¿Qué saldrá de aquí?

QUÉ SALDRÁ DE AQUÍ

Decía Jean-Paul Sartre: “la vida tiene el sentido que cada uno le da”, claro que cuando llevas más de un mes en confinamiento, observando el mundo a través de una ventana que da al edificio de enfrente, viendo o hablando con los tuyos mediante el aparatito que hasta ahora tanto has denostado, escuchando todo el día la llegada de la Apocalipsis en los medios de comunicación y mirando siempre a los mismos ojos, los tuyos, en el espejo, el sentido que le das a la vida me temo que pueda estar un poquito desfigurado.

También aseguraba el prestigioso filósofo existencialista francés: “la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino en querer lo que uno hace”, y no lo voy a negar, dejando aparte que soy un agnóstico en todo lo que concierne a la felicidad, y la verdad es que me encantan la inmensa mayoría de mis ocupaciones diarias porque, en la mayor parte, son aquellas que yo siempre deseé realizar, pero si ves pasar las horas como una sucesión de momentos ya vividos, convirtiéndose en días que no se diferencian los unos de los otros y ya no sabes si es martes o domingo y luego las semanas con la única variedad de que ocurra o no algún fenómeno meteorológico, es como vivir en un bucle y lo cierto es que, por mucho que me guste el jamón, si es mi alimento en todas las comidas, al final lo voy a aborrecer.

Sé quién era yo cuando entré en esta larga cuarentena, pero no tengo ni idea de lo que va a salir de aquí. Se me marchitó la imaginación como una planta a la que no le da el sol; me aterran las páginas en blanco, y eso que antes veía en ellas un reto estimulante donde desarrollar toda mi fantasía y sus variadas producciones; temo perderme entre el teclado del ordenador y no encontrar salida alguna; no aguanto leyendo ni una hora completa, cuando normalmente lo mío era tirarme mañanas enteras devorando páginas casi sin cambiar de postura; veo el inicio de una película y, cuando me despierto, el final, y escuchar música, mi forma preferida de relajación, se ha convertido en una irritante búsqueda de “a ver qué me pongo” porque nada me apetece, aunque peor llevo lo de los juegos en internet, pues de estar orgulloso de mi saber estar y juego limpio, ahora, cada vez que pierdo en algo, que suele ser lo más frecuente, me irrito con una sublime facilidad y apago el ordenador, y ya no digamos cuando se trata de las tareas más convencionales: aseo, vestirse, limpiar, cocinar, fregar… Por lo menos, cuando me quejo y maldigo, como lo hago en voz alta, me escucho y tengo la sensación de no estar solo.

Y el caso es que al principio este confinamiento fue acogido casi como algo festivo: los estudiantes se libraban de ir a clase, otras personas de ir al trabajo, otras llenaban la mesa del comedor de portátiles y móviles para trabajar desde casa, los papás iban a estar más tiempo con los hijos, se devanaban los sesos para inventar juegos y distracciones, se montaban discomóviles en los balcones, etcétera, etcétera, etcétera… Pero todo se volvió un bucle, una rutina, un “otra vez lo mismo”… Y sí, todo esto es necesario, es la pura verdad, pero… En fin, no soy quien para dar consejos a nadie pues ya tengo bastante con mis batallitas espirituales particulares, aunque eso no me impide imaginar cada domicilio como un puchero donde se van cociendo diferentes personalidades a fuego lento, y mucho tendrán que poner todos de su parte para que el resultado final, cuando este puñetero virus tenga a bien largarse, sea, al menos, un buen caldo.

La soledad te empuja al diálogo interior, aunque lo cierto es que siempre estamos dialogando con nosotros mismos, sin embargo, rodeados de gente, o de estímulos de toda clase, nuestro cerebro tiene otras distracciones y sus elucubraciones están algo mediatizadas. El caso es que esa voz interior hace que nos vayamos auto – conociendo, mostrándonos nuestras luces y nuestras sombras como un espejo inmaterial que nos devuelve nuestra propia imagen. Pero no es tan fácil, pues los seres humanos somos mucho más complicados y no tenemos una única voz, sino varias, y ahí es donde llegan las contradicciones, los errores, las paranoias, las luchas internas que, irremisiblemente, nos conducen hacia alguna derrota. Y es que tenemos la tendencia a reconocer con más facilidad nuestras escasas virtudes que nuestros muchos defectos y, cuando llegan momentos en la vida en que no tenemos más remedio que vérnoslas a solas, cara a cara, con nuestro propio yo, nos abofetea la realidad. Así que, tras más de un mes de cuarentena estoy en disposición de decir lo que aseguró el inolvidable Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”.

Cuídense mucho y que les sea leve.

Sin título-1

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