Una de histrionismo.

Sé que soy un fraude y me acepto como tal.

En cuanto asomé la cabeza más allá de mi puerta, tras la que viví ese periodo de protecciones y quitamiedos que es la infancia, fui descubriendo en mi propio cuerpo, en mi propio razonamiento y, sobre todo, en mi propio mundo de fantasía, ya sin escudos ni chichoneras, el dolor de los golpes y el escozor de las caídas. De este modo se me perdieron la suavidad, la ternura y le inocencia… más bien huyeron, por lo que tuve la necesidad de probarme nuevas vestiduras con las que pasar desapercibido.

Los disfraces no han sido nunca mi fuerte, pero todo se aprende y, con el tiempo, se perfecciona, hasta el punto de creérmelo. Confieso que al principio no estaba nada orgulloso de ello, sin embargo, a medida que iba alcanzando mayor conocimiento del ecosistema en que me movía, llegué a reivindicar mi espacio vital conseguido con ficciones y defenderlo con astucias y artificios.

Sin embargo, la vida del pícaro es agotadora, pues tienes que reinventarte con mucha frecuencia, además de desarrollar constantemente las artes de la sutileza y la persuasión corriendo siempre el riesgo de ser desenmascarado, aunque eso no es lo peor, ya que, a veces, incluso llegas a desear que ello ocurra para poder descansar, sin embargo, llegar a pensar que tú eres el papel que representas, es poco menos que la muerte. Y eso suele ocurrir.

Pero, de pronto, algo sucede que no esperabas, con lo que no contabas, algo que no dependía de tus actos ni tu siempre calculador razonamiento tenía previsto… y te plantas cara a cara con la realidad. Es duro. Es confuso. Es perturbador…

En ese momento, tu armario de disfraces se ha quedado sin fondo, vacío. Nada te protege, nada te arropa, nada te sostiene… solo queda el yo, ese yo que estaba ahí dentro agazapado y cómodamente sentado mientras movía con deleite el joystick de tu vida, ese yo que no quería que nadie le viera, que nadie le conociera tal y cómo es, pues se negaba a mostrar sus debilidades y sus fortalezas, sus temores y sus bravuras, sus torpezas y sus aciertos, su mugre y su pulcritud. Ese yo pensaba que, si todas sus interioridades quedasen al descubierto, su castillo sería totalmente vulnerable.

Y ese momento llegó y me miré en el espejo hasta poder reconocerme. Era yo. Sí, era yo ese que me devolvía una mirada húmeda y torva. Esa mirada repleta de rencor por haberme obligado a mostrar mi desnudez, aunque solo fuera ante mí mismo. Esa mirada esquiva, huidiza, que pretendía aferrarse a un eco que se iba perdiendo más allá de mi propio reflejo… Era la cobardía.

Entonces me di cuenta de que tan solo había sido un farsante en un mundo de farsa, de parodia, de pantomima, en el que nunca llegué más allá del papel del novato, del pipiolo, y donde mi nivel de honestidad, palabra maldita donde las haya, estaba por encima de la media… Un mundo donde engañar es la moneda común con la que todo se comercia y con la que todo se especula.

Pero eso ya no importa: el pasado nunca cambia, solo cambian los relatos. Lo que fue, fue, digan lo digan. Y por lo menos mi yo desnudo, sin disfraces, lo sabe. Me miré profundamente y me prometí quererme.

He llegado a ese punto en que ya no me importa reconocer mis lunares, incluso voy a jactarme de mostrarlos; en que ya no tengo la obligación de opinar lo que no me apetece ni de callar lo que deseo gritar; en que ya no debo implorar saludos o sonrisas; en que ya no necesito admitir que se me juzgue sin conocer los hechos ni escuchar razones, allá cada cual con la verdad que se haya creado para su propia comodidad; en que ya puedo demostrar mis sentimientos sin miedo y sin vergüenza…

Sí, soy un farsante, un comediante de una obra mal escrita, mal dirigida y mal interpretada, pero es la mía y me basta.

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