Reflexiones sobre la Resiliencia.

Los seres humanos somos la única especie sobre el planeta que no hemos necesitado evolucionar anatómicamente a lo largo de nuestra existencia con la finalidad de adaptar nuestros frágiles cuerpos al medio que habitamos: no hemos desarrollado branquias para respirar bajo el agua, ni alas para poder volar, ni cálidas pieles peludas para no perder nuestro calor corporal, ni duros caparazones para defendernos de nuestros depredadores, ni movimientos ágiles ni veloces para escapar de ellos, ni un largo etcétera de innumerables características que el resto de los animales han ido desarrollando, a lo largo de milenios, adaptándose a las circunstancias cambiantes que les rodeaban. En cambio, también somos la única especie capaz de vivir en casi todas las zonas de la Tierra y de superar aquellos retos que la naturaleza nos presenta.

Esta capacidad se debe, en gran parte, a nuestra facultad de crear objetos que posibiliten la realización de todas esas actividades que, en principio, están vedadas para nuestros cuerpos e, incluso, a poder modificar la naturaleza hasta acomodarla a nuestras necesidades. Actividad esta última que hemos ido realizando durante siglos y sin medida abocándonos, tal vez, hacia un futuro desastre. Y es que poseemos una mente capaz de idear, soñar y crear, además de compartir pensamientos o construir relatos, lo cual nos proporciona infinitas posibilidades y soluciones de las que el resto de los seres pobladores de este planeta carecen, por lo que deben ir adecuando la morfología de su especie mediante una selección natural de aquellos ejemplares más preparados durante un largo proceso.

Pero no solo con esa facultad estaríamos capacitados para enfrentarnos a la dureza del medio en que nos movemos, ni a los inesperados accidentes que nos pueden acaecer, ni a superar las imprevistas catástrofes naturales o las más comunes, aunque con frecuencia inopinadas, catástrofes humanas. No, pero para solucionar este posible defecto, nuestra mente posee otra capacidad superior e imprescindible: la de ir transformando nuestros hábitos de conducta aprendiendo de los errores cometidos, corrigiéndolos y reconstruyendo nuestros métodos de acción adaptándolos a los nuevos conocimientos, en una lucha continua entre nuestros pensamientos lógicos y nuestros sentimientos emocionales, lo que puede generar frecuentes situaciones de angustia, de sufrimiento psicológico o existencial, con los consabidos bloqueos, enfrentamientos y cataclismos. Sin embargo, la victoria de los primeros, aunque en ocasiones dura, ha sido necesaria para el éxito del homo sapiens sobre el resto de especímenes del planeta Tierra: las que todavía existen y las que hemos colaborado en su desaparición. Y esa capacidad no es otra que la resiliencia.

Según el filósofo, lógico y científico estadounidense Charles Sanders Peirce (1839-1914), considerado el fundador de la corriente filosófica del Pragmatismo, entre otras cosas, la mente del ser humano, necesariamente cognitiva, se esfuerza por comprender la multitud de signos que le rodea y con la que debe establecer un diálogo por pura supervivencia, lo que supone que ese mismo esfuerzo provoca el desarrollo de la capacidad cognitiva de la mente. Pero, ¿siempre el homo sapiens ha utilizado de una forma correcta y ética esta capacidad?

Toda persona está insertada en el tiempo, justo en un punto donde el pasado es algo totalmente irreversible y el futuro algo utópico, oculto e inaccesible. Y en ese punto temporal, cada ser humano se encuentra sujeto a su ego, con el que convive, aunque no llegue a conocerlo a lo largo de su vida. Pero la cosa, sin embargo, se complica un poco más, pues ese ego tiene que pugnar con otros egos que están en la misma tesitura que nosotros, a los que creemos conocer y que, con frecuencia, suelen decepcionarnos ya que en raras ocasiones responden como esperábamos y que, encima, irrumpen en nuestro espacio vital sin permiso previo. Esta es nuestra realidad más cercana, la cual ya sería motivo de un caos si no fuéramos seres resilientes capaces de analizar las pautas de conducta hasta elegir aquellas que nos permitan defender nuestra intimidad sin romper los lazos que nos unen a las otras personas. Pero ¿funcionamos realmente así?

¿Y cómo ocurre eso?, os preguntaréis. Pues bien, Peirce nos dice en este caso que la mente posee la capacidad básica de generalizar y, por lo tanto, de extraer de la experiencia aquellos elementos que llaman su atención, o bien por ser permanentes, o bien por redundantes, con lo que, de esta forma, se pueden crear reglas de conducta con las que prever tales hechos. Estos elementos, acoplados a la actuación humana, son los hábitos y ellos cambian a lo largo del tiempo modelados por múltiples sucesos: culturales, religiosos, políticos, económicos, etcétera, con lo que, si las reglas han llegado a ser formuladas como leyes, estas posiblemente se queden desfasadas y obsoletas, entonces deberán seguir la misma evolución que las pautas sociales para las que fueron creadas.

Claro que esto provoca no pocos problemas en todas las épocas sociales que se han considerado definitivas, que son la mayoría, pues si se admite que las leyes se derivan de un proceso evolutivo, eso nos obliga a reconocer que todas las sociedades están en continua formación y que, por lo mismo, no son perfectas… ¿Quién en este punto no escucha rechinar los dientes de aquellas clases políticas que tienen terror a los cambios? Aquí vendrían bien las palabras del propio Peirce cuando dijo: “…Hay tres cosas que nunca podemos esperar obtener por el razonamiento, a saber, certidumbre absoluta, exactitud absoluta, universalidad absoluta…”

Reconocer que la certidumbre es un mito es un ejercicio de humildad que no muchas personas están dispuestas a llevar a cabo, pues ello representaría reconocer, al mismo tiempo, que estaban equivocadas. Sin embargo, la misma naturaleza nos demuestra que toda ley tiene excepciones, errores y casos que se consideraban imposibles, por lo tanto, la mente, aunque se basa en lo permanente para establecer sus reglas, debe tener en cuenta que ese mismo suceso puede llegar a no realizarse o, por lo menos, no con idéntico resultado. Esa capacidad de apertura puede evitar bastantes sobresaltos.

Y todas estas reflexiones nos conducen a la utilización del instrumento más poderoso que poseemos los humanos, el lenguaje. Las palabras, esos signos capaces de abstraer la realidad hasta convertirla en algo tangible al mismo tiempo que etéreo, poseen una semiótica basada en la arbitrariedad, se ve continuamente alterada bajo la subjetividad de quienes desean adueñarse del discurso, desfigurando los contenidos de las teorías, de los mitos o del propio discurso e imposibilitando el diálogo y deformando la realidad bajo el prisma de unos intereses. Por ello, Peirce nos apunta que el universo humano no es la etapa precursora de la realidad, ya que el signo (hecho humano) no es el objeto (hecho natural), es decir: la mente no crea el objeto, él ya estaba, ella lo estudia y lo comprende. Para aprehenderlo debe nominarlo, pero el objeto existía antes que el nombre. El subjetivismo nos conduce hacia nuestro ego y relativiza la realidad deformada por nuestro punto de vista, sin embargo, el objetivismo nos hace transcender de nosotros mismos y nuestra época mostrándonos que la realidad existe con independencia del sujeto. Los signos son medios de comunicación imprescindibles que se formaron en libre albedrío y así deben mantenerse, dejando que evolucionen llevados por la inercia de la evolución natural. Lo contrario es convertirlos en mercenarios de objetivos particulares. Y si eso ocurre con nuestros signos y símbolos, pronto le llegarán las cadenas a nuestra propia voluntad.

Para que la capacidad resiliente funcione es indispensable el diálogo entre nuestro ego y todo lo que nos rodea y, de esta forma, percibir los cambios a los que debemos adaptarnos. Debemos abrirnos y obligarnos a dar, a comunicar, a apoyar, al mismo tiempo que aprendemos a recibir, a escuchar, a sentir… y es que el diálogo no consiste ni en un monólogo, ni un discurso, por mucho que nos digan lo que queremos oír. El universo no comienza en mí, ni terminará conmigo, yo no soy el centro sino un átomo de una pequeña molécula de la vida. Nada más y nada menos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s