La verdad, esa desconocida.

Es creencia generalizada afirmar que las personas amamos la verdad y aborrecemos la mentira, pero en la práctica cotidiana esto es una falacia desde el preciso instante en que somos incapaces de reconocer cuál es una u otra, o peor todavía, a causa de nuestra tendencia a creer como verdadero aquello que nos interesa y rechazar como falso todo lo que atenta contra nuestra forma de pensar.

Si repasamos la historia de la humanidad, parece que no es fácil apartar el grano de la paja, es decir, reconocer la verdad de aquello que no lo es, incluso cuando algo es obvio, pues cualquier afirmación siempre está rodeada de matices que pueden poner en duda su veracidad o, en mayor proporción, ese reconocimiento choca con el muro de la intransigencia que defiende lo que damos por incuestionable, sea por fe, tradición o miedo a reconocer que hemos estado equivocados. Así que la humanidad, por lo que parece, ha ido asentando sus variadas culturas en medias verdades o mentiras completas, sin ningún pudor ni remordimiento, pues, a base de repetirlas, las mentiras se convierten en verdades.

Que la verdad existe es algo indudable, pues en el universo todo es si concurre su contrario, ya que, de no ser así, no habría equilibrio, y puesto que la existencia de la mentira es algo bastante contrastado, ello es una prueba elemental para afirmar que la verdad es real, pero ¿dónde se esconde?, ¿cómo es?, ¿para qué sirve?…

La primera acepción del diccionario de la Real Academia Española sobre la palabra “verdad” : “Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”, tiende a presentárnosla como un concepto de lo más subjetivo, pues nada nos garantiza que todas las mentes se formen el mismo concepto sobre las mismas cosas, de hecho, podríamos apostar a que no es así, por lo que esta afirmación nos podría llevar a tener que admitir que hay tantas verdades diferentes como seres humanos en el planeta.

Algo parecido nos ocurre cuando leemos la segunda entrada: “Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”, lo cual tampoco nos soluciona demasiado el dilema porque únicamente la persona que afirma algo sabe realmente lo que siente o piensa, siendo optimistas, claro. En este caso, solo el individuo que lanza una afirmación sabrá si está mintiendo o no, el resto simplemente nos limitaremos a confiar en ello. Por lo que nos llevaría a afirmar que la verdad es un concepto bastante relativo.

Pero ya las dudas que iban penetrando en nosotros hasta ahora, a partir de la tercera acepción comienzan a dominarnos: “Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre sin mutación alguna”. Pero ¿hay algo inmutable en el universo?… Y sobre todo, si tomamos en cuenta la palabra “siempre”, esto se complica más, porque la conservación es algo limitado y temporal, luego, a más o menos velocidad, todo muda. Ya nos lo dijo Heráclito: “nadie se baña dos veces en el mismo río”, pues el río fluye y las personas nos modificamos. Puede que las propiedades de las cosas, sus reacciones y características se mantengan durante mucho tiempo, pero llegará un momento en que deje de hacerlo y entonces esa verdad dejará de serlo. De lo que deducimos que la verdad es algo temporal.

La cuarta acepción, a pesar de ser la que más seguridad ofrece, me da un poco de risa: “Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente”. Pues que se lo digan a los negacionistas. Y es que hoy en día, el pensamiento racional se está metamorfoseando en cualquier cosa perdiendo su coherencia: pensamiento comercial, consumista o simplemente alienado, tanto sea para vendernos objetos que en realidad no necesitamos, como vendernos humo con el que llenar nuestro vacío existencia. ¿Y qué pinta aquí la verdad a no ser que sea una simple herramienta empleada por el utilitarismo para la consecución de sus metas?…

La quinta define a la “verdad” como: “cualidad de veraz”, es decir, la de aquella persona “que dice, usa o profesa siempre la verdad”… Una bonita utopía que nos invita a ver la verdad más como algo idílico que real.

La sexta acepción se refiere a la “expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende”, lo que viene a ser: “decir al pan, pan, y al vino, vino”, con lo que nos devuelve a la primera entrada, pues esto es bastante subjetivo, ya que nada es lo que parece y todo depende del cristal con que se mire, es decir: la cultura, tradición, costumbres, moral, etcétera, de los sujetos que intervienen en dicha corrección. Entonces, la verdad es cuestión de perspectiva.

Y la última afirma que “verdad” es sinónimo de “realidad”, lo que no nos aclara demasiado porque tampoco la “realidad” tiene sus límites demasiado bien definidos. Ya lo decía Platón con su cuento de la caverna.

Así pues, parece que no vamos a poder descubrir la esencia de la “verdad”, lo cual es una verdadera pena. Sabemos que existe, que ya es algo, pero no podemos distinguirla porque es subjetiva, relativa, temporal, utilitaria, utópica, perspectivista y platónica… Complicado lo tenemos. Y encima, en realidad, tampoco tenemos demasiado empeño en conocer la “verdad”, pues cada cual nos sentimos cómodos con nuestra propia verdad y ¿para qué tenemos que escuchar otra que nos derribe nuestros castillos en el aire?

La verdad es una gran desconocida, sí, pero todos tenemos terror a plantarnos cara a cara con ella porque, seguramente, cuando la tengamos delante, no nos gustaría.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s