De epidemias y otros miedos.

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Cuentan que un día se encontraron en un camino la Vida y la Muerte. “¿Muerte, ¿dónde vas?” – preguntó la Vida. “Voy a la ciudad, donde debo matar a quinientas personas con este nuevo virus”. Pasado un tiempo volvieron a encontrarse. “Muerte, tú me mentiste” – le echó en cara la Vida. – “Me dijiste que matarías a quinientas personas y mataste a más de mil”. “No, no” – se defendió aquella. – “Yo maté solo a quinientas con el nuevo virus, el resto se murió de miedo”.

La verdad, no ganamos para sustos. Cuando todavía no nos habíamos recuperado del paso de aquellas borrascas devastadoras, cuyas aguas anegaron multitud de ilusiones y cuyos vientos nos arrancaron de nuestra perezosa comodidad, nos llega la noticia de la aparición de un nuevo virus que, cual plaga enviada por la ira celestial, amenazaba con convertirse en una pandemia de dimensiones bíblicas. Pero había aparecido en China y China está muy lejos…

Sin embargo, en una sociedad globalizada como la actual, donde los productos “made in Spain” posiblemente hayan sido fabricados en cierta factoría ubicada en alguna ciudad asiática por mano de obra mucho más barata que la de aquí, el hecho de que un virus nacido en Wuham llegase hasta nuestras puertas era solo cuestión de horas. Y así fue…

Y se desató la tormenta…

Cierto es que la misión de los medios de comunicación es comunicar y es lo que hicieron desde el primer momento, incluso, tal vez, llegando a la extenuación del público y con poca efectividad porque, seamos realistas, ¿a quién le interesa la verdad?… La verdad no tiene morbo, no desata la adrenalina del misterio ni del suspense, no provoca el placer que se obtiene de hablar mal de otras personas e inventar monstruosidades… La verdad es aburrida.

Así que la masa desinformada, es decir, la inmensa mayoría, busca alimento entre las redes sociales con la avidez de quien necesita la dosis diaria de la mentira, ese psicotrópico que distorsiona la realidad ordinaria y nos hace percibir alucinaciones capaces de hacer olvidar nuestras propias miserias, olvidar nuestra propia verdad… Pero, como toda droga dura, la mentira es capaz de destruir mundos, de aupar a fantoches histriónicos hasta los sillones del poder y hacer que la razón se exilie y disperse y vayamos abocados a una sociedad alienada sin más horizonte que el escaparate de quincalla para turistas sin criterio.

Pero la batalla está perdida y da igual el empeño que pongan las autoridades en repetir consejos hasta la saciedad, pues la “infodemia”, esa corriente desinformadora que se propaga con más rapidez que el propio virus, es el “pan nuestro de cada día” y dogma de fe para la masa, por lo que todo el mundo discute cualquier hipótesis sobre el origen de esta recién estrenada infección: que si es un virus de laboratorio para desarrollar una forma de eugenesia con el fin de ahorrarse las pensiones, por su pertinaz querencia a ensañarse con las personas mayores; que si lo inventó una farmacéutica con la intención comercial de vender la vacuna que ya tendrían inventada, que si Bill Gates tendría la patente del Covid-19; que si es un virus surgido del enfrentamiento comercial entre americanos y chinos; que si solo se transmite en las zonas donde hay 5G… que si es una invasión extraterrestre… ¿Para qué seguir?

Lo que está claro es que todas estas teorías conspirativas, sin base ni pruebas ni razonamiento concluyente alguno, no ayudan a nada, sino todo lo contrario: difunden la confusión y expanden el miedo, y este sí que es un virus anímico peligroso y letal, cuyas consecuencias pueden ser amplias (económicas, culturales, sociales, sanitarias, etcétera), duras y duraderas.

Lo mejor sería poner en cuarentena a las redes sociales hasta que se les pase su febril “infodemia”, pero, si nuestro síndrome de abstinencia nos lo hace imposible, deberíamos vacunarnos con algo de sentido común y tomar la medicina de la realidad, aunque nos sepa amarga y nos cueste tragar.

Sin título-1

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