Érase una vez.

ÉRASE UNA VEZ

“Érase una vez”, así comenzaban tradicionalmente los cuentos infantiles. Esas tres palabras formaban un conjuro capacitado para desplegar maravillosos mundos de fantasía en mentes ávidas de descubrir y dispuestas a dejarse sorprender. Imaginaciones desbordantes y con la maleabilidad intacta para poder contener la suficiente credulidad, por lo que todo tenía cabida y todo podía llegar a ser, desde que los animales hablasen, hasta que las historias tuviesen un final feliz. Y ello siempre estaba relacionado con la inocencia y la pureza de la niñez.

Pero los humanos crecemos y, se supone, vamos adquiriendo conocimiento del mundo que nos rodea y medios para sobrevivir en él. Y en esta evolución darwiniana, se perpetúan quienes saben adaptarse mejor al entorno y a sus circunstancias. Metamorfosis en la que debemos sacrificar muchas cosas para que el fruto surgido de nuestra particular crisálida, sea una persona adulta perfecta y capaz de sortear los impedimentos que se le vayan cruzando en su vida. Y lo primero que debemos abandonar son la inocencia y la pureza propias de la infancia, si no queremos ser acusados de inmaduros.

Y así estamos las personas adultas: intentando no naufragar en nuestros turbulentos destinos y observando, con una mezcla de condescendencia y nostalgia, las fantasías de los niños y niñas, que juegan, corren, gritan, cantan, bailan… y fantasean a nuestro alrededor. Mientras tanto, nos comportamos como los seres alfa que creemos ser: lo sabemos todo, tenemos respuestas para todo, lo solucionamos todo… y nos olvidamos de que la gente pequeña son niños, pero no tontos y, más pronto o más tarde, pueden llevarse una decepción: sus superhéroes no sabían volar.

Pero el problema está en la crisálida, sí, porque en ese periodo de transformación que debe conducirnos a ser bellas mariposas, algo está mal, algo está corrupto, algo que nos hace salir de ella siendo todavía gusanos que presumimos de mariposas: ni sabemos tanto como queremos aparentar, ni tenemos apenas respuestas para nada, y ya no digamos soluciones… y encima, a pesar de que, supuestamente, hemos perdido la credulidad,  nos creemos lo que nos cuentan, según quién nos lo cuente, claro, y no porque sigamos conservando la inocencia y la pureza originales, sino por odio al contrario y, si lo que se dice, aunque sea mentira, le puede dañar, pues adelante, lo compartimos y lo divulgamos a los cuatro vientos, y mejor ahora con la profusión de medios y plataformas que tenemos a nuestro alcance.

El mundo de la madurez se divide, por un lado, entre el grupo de control, el cual, salvo raras y loables excepciones, está repleto de buhoneros, mercachifles, charlatanes, tahúres, fulleros y mentirosos de ambos sexos, y por el otro, el grupo de los controlados, compuesto por una inmensa muchedumbre de seres adocenados, entre los cuales me incluyo. Y sí, en esto se ha basado la evolución de la especie humana a lo largo de su historia: un tira y afloja entre los que tienen y los que desean tener, lo que conlleva un constante adaptarse o morir dentro de una sociedad basada en el consumo, el postureo, la prostitución cultural, la idolatría del beneficio rápido y el menosprecio de las esencias éticas. ¿Qué soy negativo?… Bueno, repasen un poco la historia o, simplemente, analicen sin apasionamientos el presente.

Llegado a este punto, quiero declararme culpable de inmadurez. Mi ideal es morirme joven, pero a una edad avanzada. Quiero crecer, es inevitable y sería una estupidez intentar evitarlo, pero también quiero seguir sintiendo sorpresa ante los hechos de la vida, continuar ilusionándome con las cosas simples y las personas sencillas, aquellas que son capaces de reír con los chistes malos o cantar desafinado por el simple placer de sentirse vivas. No quiero envejecer con las arrugas de las preocupaciones adquiridas e innecesarias, ni con las inquinas, ni con las apariencias, ni con los fingimientos que tanto cansan. Quiero morir creyendo todavía en las hadas y no en personas de discursos vacíos y promesas que no piensan cumplir. No quiero invertir en aquellos cuyas acciones suben cuando la gente muere de hambre, o de las guerras, o de la pobreza, o de pandemias oscuras… Quiero morir agradeciendo a la vida hasta el último segundo, como un niño para el que no hay suficientes horas para desplegar su fantasía.

Y es que el secreto de los niños está en su simplicidad: les regalamos juguetes carísimos y luego solo se interesan por las cajas y los envoltorios, y encima nos enfadamos. ¿Por qué? ¿Acaso no vemos que no estiman las cosas igual que nosotros?: las cifras no les dicen nada, para ellos solo tiene valor aquello que les estimula y con lo que son capaces de crear sus mundos, aunque sean los objetos más inverosímiles, aquellos que se nos pasan desapercibidos porque no tienen precio… y es que somos tan complicados que a todo le ponemos precio, es lo que se nos ha enseñado y es lo que nos esclaviza y nos hace creer en otros cuentos muy diferentes donde los animales son un producto más de compra y venta y las historias no tienen finales felices.

“Érase una vez”… Pronunciémoslo en alto, repitámoslo varias veces hasta que el velo del olvido nos haga descubrir que, en el fondo, seguimos siendo el niño o la niña que una vez fuimos. Desaprendamos, olvidémonos de los cánones y las normas y creamos de nuevo en un mundo de fantasía donde todo puede llegar a ser. Tal vez de esta forma podamos conseguir que las siguientes generaciones lleguen a ser hermosas mariposas.

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