La culpa.

Una de las características de los seres humanos es su fragilidad. Desde que llegamos a este mundo caminamos en inestable equilibrio sobre la cuerda floja de nuestras relaciones sociales. Vivimos en manadas, pero estamos solos y solos decidimos y actuamos, en la mayoría de las ocasiones, sin la preparación necesaria y a impulsos de nuestro instinto; después ya lo razonamos.

En una partida de ajedrez valoras tus posibles jugadas y ves que todas ellas se abren en un amplio abanico que va desde la mejor a la peor posible y, de entre todos, solo puedes elegir un movimiento. Te decides por una pieza y la desplazas a la casilla elegida. Pero entonces, justo en ese momento, te das cuenta de que te has equivocado y ya no hay vuelta atrás.

Así es la vida…

En ocasiones el error no parece tan claro, incluso la jugada puede entenderse, en principio, como una ingeniosa audacia, aunque el resultado sea, al final, catastrófico. Y no importa que defendamos el movimiento con todos los argumentos posibles, la realidad es que has fallado.

Así es la vida…

De nada valdrá buscar excusas, todas resultarán justificaciones triviales, fútiles disculpas que no disminuirán tu error, lo agrandarán. Disfrazar los equívocos solo hará que destaquen más, emborronar las faltas será como poner señales, y lo que pretendes ocultar quedara al descubierto, desnudo, indefenso…

Así también es la vida…

Pero en el ajedrez, si tú te equivocas, pierdes y la otra persona gana, sin embargo, en la vida, con tus yerros no gana nadie. Tus errores causan heridas y suelen tener consecuencias. Nadie “se va de rositas.” Y es aquí donde aparece la culpa, ese “sentimiento de responsabilidad por un daño causado.”

La culpa pesa, ahoga, te deja sin fuerzas y sin ánimo para seguir y, como en los malos movimientos del ajedrez, no hay forma de disfrazarla, de maquillarla porque, en el fondo, tú sabes la verdad. Cierto que el tiempo todo lo difumina y que un día, quizá, llegue el olvido, sin embargo, la culpa es como la enorme piedra de Sísifo: si la tienes, debes cargar con ella montaña arriba y, cuando ya crees llegar a la cima, rueda ladera abajo y debes volver a empezar, y así día tras día. Es el castigo de los dioses.

Te surgirán tentaciones de adornarla ante los demás, por eso del “que dirán”, pero sabes que solo es otra mala jugada que te aboca, irremisiblemente, a perder la partida. En la vida un clavo no saca a otro clavo, simplemente hay dos clavos y la culpa se acumula, surge el remordimiento, el echarte en cara tu estupidez, aunque esto tampoco ayuda, pues el hoyo se hace más profundo.

Sin embargo, en el ajedrez hay ocasiones en que el contrario te coloca, como por error, piezas indefensas de cebo para que caigas en la trampa. Eso también ocurre en la vida y entonces te surge la culpa del pardillo: ¿cómo pude ser tan incauto?…

Aunque hay un caso que puede darse en la vida y no tiene reflejo en el antiguo y noble juego del tablero arlequinado: la culpa inducida, aquella que surge cuando te achacan un hecho que tú no has cometido o lo has hecho sin tener constancia de ello, pero que, a fuerza de extenderse el rumor, ésta crece en ti sin haber motivo. Y es que una mentira muchas veces repetida puede llegar a considerarse una verdad y luchar contra lo que la gente quiere creer es una batalla perdida.

En cualquier caso, la culpa es un peso que se nos viene encima, y nuestra existencia se llena de fantasmas y nuestra mirada busca cobijo en la tierra… Tal vez lo mejor sería no rechazarla, admitirla sea cual sea; aprender a cargarla; estudiarla, como se estudian en el ajedrez las malas jugadas para no volver a repetirlas, evitando, en lo posible, que aquel hecho que la creó no sea decisivo ni para tu futuro ni para el de las otras personas afectadas.

Y ya solo queda esperar el perdón, el ajeno y, sobre todo, el propio.

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