La soledad del gato.

LA SOLEDAD DEL GATO

Apareció como lo hace la primavera: de golpe y con los primeros calores.

Pequeño, menudo, inquieto y vigilante con su mirada inquisitiva donde se cobija la continua sorpresa, de pelaje atigrado gris, nos observa, a quienes ocupamos la terraza del bar, con la arrogancia de quien se sabe poseedor de la belleza y, por lo tanto, con los derechos adquiridos.

No pide nada, aunque lo espera todo y, casi siempre, se sale con la suya, bien porque alguien le da a probar de su aperitivo, bien porque algún niño, sobre todo niñas, comparten con él su merienda, bien porque alguna vecina o vecino, como en mi caso, le regalemos alguna que otra chuchería, no por lástima ni altruismo, simplemente porque se lo gana con su silencio y su porte y su hermosa paciencia.

Sin embargo, con el carnicero tiene un problema de intereses, lo que le ha supuesto salir corriendo más de una vez perseguido por los improperios del tablajero quien le amenaza con despellejarlo y venderlo cual conejo, algo que todos sabemos que nunca ocurrirá. Pero no lo hace ni por maldad, ni por codicia ni por vicio, pues no es corrupto, ni codicioso ni crápula como suele ocurrir entre los bípedos, simplemente es un gato y su única razón es el instinto.

Y ciertamente que, para tener tan poco tiempo y haber estado siempre a su libre albedrío, es un hábil cazador, eso sí, de pequeñas piezas, como mariposas, grillos, escarabajos… los ratones ya son caza mayor para él y los pájaros simple utopía.

En cambio, cosa harto extraña entre los de su especie, no busca las caricias, todo lo contrario, pues cuando alguien intenta acercarse, huye como perseguido por el diablo a esconderse entre las ruedas de los múltiples coches que engalanan nuestras calles o en el garaje de una vecina quien, para tales menesteres, y otros como dormir o cobijarse del frío, le deja siempre una ventana entreabierta. Podría decirse, pues, que es pragmático y antepone lo práctico a lo efímero.

Él y yo nos llevamos bien. Nunca más cerca de un metro, tomamos juntos el sol, compartimos alguna vianda y también el silencio, aunque a veces nos miramos y nos comprendemos. Cuando oye que abro la puerta, me espera sentado sobre el capó del coche de turno y no me pierde de vista hasta que he doblado la esquina. Cuando regreso a casa, vuelve a estar allí, paciente, silencioso y soberbio.

Ayer fue la noche de Reyes. Al salir de mi casa con intención de ver la cabalgata, él estaba erguido como un pequeño dios egipcio ante una antigua puerta cerrada y allí lo dejé. Supongo que, con el alboroto de la alegría de los niños, la algarabía de los padres, las notas perdidas de la banda de música, el trote de los caballos que transportaban a los magos, él se escondería en algún oscuro rincón desde donde sus redondos ojos sorprendidos brillarían como dos estrellas de un firmamento de dudas y miedos observando algo que no podía comprender.

Era la noche de la ilusión, la que culmina las fiestas de la felicidad, esa que nos venden por todos los medios de comunicación y que podemos pagar en cómodos plazos, así que, cuando regresé para cenar y lo vi de nuevo en la seguridad de su belleza, decidí compartir mi cena con él e hice dos sándwiches de jamón y queso y le ofrecí uno de ellos. Expectante, me vio acercarme, dejar mi ofrenda a cierta distancia y, con su natural elegancia, se acercó, cogió el regalo con su boquita y se alejó hacia la ventana entreabierta por donde desapareció sin más.

Volví a mi casa, encendí la estufa y la televisión y comencé a masticar con calma con la única esperanza de que el sueño no tardase en llegar… Y entonces me di cuenta de que la Navidad no está hecha para los gatos.

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