Desde mi ventana

Hay ventanas para mirar afuera y las hay para mirar hacia dentro. La mía es de las primeras. Ella me ha mostrado, desde mis primeros años, todo un mundo que ha ido variando en mi fantasía a medida que adquiría conocimientos sobre él. Mi ventana ha sido mi maestra y mis alas, pues por ella sé, por ella sueño y por ella deseo. A veces me olvido de sus rejas, pero es que mi ventana no se limita a sí misma, ni es tampoco mi frontera, ella se convierte en puerta de horizontes a pesar de asomarse a una calle estrecha. Y en verano, mi ventana, además de ojos, es orejas, y me trae los sonidos de la noche a enredarse junto a mi cama. Ella me escucha y yo le hablo en una conversación donde sobran las palabras. Sabe de mí tanto como yo mismo, y me esconde de quien evito, pero llama a todo lo que yo quiero que forme parte de mi alma. Sólo tiene dos problemas: desde ella no se ve el mar y apenas un par de estrellas, pero para eso aprendí a soñar…

Así comienza el cuento que da título a esta colección, Desde mi ventana. Mi ventana, la de mi habitación desde la que se ve una calle estrecha, aunque luminosa, de un pueblo olvidado en un valle de inviernos suaves, veranos calurosos y primaveras como otoños y otoños como primaveras; mi ventana, ese personaje no humano y no animado que ha formado parte de mi existencia desde que tengo uso de razón, esa pantalla natural por donde me pasaba, día tras día, el devenir de la vida. Tal vez realmente no viese el mundo a través de ella, quizá sólo lo soñase, lo idealizase, lo transformase en una historia más, pero sin duda alguna ella fue, durante mucho tiempo, el único vínculo de unión con los otros, con la otra realidad, y aquellas primeras experiencias vivenciales penetraron desde una calle real, aunque revestida de fantasía por mi parte, y penetraron en mi forma de pensar, en mi manera de ver las cosas. Luego, cuando me integré en aquel terreno inexplorado, la eché de menos, pues todo era más cierto soñado que vivido. La verdad no me gustó, era áspera, zafia, en ocasiones desagradable y, con frecuencia, olía mal… prefería mil veces mi entorno ficticio a aquel que se me presentaba con crudeza y en el que yo ocupaba el rol de un ser menor, marginado, timorato y repleto de complejos… En ese momento veía mi ventana desde fuera y ella me repetía: “¡Bienvenido a la realidad!”

Todas las pequeñas historias que aquí relato, vividas o soñadas, pero todas reales porque soñar forma parte de la vida, han sido componentes, en alguna forma, de mi esencia y, por extensión, de mí mismo, todas han sido experiencias que me han ido formando tal y como soy, que forjaron mi personalidad y me ayudaron a enfrentarme a un cosmos hostil donde tuve que abrirme mis huecos al precio de perder inocencia y ganar en dureza. Qué triste, pero ser sensible sólo te trae problemas…

¿Qué tienen en común todas ellas?… Pues a primera vista da la sensación de no existir una relación que les dé una excusa para aparecer juntas en una colección de cuentos, pero en su sustancia sí, pues mientras unas son vivencias, de alguna manera, propias, otras expresan mi forma de pensar, son un grito de protesta ante lo que no me parece justo, así, en el fondo, todas estas historias hablan de mí.

Ya veis, me he equivocado al principio, pues no es hacia afuera sino hacia dentro de mí, donde mira mi ventana.

En total Desde mi ventana se compone de veintitrés pequeños relatos verídicos, donde es difícil discernir lo real de lo imaginado, y una alegoría de la realidad. En seis de ellos yo soy el protagonista y, digamos, lo cierto aparece en un porcentaje mayor que lo ficticio; en otros siete esta dicotomía se equilibra casi al cincuenta por cien; en diez la preponderancia de lo artificioso es elevada, aunque siempre existe algo de la verdad que me circunda, y la alegoría, como su nombre indica, es un compendio de metáforas y símbolos de este mundo que todos compartimos y al que, a veces, es mejor tomar a cachondeo que con la gravedad que se merece.

         En varios de los relatos no encontraréis demasiada acción, son como evocaciones de algunos recuerdos, pero en otros, en cambio, la actividad lo llena todo; unos son reflexivos, serios, sin embargo también los hay en los que el humor y la ironía se apodera de ellos; el amor, en varias de sus facetas, es una constante, aunque la muerte también asoma su cara en bastantes ocasiones; los hay muy fáciles de entender y algunos algo complicados, y los que desbordan de realismo y los que resultan extraños por desarrollo o por su final, pero espero que, por una causa o por otra, no os dejen indiferentes.

         La mayoría de los cuentos ocurren en Castellnovo, sobre todo los que tienen algo de autobiográfico, así como los titulados Sin palabras, basado en la experiencia de un amigo en otra localidad, aunque yo lo reubiqué todo acá; El árbol, el cual existió realmente; Altos vuelos y Cuestión de fe, dos historias acaecidas, más o menos con cierta fidelidad a los realmente sucedido, en el antiguo colegio de los Hermanos Maristas, ahora la residencia de las monjas. El resto se me ocurrió o bien por noticias leídas en la prensa o escuchadas en la radio, o porque alguien me las contara.

         La más antigua de estás narraciones la escribí en diciembre de 2012 y la más reciente, en marzo de 2016, aunque los hechos que ellas se narran datan, en su mayor parte, de mucho tiempo antes y, en algunas ocasiones, han sido refundiciones de cuentos olvidados en el cajón de los intentos fallidos, sin embargo, supieron esperar y por fin llegó su momento. Decía Wislawa Scymborska que la mejor herramienta para un poeta es la papelera, pero yo discrepo con ella al pensar que toda palabra, al igual que toda persona, puede tener su oportunidad.

         De dos de estos relatos surgieron sendas obras de teatro que, en su momento fueron estrenadas: Un ramo con seis rosas, que está inspirada en Libre albedrío, y cuyo estreno corrió a cargo del Grupo de Teatro de la Agrupación Cultural Memfis de Castellnovo, y Las cosas no cambian, basada en el cuento del mismo título, llevada por primera vez a los escenarios por el Grupo Drama de Benetússer hace ya unos años, aunque en este 2016 han realizado un musical cimentado en ella. Así mismo, de la alegoría en cinco capítulos, cuyo título es En la ausencia, han surgido dos nuevas narraciones: Caminos a ninguna parte y Camino hacia el futuro para la web de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana del IES Cueva Santa de Segorbe que el alumnado de ese centro utiliza como material didáctico.

         Hablar de las motivaciones de este libro, como del anterior, también de relatos, La voz interior, o de los más antiguos de poemas, Espejismos o En el zaguán espera la noche, sería algo confuso y poco divertido, así que simplemente diré que a escribir me empujó la necesidad de dialogar y, si en aquel momento no había nadie más a mi lado, pues lo hice conmigo mismo por medio del papel.

Y de esta forma aprendí a volar, no con alas ni con naves, sino mediante la imaginación y la escritura como herramienta, pues cada vez que escribo un poema o un cuento o teatro, además de tener la capacidad de crear mundos de fantasía como un pequeño duende travieso y caprichoso, poseo el poder de desplazarme mucho más allá de donde mis piernas no pueden llevarme, algo que también me ocurre con la lectura, pues desde pequeño siempre he estado rodeado de libros que me han hecho vivir un sinfín de aventuras, conocer una inmensa cantidad de personajes de todo tipo, enamorarme, tener miedo, ser valiente o cobarde, morir y renacer en multitud de ocasiones, o vivir un increíble abanico de vidas porque leer en algo mágico.

© del texto: Antonio Cruzans Gonzalvo (Ancrugon)

© de imagen de portada: Antonio Cruzans Gonzalvo (Ancrugon) Hotel Masía Durbá, Castellnovo.

© del diseño de la edición: Eva Valero.

© de la presente edición: Sar Alejandría Ediciones – Solvenpas S.L.

IBN: 978-84-945655-3-3

Depósito Legal: CS.   – 2016

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