Cuando quieras saber lo que piensas, yo te lo diré.

CUANDO QUIERAS SABER LO QUE PIENSAS, YO TE LO DIRÉ

¿Qué nos está pasando?… ¿Dónde quedó aquel respeto por la verdad? ¿Dónde aquella búsqueda de pluralidad? ¿Dónde aquel afán por alcanzar una libertad plenamente democrática?… ¿Qué nos mueve a jalear a embaucadores y estafadores? ¿Qué motivación encontramos en aupar a los prestamistas de ilusiones? ¿Qué oscuros intereses nos empujan a divulgar la mentira?… ¿Qué nos está pasando?…

He intentado, desde que tuve uso de razón, crearme mi propia personalidad y, por descontado, mi propia opinión sobre las cosas. Al principio no fue demasiado complicado, pues todo consistía en informarte sobre un tema en cuestión contrastando diferentes opiniones sobre el mismo y, basándome en las coincidencias, posteriormente analizaba las diferencias e iba sacando conclusiones. Hoy eso es casi imposible. Hoy, cuando algo ocurre, los diferentes medios no dan distintas versiones de la misma noticia, no, pues es tan estrecha la dependencia existente entre estos medios y las ideologías que los sustentan que lo que dan son diferentes noticias de los mismos hechos e, incluso, algunos otros los ignoran por completo.

Hace años publicaba algún que otro artículo de opinión en ciertos rotativos regionales y locales. Lógicamente recibía comentarios tanto favorables como contrarios, lo cual siempre me ha parecido un ejercicio muy sano, aunque me llevase algún varapalo, pues de ello se aprende. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, comenzaron a llegarme rectificaciones de la dirección, tímidas al principio, pero categóricas al final. Claro, ante este afán de imposición ideológica, simplemente les dije que, si pensara al cien por cien como ellos, no sería yo, sería ellos y, como eso, por el momento, es imposible, pues me guardé mis opiniones para mí y dejé de colaborar. Cierto que posteriormente he llevado a cabo varios intentos de dejarme caer por otros medios y, ante mi estupor, no me los rechazaban por falta de calidad u otra cuestión técnica o artística, no, simplemente lo hacían por no estar dentro de su “línea editorial”, hermoso eufemismo para dejarme claro que no me los admitían porque no pensaba como ellos.  El caso es que este asunto habría tenido algo de lógica si hubiera enviado mis artículos a un determinado sector ideológico, pero es que me molesté en enviarlos a todo el espectro del arco iris recibiendo la misma respuesta de rechazo… Aunque, voy a sincerarme, les tendí un pequeña trampa consistente en enviar a cada uno lo contrario de lo que esperaban, pero eso no disculpa su falta de criterio democrático… Y a causa de ello, lo reconozco, me ha surgido un problema de identidad y no dejo de preguntarme si no seré un marciano…

Pero, más triste todavía, es que a estos medios convencionales de comunicación les quedan tres meriendas, ya que la opinión pública viene determinada, cada día más, por lo que se diga en las plataformas de internet, sea por los nuevo gurús del momento; los y las influencers (palabra que algo tendrá que ver con la influenza, digo yo, por lo menos en los que se refiere al contagio), sea por los sempiternos cazadores de illuminati, siempre obsesionados por supuestas teorías conspirativas que hacen que nos desviemos de los problemas reales y, seamos sinceros, contra estos fenómenos no hay forma de luchar, por lo menos por el momento, pues, afortunadamente, todo lo que nace, también muere.

El ágora actual, y también el Parlamento, no nos engañemos, ya que los políticos suelen hablar más por estos medios que en aquel foro, al cual solo van para insultarse y justificar sus emolumentos, son las plataformas informáticas como Facebook, Instagram, Tumblr, Twitter, WhatsApp… por nombrar algunas de las más conocidas, donde todo el mundo dice lo que quiere sin tener en cuenta las consecuencias, o con premeditación y alevosía que es mucho más grave. Seguramente habrá muchas voces que me echarán en cara lo que digo porque considerarán que este ejercicio de opinión es el sumun democrático y de libertad, pero me temo que la libertad la estamos utilizando como ese juguete nuevo que usamos por intuición y sin habernos leído el manual de funcionamiento, es decir, mal y con peligro de que se nos rompa.

La libertad de expresión es una cosa y la de mentir, otra. Todos podríamos aportar, seguramente, infinidad de casos de lo que digo, pero da igual, la masa se cree lo que quiere creerse y lo demás no importa. Claro que, cuando ocurren casos que alcanzan la cima de lo absurdo, entonces decides que tal vez lo mejor sería desconectar internet o utilizarlo simplemente como divertimento: en plan de que te cuenten historias, como nos ocurrió hace poco a un amigo y a mí: “Hacía tiempo que este amigo y yo no pasábamos un rato de cháchara y, aprovechando que iba a estar por mi zona por cuestiones de trabajo, quedamos para comer juntos. Ya por el café, recibo un mensaje de WhatsApp de una persona conocida de ambos con ánimo de chatear, lógicamente yo le informo que en ese momento no podía pues estaba acompañado de Fulanito, y cual no es mi sorpresa cuando ella me indica que eso no podía ser ya que sabía que Fulanito había sido ingresado muy grave a causa del Covid19, contagiado en una fiesta celebrada unas noches antes en una playa. Asombrado por la noticia le dije que estaba equivocada, pero ella me aseguró que no, que mi amigo, el mismo que veía rebosante de salud al otro lado de la mesa, estaba ingresado en la UCI de tal hospital en un estado bastante preocupante y que sus fuentes eran de toda confianza. Ante ese empeño suyo, y mosqueado por su desconfianza hacia mi palabra, nos hicimos un selfi (palabra de procedencia inglesa que, curiosamente, significa “egoísta”) y se lo enviamos asegurándole que en aquel preciso instante él estaba comiendo a mi lado, a lo que la informante me respondió con sarna y condescendencia: “Va, tío, que todos sabemos que todavía no hay ningún restaurante abierto en tu zona”. Supongo que aquella información también le habría llegado de una fuente de toda confianza. Ante tanta seguridad me entró la duda de si no estaría viviendo una vida paralela, por lo que le hicimos una video llamada y no tuvo más remedio que dejarse vencer por las evidencias: la de que Fulanito estaba perfectamente y disfrutando de una sabrosa comida en mi compañía, la de que los restaurantes de mi zona estaban abiertos y sirviendo sus estupendos menús y, la que más le dolió, que sus fuentes no fueran muy potables, sino más bien andaban necesitadas de algún tratamiento urgente a base de cloro.

¿Y qué podemos hacer ante todo esto?… Pues no lo sé, nosotros, en aquel momento, nos reímos, aunque la verdad es que la situación resultaba muy penosa. Pero no hay que perder el buen sentido humor. El humor es el mejor refugio para el dolor, para la soledad, para la ansiedad, para todo… Y más en esta época de confusión en la que incluso el humor está siendo atacado, vilipendiado, perseguido, pues ha surgido una nueva forma de censura infinitamente más sofisticada que la trasnochada y anacrónica franquista: lo correctamente político. Así que ¡ojo!, hay que tener mucho cuidado con los chistes que se cuentan, pues siempre habrá un colectivo al que le puedas molestar y, ¡cuidado!, muchos se conformarán con quejarse o, si son algo más quisquillosos, denunciarte, pero otros, esos con una carga importante de odio y mala leche, pueden llegar bastante más lejos.

Sin título-1

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