Relojes parados.

RELOJES PARADOS

Los relojes están parados, sin embargo, el tiempo sigue, pasito a pasito, segundo a segundo, inevitablemente desfilando. Cuando yo era un niño y veía algún partido de fútbol en la tele, si se adelantaba en el marcador mi equipo favorito, la apagaba con rapidez en un intento de mantener el resultado, pero en la mayoría de las ocasiones mi tentativa no daba fruto. Y ahora, me temo, ocurrirá lo mismo.

Todo el mundo estamos aguardando con impaciencia a que se acabe esta pesadilla para volver a la “normalidad”, a la rutina, a nuestras formas de vivir anteriores… Algo que en el fondo me inquieta, pues seguramente eso también llevaría implícito retornar a los mismos errores, ¡y han sido tantos! No obstante, tengo la esperanza de que no ocurra así y para ello me aferro a la máxima de Heráclito de Éfeso: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, sencillamente porque si yo me baño en un río y vuelvo al día siguiente con la misma intención, ni yo ni el río seremos los mismos que el día anterior. Y es que la creación entera está en un constante cambio, todo fluye sin parar, todo se transforma.

Así pues, por mucho que nos empeñemos en detener los relojes, esto no va a ser un “impasse”, ni mucho menos un tiempo muerto, pues cada momento que vivimos la transformación continúa y deberíamos saber aprovechar esa inercia natural para ir aprendiendo un poco más de nosotros mismos y de lo que nos rodea, e ir adaptándonos a los nuevos retos que se nos van planteando. No es cuestión de hacer una tragedia de esto, ni mucho menos, la humanidad ha recibido golpes más duros a lo largo de la historia, pero hay que saber encajarlos y sacar conclusiones válidas que nos permitan seguir evolucionando, si puede ser, a mejor.

No podemos parar nuestros relojes esperando reiniciarlos en un momento del pasado, sobre todo porque muchas personas ya no estarán y sin ellas nada puede ser lo mismo, pero también porque ha surgido un temor, invisible y oscuro, aunque existente, que marcará las relaciones sociales; porque muchas personas saldrán perjudicadas en sus trabajos, en sus negocios, en su economía familiar; porque los niños no tendrán tan fácil lanzarse por los toboganes, ni querer alcanzar las nubes con los columpios, ni abrazarse en las guarderías o jugar en el patio del colegio; porque ni los teatros, ni los cines, ni los campos de fútbol, etcétera, podrán estar llenos de espectadores, pero para qué seguir… Nada va a ser ya igual que antes, aunque no por eso esté todo perdido, no, todo lo contrario, pues de nosotros depende que vayamos encajando nuestras vidas en los nuevos huecos en cada momento.

No es comenzar nada nuevo, sino seguir y, como siempre ha ocurrido, para caminar hay que tener ganas y fuerzas para hacerlo, optimismo, ilusión y, no lo olvidemos, solidaridad, pero de la buena, a ver si algún día hacemos que sea falsa la triste realidad que dejó escrita en una de sus novelas Niklas Natt och Dag, “resulta curioso cómo las personas se apresuran a ayudar a quienes no lo necesitan, mientras dan enormes rodeos para evitar a los pobres y menesterosos.”

Pongamos ya en marcha nuestros relojes y en la hora exacta.

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Un comentario en “Relojes parados.”

  1. Relojes que iniciarán nuevas épocas, nuevos valores, nuevos retos para el gobierno, las empresas, los ciudadanos. Asumamos el desafío.
    Un abrazo Antonio, cuídate

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