblemente escrita con pluma, le decían lo siguiente:

“Estimado Nico…

Esta pequeña cajita contiene aquello que usted más desea. Le damos nuestra palabra, pues es posible que todavía no lo tenga claro, pero con el tiempo comprobará que es así. Puede usted conservarla dentro de la otra caja más grande, tal y como la ha recibido, o sacarla y colocarla en algún lugar visible para poder contemplarla cuando le apetezca. Eso se lo dejamos a su gusto. Como le prometimos, ya su deseo es suyo sin ningún compromiso más. Disfrútelo durante toda su vida. Sólo hay una condición: no abra jamás la cajita, pues entonces todo nuestro acuerdo cambiaría. Sabe que posee lo que más desea y eso debe bastarle. Tenga fe en sí mismo y no ceda a la tentación de abrir la cajita.

Le deseamos lo mejor.

Atentamente”

Venía sin firmar.

La desazón comenzó a hacer mella en Nico. ¿Cómo es posible que su mayor deseo cupiera en aquella minúscula cajita? ¿Todo se reducía a aquello?… No podía ser… Y, encima, él no sabía cuál era su mayor deseo. No, no lo sabía, ¿De qué le servía, pues, tenerlo allí encerrado en la cajita si no sabía los que era? ¿Y por qué le prohibían abrirla? ¿Qué condiciones podrían cambiar si él no había firmado ninguna condición? Si sólo se había limitado a enviarles cinco euros y darles su dirección para que se lo enviasen.

Nico miraba la cajita en busca de unas respuestas que ella parecía incapaz de darle. Con delicadeza, como si fuese un artificiero manipulando una peligrosa mina, extrajo la cajita y la sopesó en la palma de su mano. Curiosamente pesaba más de lo que aparentaba a primera vista. Incluso, dedujo, era posible que pesase más que la caja grande que la contenía. La sostuvo entre el índice y el pulgar de su mano derecha alejándola lo máximo posible para darle una nueva perspectiva. Seguía siendo una cajita azul ultramar o cobalto oscuro, de cartón duro y resistente, y lazada con una cinta de seda del mismo color. La colocó en una balda de la estantería, entre sus libros preferidos, y se percató de que destacaba sobremanera. Probó en diferentes lugares y en todos se produjo el mismo efecto. La cajita llamaba la atención allá donde fuera colocada. Era como si poseyese un magnetismo especial. ¿Quería decir eso que contenía algún tipo de fuerza que le daba cierto poder sobre él?… ¿Contendría realmente su mayor deseo?… Pero, ¿cómo saberlo sin abrirla?…

La noche se le fue consumiendo entre la indecisión de si abrir la cajita o no abrirla. El impulso de deshacer el lacito de la cinta iba ganando terreno. Pero algo le frenaba, sin embargo ¿qué temía? ¿Qué podía pasar si la abría?… Seguramente la cajita estuviera vacía y todo fuera un juego para ponerle a aprueba, aunque, la verdad, es que pesaba bastante para su tamaño. Echó una mirada al reloj: marcaba las 6:35 de la mañana, estaba a poco menos de media hora de salir hacia el trabajo. Podía demorar la decisión hasta la tarde, pero quizá eso le estorbase para concentrarse en sus ocupaciones. Miró hacia la ventana: hacia el Este, más allá del famoso “skyline” de la vieja ciudad, clareaba la línea del nuevo día. Volvió la mirada al reloj: faltaban menos de diez minutos para irse. Con decisión, cogió la cajita y pasó el dedo índice sobre la cinta sedosa hasta llegar al lazo, donde buscó uno de los cabos y tiró de él. La cinta, tensa un segundo antes, cedió resbalando líquida hasta la mesa. Una tapita cuadrada era el último obstáculo hasta llegar a su mayor deseo. La abarcó entre el índice y el pulgar y tiró hacia arriba, cediendo con facilidad. La elevó unos centímetros y… Se fue la luz.

En el bar era la hora de los almuerzos. La camarera más joven estaba tomando la comanda de una de las mesas de clientes fijos. Cuando ya se iba a marchar hacia la cocina con los encargos, se volvió y preguntó por el hombre que siempre almorzaba solo.

– Se refiere a Nico – comentó una de ellas. – Pues no sabemos lo que ha ocurrido, pero ya lleva cerca de dos semanas sin aparecer por la oficina. Es un hombre bastante solitario.

La camarera se quedó mirándola un tanto pensativa, hasta que escuchó su nombre y se volvió hacia la barra, donde un repartidor sonriente le mostró un paquete que le habían enviado: una caja como de zapatos, pero cúbica, azul Klein, de cartón duro. Nadie le prestó demasiada atención, sin embargo, la chica se quedó hipnotizada por esa nueva presencia.

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